El declive militar español del siglo XVII: causas y consecuencias (II)

En la entrada anterior hemos visto cuáles fueron las causas subyacentes del declive militar de la Monarquía Hispánica tras la Paz de los Pirineos de 1659, que no son otras que la crisis económica y la incapacidad de la Corona para concertar la participación de las clases privilegiadas de sus reinos en el esfuerzo bélico. A continuación recorreremos la manera en la que esta debilidad quedó patente en el plano estratégico y político en el periodo 1659-1668, que abarca el final de la Guerra de Portugal y la Guerra de Devolución, conflictos en los que la Monarquía salió descalabrada y que condujeron no solo a una reevaluación interna del peso y el papel de España en Europa, sino, del mismo modo, a un cambio fundamental en la política de alianzas de los principales Estados europeos.

El frente militar:

La grave debilidad militar hispánica quedó de manifiesto, a lo largo de la década de 1660, en el accidentado final de la guerra contra Portugal y en la Guerra de Devolución contra Francia (1667-1668). Para la recuperación del reino portugués, en lo que estaba en juego el prestigio de la Monarquía, se hicieron esfuerzos notables. En la campaña de 1662, tras las conquistas de Arronches y Alcochel los meses anteriores, solo se logró reunir 8.503 infantes y 5.704 jinetes (1). Además, la falta de fondos retrasó el inicio de la operación hasta mayo, a pesar de lo cual el ejército, comandado por Juan José de Austria, se adueñó de las plazas de Vila Boim, Borba, Juromenha, Veiros, Cabeço de Vide, Alter Pedroso, Alter do Chão, Crato, Assumar y Ouguela. Para la campaña de 1663, la Monarquía hizo un esfuerzo todavía mayor. Además de efectuarse levas en España, se expidió fondos a Alemania, Flandes e Italia para reclutar allí tropas veteranas e incluso se planeó apoyar la invasión con una fuerza naval. Una extensa relación anónima de la campaña asegura que “al ver en papel la planta de la obra, no había quien no la juzgase capaz de otro mayor designio que la reducción de Portugal” (2).

A la hora de la verdad, en 1663, igual que el año anterior, la insuficiencia de fondos limitó seriamente los planes españoles: no pudo disponerse de fuerza naval alguna, mientras que el ejército disponible ascendió a 10.500 infantes divididos en veintiséis tercios españoles, ocho italianos, cinco alemanes y uno francés, y 7.500 jinetes divididos en once trozos con 139 compañías. Llama la atención la gran cantidad de unidades en comparación con el total de efectivos, una orgánica a todas luces sobredimensionada que constituía uno de los problemas más serios de los ejércitos de la Monarquía en aquel momento. También desmesurado era el tren de bagajes, formado por 2.000 carretas de bueyes, 4.643 carros menores, 500 acémilas, 354 carros de cuatro mulas y 200 mulas de tiro. La artillería constaba de 27 piezas, cuatro de cuarenta libras, nueve medios cañones, seis sacres y seis mansfelds, además de cuatro trabucos o morteros. Las provisiones eran 36.253 arrobas de bizcocho, 20.955 arrobas de harina y 11.500 fanegas de cebada (3). El esfuerzo logístico fue, por tanto, muy importante.

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Entrada del ejército del rey de Castilla, gobernado por D. Juan de Austria, en el reino de Portugal, grabado anónimo, ca. 1663-1670, Biblioteca Nacional de Portugal.

La campaña comenzó de forma positiva, ya que el ejército español avanzó por el territorio ocupado el año anterior y en pocos días llegó a las puertas de Évora, una de las principales ciudades de Portugal, que rindió el 23 de mayo y donde tomó 4700 prisioneros (4). Muchas poblaciones vecinas juraron obediencia a Felipe IV. Sin embargo, a pesar del poco tiempo transcurrido desde el inicio de la campaña, el ejército ya sufría carestía de alimentos, lo que obligó a desperdigar las tropas en busca de forraje e impidió emprender nuevas operaciones (5). El ejército luso pasó entonces a la ofensiva y cortó las líneas de comunicaciones del ejército hispánico con la frontera castellana en Estremoz. El 8 de junio, en Ameixial, camino de Arronches, Juan José de Austria tuvo que aceptar batalla. El resultado fue un desastre sin paliativos para los hispanos, que perdieron la mayor parte del ejército. Al informar a su padre de la derrota, el príncipe puso de relieve la desmoralización e indisciplina de sus tropas:

Nuestra infantería ha dejado un ejemplar nuevo en las historias, pues no se hallará en ellas hasta hoy que haya sido roto un ejército por otro que no quiso dar batalla, ni tal intención tuvo, y que, después de ganada, no lo acertaba a creer […] para acreditar más la vileza de nuestra gente es de notar que ella misma saqueó el bagaje y todo lo que no se pudo retirar (6).

El autor ignoto de la relación citada sobre la campaña ya advertía al principio de su relato sobre la mala calidad de las tropas reclutadas en España, mermadas por las deserciones, el hambre y la falta de soldada: “Desvaneciéronse algunas del todo por la poca atención de quien las tenía a su cargo, y por los demás accidentes a que están expuestas semejantes operaciones. Las más aventajadas en número se deterioraron en calidad, achaque sensible que también padecieron las milicias con la licencia de subrogar cada año hombres nuevos en las compañías que llaman de dotación de los lugares” (6). Desde el inicio de la guerra con Francia en 1635, las incesantes necesidades de tropas habían incrementado los reclutamientos forzosos de forma progresiva. Como es lógico, los hombres obligados a servir contra su voluntad no brillaban por su combatividad y se mostraban propensos a la deserción, lo que obligaba a reconstruir los ejércitos casi de cero al término de las campañas. El valón Charles de Bonnières, miembro del Consejo de Guerra de Felipe IV, había señalado la problemática ya en 1644:

En lo militar, donde el valor hace lo más, nada forzado es bueno, pues que nada tiene menos seguro que su duración. Que en una plaza de armas se han visto en España mil o más caballos haciendo alarde vistoso que [el] año de 1642 levantó el celo y maña de quien lo tuvo a cargo, que sin tirar arcabuzazo, [en] solo dos meses de campaña [se] desvanecieron de manera que al remate de ella no pareció hombre ni caballo (7).

La mala calidad de los soldados explica el desenlace de la batalla de Ameixial y también, al año siguiente, la derrota de Castel Rodrigo, en la que un pequeño ejército español fue fácilmente vencido por tropas portuguesas mientras sitiaba la citada plaza fronteriza lusa. Uno de los oficiales hispanos, el marqués de Buscayolo, escribió a Felipe IV:

No sé, señor, qué improviso temor ocupó nuestra infantería. No hallo palabras con que explicarle; y apenas tengo aliento para referirle. Si se le hubiera dado orden de arrojar las armas y huirse en oyendo la primera carga, no hubiera podido con mayor prontitud ejecutarla: como río que saliendo de madre echa al suelo y arrastra consigo cualquiera obstáculo, así esta fuga tan repentina, y sin ocasión, atropelló los oficiales y cabos que quisieron detenerla. No menor desorden siguió en la caballería viéndose abandonar de la infantería, pues desapareció en un instante. Quedamos cada uno como quien despierta de un profundo sueño, en que le parece ver numeroso ejército, y abriendo los ojos se queda solo (8).

A pesar de los fracasos, la Corona hizo un último esfuerzo para aprestar un nuevo ejército capaz de conquistar Portugal. Una relación lusa cuenta que “aplicaron dos años a alterar la moneda con ruina del comercio, a multiplicar tributos con clamores de los vasallos, a alistar soldados imposibilitando la agricultura y, por no ser bastantes los naturales, condujeron italianos, cantones [suizos], húngaros y todo género de alemanes” (9). En efecto, durante los últimos años del reinado de Felipe IV se produjo una alteración al alza del valor del vellón, la moneda de uso habitual por parte del grueso de la población en sus transacciones habituales. Esto alivió momentáneamente la situación de la Real Hacienda, pero se tradujo en una inflación que empobreció todavía más a una población ya de por sí agobiada por las cargas fiscales (10).

En 1665, el gasto militar de la Monarquía Hispánica era más elevado que nunca: 24 millones de ducados (11). Con todo, el ejército que salió en campaña contra Portugal era de dimensiones parecidas al de Juan José de Austria, dado que constaba de 10.420 infantes y 6.500 jinetes, mientras que la artillería se componía de 14 piezas, de las que solo cuatro eran de sitio (12). Si algo mejoró fue la calidad de la tropa gracias a la llegada de veteranos de la guerra contra el Imperio otomano en Hungría. Un oficial señaló que “todos los alemanes nuevos resisten ligeramente al clima y son la gente mejor y más lucida que se ha visto en España” (13). El mando le fue confiado al marqués de Caracena, un militar experimentado que había cosechado numerosas victorias en Italia y Flandes en las dos décadas precedentes.

Igual que en los años anteriores, la campaña estuvo marcada por la escasez de suministros y la falta de liquidez. Un oficial del ejército señaló: “A la salida en campaña no se dio blanca, ni en ella tampoco, y los soldados sin comer no hacen cosa buena” (14). Tras tomar Borba, reconquistada por los portugueses después del desastre de Ameixial, Caracena procedió a sitiar Vila Viçosa, sede de la casa de Bragança y de su magnífico palacio ducal. Sin embargo, el asedio se dilató, lo que permitió que el ejército de campaña portugués acudiese en auxilio de los defensores. El 17 de junio ambos ejércitos chocaron en la batalla de Montes Claros. A diferencia de en Ameixial y en Castelo Rodrigo, los soldados hispánicos no rompieron filas tras los primeros embates, sino que la lucha se prolongó por espacio de ocho horas. A la postre, sin embargo, la caballería portuguesa dispersó a la española en los flancos, tras lo cual las fuerzas lusas completaron la derrota española. De nuevo, la artillería al completo y el tren de bagajes cayeron en poder de los vencedores.

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La batalla de Montes Claros, o Villaviciosa, grabado de Gaspar Bouttats, ca. 1670. Biblioteca Nacional de Portugal.

Tras el desastre de Montes Claros, la guerra podía darse por perdida. El informe que Crispín González Botello, secretario del Consejo de Portugal, remitió a Felipe IV, que fallecería aquel septiembre, revela el penoso estado del ejército: “la mitad de la infantería y más de dos mil caballos faltan, todo se han quedado [los portugueses], hasta las armas, que se quedaron por esa campaña, y esta es la verdad” (15). La paz se demoraría hasta 1668 y aún se producirían algunas operaciones menores. Algunos, como el duque de Osuna, que había dirigido las tropas españolas en la batalla de Castelo-Rodrigo, creían todavía en la victoria. Este escribió a la reina regente Mariana de Austria para pedirle “un esfuerzo, señora, para traer los extranjeros que se pueda, los españoles viejos de Nápoles y Sicilia, y que vayan allá de estos bisoños que se levantan de los reinos de V. M. de España; juntará V. M. los españoles que fueren necesarios, si nos aplicamos todos a hacer lo que debemos, como lo haremos”. Creía el duque además que “medios de granos y bagajes para el ejército de Extremadura tiene la misma provincia, y la que confina con ella, que es Andalucía, para mucho más de lo que es menester” (16).

Sin embargo, se trataba de aplazar lo inevitable. Las campañas y los reclutamientos habían interrumpido la actividad económica y empobrecido la población civil, lastrada, además, por los alojamientos. Bernardino de Rebolledo, veterano de la Guerra de los Treinta Años y la guerra contra Francia, en calidad de miembro del Consejo de Guerra y el Consejo de Estado, evidenciaba que la situación del reino tras la derrota de Caracena era calamitosa:

Tienen los enemigos bien fortificada su frontera, la nuestra está sin defensa; y pagándoles contribuciones en algunas partes; los pueblos fatigados con graves contribuciones, alojamientos y quintos, y tan desconfiados del buen suceso de esta guerra, y tan repugnantes de ella, que ha habido algunos que se han estropeado ellos mismos por imposibilitarse de poder tomar las armas, que es la causa de que habiendo hecho tan excesivos gastos el año pasado en levas de naturales y extranjeros, no pudimos sacar más de doce mil infantes a campaña, y el enemigo nos salió a recibir con diecisiete mil, y sucederá así siempre, con el ansia con que todos salen a defender su patria (17).

España necesitaba la paz con urgencia para restablecer su economía y su base poblacional. Para su infortunio, Luis XIV pretextó el impago de la dote nupcial de la infanta María Teresa para invadir los Países Bajos y el Franco Condado en 1667, en un conflicto conocido como “Guerra de Devolución”, cuyo estallido se tradujo en un problema mucho mayor que el de Portugal. Francia eligió el momento idóneo para atacar, no solo porque la minoría de edad de Carlos II y la regencia de la reina madre Mariana de Austria supusieran un debilitamiento político adicional para España, sino porque el agotamiento de la guerra todavía inconclusa con Portugal había impedido que se dotase al Ejército de Flandes con suficientes hombres y fondos para mantener una correlación de fuerzas con el Ejército francés que invitase al optimismo.

En contra de lo que pudiera imaginarse, tras la Paz de los Pirineos no se produjo en Flandes una desmovilización en masa. En 1656, al inicio de una campaña marcada por la gran victoria española de Valenciennes, el número de hombres era de 20.788 infantes y 13.943 caballos (18). En septiembre de 1661, el total de efectivos disponibles era de 33.008, 7.984 de ellos de caballería (19). A principios de 1667, el Ejército de Flandes disponía de 515 compañías de infantería organizadas en 32 tercios y regimientos, más 132 compañías de caballería, para un total de, aproximadamente, 27.000 infantes y 8.500 jinetes (20). Uno de los problemas más sensibles era la difícil adaptación del ejército a las crecientes necesidades defensivas de los Países Bajos, pues la gran cantidad de plazas fuertes del territorio obligaba a concentrar en guarniciones la mayor parte de los efectivos en detrimento del ejército de campaña, lo que impedía emprender operaciones de envergadura y hacía difícil, o incluso imposible, acudir en auxilio de una ciudad sitiada por el enemigo.

El problema más serio era el creciente desequilibro de fuerzas entre el Ejército de Flandes y el de Luis XIV. En 1660, tras la desmovilización posterior a la Paz de los Pirineos, la monarquía borbónica disponía de 72.000 hombres –el mayor ejército jamás mantenido por Francia en época de paz–. Aunque la cifra cayó hasta los 50.000 hombres en 1665, al término del primer año de la Guerra de Devolución, el ejército contaba con 85.000 efectivos, cifra que en 1668 se incrementaría hasta los 134.000 (21). España logró aumentar sus efectivos en Flandes durante la contienda, pero sin aproximarse ni de lejos a los de su gran enemiga: a comienzos de 1668, el Ejército de Flandes contaba con unos 53.000 efectivos, mientras que, a finales del mismo año, la cifra era de 63.000 (22). El enorme incremento del número de tropas del Ejército francés no se debió a un supuesto crecimiento demográfico, como se había creído tradicionalmente, sino al eficiente sistema de commisaires de guerre e intendants gestionado por el marqués de Louvois, secretario de Estado de Guerra entre 1662 y 1691. Dicho sistema permitió a Francia exprimir al máximo sus recursos humanos y económicos con fines bélicos.

El frente político:

La abrumadora disparidad de fuerzas, que no pasaba desapercibida a las cúpulas gubernativas de la Monarquía Hispánica en los meses previos a la guerra, planteó la necesidad de alcanzar alianzas con otros Estados para contener el expansionismo francés. Un sagaz diplomático español del momento, el abad José Arnolfini de Illescas, había advertido el rápido cambio del equilibrio internacional y abogaba, en su Despertador de los príncipes de Europa (1663) por expandir la tradicional alianza entre los Austrias de Madrid y de Viena a las Provincias Unidas (23). El imperativo de buscar aliados frente a Francia, para Arnolfini, se volvió más acuciante tras la muerte de Felipe IV. Así, en otro manifiesto, titulado Si a España le conviene hacer liga y confederación con Francia o con Inglaterra (1667), decía: “A España conviene hacer liga con alguno en la menor edad de su rey y gobierno de su madre para conservación y defensa de su dilatado imperio en los tiempos lóbregos que corren y correrán” (24).

Los consejos de Arnolfini no cayeron en saco roto. El 27 de julio de 1667, dos meses tras el inicio del conflicto, la reina regente Mariana de Austria confirió plenos poderes al marqués de Castel Rodrigo, gobernador de los Países Bajos, para negociar alianzas con las potencias del norte de Europa (25). El primero de tales tratados se firmó el 6 de septiembre con el elector Federico Guillermo de Brandeburgo (26). Este se comprometía a reunir, en un plazo de seis meses, un ejército de 12.000 efectivos, cuyo coste pagaría España, para la defensa de los Países Bajos. El 6 de octubre, la reina concedía plenos poderes a Castel Rodrigo, el conde de Molina y Esteban de Gamarra para negociar otra alianza, en este caso con el rey de Suecia (27). Se trató del inicio de una intensa y muy a menudo fructífera actividad diplomática que se mantendría durante todo el reinado de Carlos II. Manuel Herrero Sánchez ha observado que “la existencia de un gobernador español en Bruselas, hacia el que se canalizaban informes de los núcleos diplomáticos de La Haya, París, Londres y de los principados alemanes, permitía a Madrid permanecer en el concierto de las grandes naciones, y mantener su papel de gran potencia” (28).

España esperaba contar con el apoyo de Inglaterra, entonces en guerra con Francia, pero, en julio, ambas coronas firmaron la paz, aunque al menos la diplomacia hispana se aseguró, aquel mayo, de que los británicos no se aliarían con ningún enemigo de España en virtud de una cláusula secreta del tratado de paz que ambas coronas habían firmado entonces, que sería rubricada específicamente en septiembre (29). La realidad es que la extrema debilidad militar española no solo fue la causa de que no se pudiesen alcanzar alianzas, sino que implicó además que Brandeburgo rompiese el acuerdo firmado. Dicha indefensión quedó pronto patente: los ejércitos franceses ocuparon rápidamente y sin apenas oposición las plazas de Binche, Charleroi, Ath, Armentières, Bergues, Tournai, Douai, Courtrai, Lille, Alost y Oudenaarde. Las tropas hispánicas defendieron con éxito Dendermonde, una plaza estratégica cuya toma habría abierto a los invasores el paso a Bruselas, Amberes y Gante, y derrotaron poco después a parte de la caballería francesa. Sin embargo, no pudieron impedir que los galos tomasen Lille.

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Llegada de Luis XIV al asedio de Lille a la vista del priorato de Fives, óleo sobre lienzo de Adam Frans van der Meulen, ca. 1685, Châteaux de Versailles et de Trianon.

Parrott se muestra claro respecto a la Guerra de Devolución: “En 1667-1668, los ejércitos de Luis XIV barrieron todo a su paso y tomaron más plazas fuertes en los Países Bajos españoles en una sola campaña que en veinticinco años de guerra bajo los cardenales-ministros [Richelieu y Mazarino]” (30). El 21 de febrero de 1668, el alicaído Castel-Rodrigo escribió una carta a Mariana de Austria en la que exponía el estado de indefensión de la provincia y atribuía a ello la aparente indiferencia de los estados vecinos:

El estado a que me hallo reducido por la falta de todo lo que de antemano previne y con tanta molestia pedí para defensa de estos estados, fácil es de considerar, pues siendo lo que de estas provincias quedó tan corto y estrecho para resistir a tan gran poder como el de un rey dueño de tantos reinos y apercibido de tantos años a esta parte para la inquinidad de acabar con nosotros, tan sin socorros de dinero y gente de V. Mgd. y sin ningún defensor o interesado en nuestra conservación, verse reconocer por tanto mayor milagro el no haberlo perdido todo de una vez cuando aún en las guerras pasadas, hallándonos con ejército formado y habituados estos pueblos a la visita de ellos, tuvimos al Imperio hasta la Paz de Westfalia, y después las revoluciones de Francia tan en nuestro favor, y además del príncipe de Condé y duque de Lorena con numerosas tropas, tras todo fuimos forzados a venir en tan desventajosa paz para salvar lo que de esto nos quedaba (31).

En abril de 1668 se hizo público un tratado entre Luis XIV y el elector Federico Guillermo de Brandeburgo. Quien se había comprometido a reclutar tropas y acudir a la defensa de los Países Bajos españoles meses antes, ahora se avenía ahora a no intervenir en el conflicto, a inducir a los demás estados del círculo imperial de Westfalia a hacer lo propio y entraba además en la Liga del Rin (32), o Rheinbund, una confederación de estados alemanes formada por Luis XIV en 1658, tras su fallido intento de convertirse en emperador al fallecer Fernando III, con el fin de influir en los asuntos imperiales y aislar a los Países Bajos del emperador.

La Liga del Rin, de hecho, había surgido al mismo tiempo que un diplomático español, el capuchino Heliodoro de Barea, proponía a Felipe IV un proyecto semejante que debía alinear con España al arzobispo-elector de Colonia, al de Tréveris, al príncipe-obispo de Münster, al de Lieja, y a los estados del conde palatino de Neoburgo y del elector de Brandeburgo en el círculo imperial de Westfalia, a saber, respectivamente, los ducados de Juliers y de Berg, y los condados de Cleves, Mark y Ravensberg (33). Sin embargo, la diplomacia francesa actuó con celeridad y ofreció mayores garantías, por lo que los príncipes mencionados se unieron a la Liga del Rin y el plan de Barea no llegó a cristalizar.

El abandono de los antiguos aliados llegó a tal extremo que el nuevo emperador, Leopoldo I, a pesar de sus vínculos familiares con Carlos II, firmó con Luis XIV el 19 de enero de 1668 el primer tratado de partición de la Monarquía Hispánica, en virtud del cual, ante el más que posible fallecimiento del rey-niño, el Habsburgo vienés se quedaría con los reinos peninsulares –a excepción de Navarra y Cataluña–, sus virreinatos americanos, el reino de Cerdeña y el Estado de Milán. Los Países Bajos, el Franco Condado, los reinos de Nápoles y Sicilia y las islas Filipinas pasarían a manos del Borbón (34). Tuvo mucho que ver en la firma del acuerdo no solo la debilidad militar del emperador, que en 1664 lo había constreñido a firmar una paz desventajosa con el Imperio otomano, sino también la influencia del partido francés en la corte de Viena, aglutinado en torno al príncipe Lobkowitz, por encima del partido español liderado por Raimondo Montecuccoli (35).

Quien acudió en ayuda de España en 1668 fueron, inesperadamente, las potencias protestantes. Las Provincias Unidas, entonces encabezadas por el gran pensionario Johan de Witt, temían que un desmoronamiento español, unido a la persistente influencia francesa en el Rin, acabase dejándolos virtualmente sitiados por el Rey Sol y sus aliados alemanes. Bajo el principio de Gallicus amicus non vicinus, De Witt había propuesto en 1663 al conde de Estrades, representante de Luis XIV, la creación de una república de inspiración suiza en los Países Bajos españoles como tapón entre Francia y las Provincias Unidas. Sin embargo, el proyecto había fracasado a causa de las presiones de los comerciantes de Ámsterdam, que temían que ello permitiese la reapertura del comercio de Amberes a través del Escalda (36). El rápido progreso de los ejércitos franceses en 1667 alarmó a las Provincias Unidas hasta el extremo de acelerar sus conversaciones de paz con Inglaterra –ambos países estaban en guerra desde 1664–, que llevarían a la firma del Tratado de Breda el 31 de julio.

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Johan de Witt, gran pensionario de las Provincias Unidas, óleo sobre lienzo de Jan de Baen, 1669. Rijksmuseum Ámsterdam.

Los holandeses se mostraban remisos a tomar las armas en auxilio de sus antiguos enemigos, en especial dado que las autoridades españolas no estaban dispuestas a aceptar sus peticiones, que incluían ceder Bergues, Ostende, Damme, Passchendaele y los fuertes de Santa Isabela y San Donato, próximos a La Esclusa, ambiciones ante las que el marqués de Castel-Rodrigo argumentaba que era mejor negociar con Francia la entrega de los Países Bajos a cambio del Rosellón y la Baja Navarra (37). De Witt, con todo, creía que podía frenar a Luis XIV por medio de la diplomacia, y para ello formó un frente común con Carlos II de Inglaterra y el consejo de regencia de Suecia, que gobernaba durante la minoría de edad de Carlos XI.

La llamada “Triple Alianza” quedó constituida en las primeras semanas de 1668, cuando Suecia se avino a unirse al pacto alcanzado el 23 de enero por Inglaterra y las Provincias Unidas (37). El propósito del acuerdo era obligar a Luis XIV a poner fin a su campaña en los Países Bajos y restaurar las fronteras de 1659. Sin embargo, una cláusula secreta estipulaba que, si Francia no cesaba sus agresiones, la Triple Alianza intervendría militarmente en apoyo de España. Del mismo modo que en un corto periodo de tiempo la Monarquía Hispánica había asumido su extrema vulnerabilidad, veinte años después de la Paz de Westfalia y apenas nueve desde la Paz de los Pirineos, quedaba patente en el escenario internacional que la otrora poderosa España era el “enfermo de Europa”, y Francia, la potencia expansionista por contener.

Notas:

(1) Mascareñas, Jerónimo (1663): Campaña de Portugal por la parte de Estremadura el año de 1662. Madrid: Diego Diaz de la Carrera, pp. 25-26.
(2) De la Guerra de Portugal. Sucesso del año MDCLXIII. Libro Primero, Mss/2390, BNE, fol. 2.
(3) Copia de carta; venida de Badajoz, que avisa la salida del Exercito de su Alteza del señor Don Juan de Austria en campaña, Lunes siete de Mayo de mil y seiscientos y sesenta y tres. Madrid: Domingo García Morràs. Mss/2390, BNE, fol. 271.
(4) De la Guerra de Portugal. Sucesso del año MDCLXIII. Libro Segundo, Mss/2390, BNE, fol. 24-26.
(5) Ruiz Rodríguez, Ignacio (2007): Don Juan José de Austria en la monarquía hispánica: entre la política, el poder y la intriga. Madrid; Dykinson, p. 224.
(6) De la Guerra de Portugal. Sucesso del año MDCLXIII. Libro Primero, Mss/2390, BNE, fol. 3.
(7) Bonnières, Charles de (1644): Arte militar deducida de sus principios fundamentales. Zaragoza: Josephus Valles, pp. 49-50.
(8) Squarzafigo, Gaspar de (marqués de Buscayolo) (1789): Opúsculos del Marqués de Buscayolo. Madrid: Don Gerónimo Ortega e Hijos de Ibarra, pp. 289-290.
(9) Relacion verdadera, y pontual, de la gloriosissima victoria que en la famosa batalla de Montes Claros alcançò el exercito del Rey de Portugal… Lisboa: en la Officina de Henrique Valente de Olivera, p. 1. BNP.
(10) Santiago Fernández, Javier de (2010): Circulación monetaria en el Madrid de Carlos II: pagos en metálico y pagos crediticios, en García Guerra, Elena María; De Luca, Giuseppe (eds.): Il mercato del credito in età moderna. Reti e operatori finanziari nello spazio europeo: Reti e operatori finanziari nello spazio europeo. Milano: FrancoAngeli, pp. 184-185.
(11) Thompson, I. A. A. (2002): Castile: Polity, Fiscality and fiscal Crisis, en Hoffman, Philip; Norberg, Kathryn (eds.): Fiscal Crises, Liberty, and Representative Government, 1450-1789. Stanford: Stanford University Press, p. 157.
(12) Sucesos del año 1665, Mss/2392, BNE, fol. 74.
(13) Ibidem.
(14) Sucesos del año 1665, Mss/2392, BNE, fol. 70.
(15) Sucesos del año 1665, Mss/2392, BNE, fol. 64.
(16) Copia de la carta que escribió el duque de Osuna a la reina nuestra señora, sobre el modo de hacer la guerra a Portugal, por marzo de 1666, en Estébanez Calderón, Serafín (1885): De la conquista y pérdida de Portugal, Vol. II. Madrid: Imprenta de A. Pérez Dubrull, pp. 388-389.
(17) Rebolledo, Bernardino de (1667): Voto del Conde Rebolledo natural de Leon sobre las triguas de Portugal. Lisboa: Diego Soares de Bullones.
(18) Relación de la campaña del año de 1656 en los Estados de Flandes, gobernándolos el Sr. D. Juan de Austria, en (1880): Coleccion de libros españoles raros ó curiosos, XIV. Madrid: Imprenta de Miguel Ginesta, p. 355.
(19) Martínez Ruiz, Enrique (2008): Los soldados del Rey: los ejércitos de la Monarquía Hispánica (1480-1700). Madrid: Actas, p. 895.
(20) Rodríguez Hernández, Antonio José (2007): España, Flandes y la Guerra de Devolución (1667-1668). Guerra, reclutamiento y movilización para el mantenimiento de los Países Bajos españoles. Madrid: Ministerio de Defensa, p. 153.
(21) Lynn, John A. (2006): Giant of the Grand Siècle: The French Army, 1610-1715. Cambridge: Cambridge University Press, pp. 45-46.
(22) Storrs, Christopher (2006): The Resilience of the Spanish Monarchy 1665-1700. Ofxord: Oxford University Press, p. 21.
(23) Arnolfini de Illescas, José (1663): Despertador de los príncipes de Europa. BNE, Mss/1442.
(24) Respuesta al papel del Abad Arnolfini [de Illescas], sobre si a España le conviene hacer liga con Francia o con Inglaterra, año 1667. BNE, mss/11028, fol. 366.
(25) Plenipotencia que dio S.M. la reina regente, el 27 de julio de 1667, al marqués de Castel Rodrigo para tratar ligas en el Norte con motivo de la invasión injusta de las armas francesas en los Países Bajos de Flandes. AGS, Estado 2797, Exp. 41.
(26) Copia del tratado firmado por el marqués de Castel Rodrigo con el Elector de Brandeburgo ajustado en Brujas el 6 de noviembre de 1667. AGS, Estado 2797, Exp. 47.
(27) Copia de la plenipotencia conferida por S.M. la reina regente al marqués de Castel Rodrigo, al conde de Molina y a B. Esteban de Gamarra para tratar una liga con el Rey de Suecia. Dada en Madrid el 6 de octubre de 1667. AGS, Estado 2797, Exp. 45.
(28) Herrero Sánchez, Manuel (2000): El acercamiento hispano-neerlandés: (1648-1678). Madrid: CSIC, p. 156.
(29) Ratificación por Carlos II de Inglaterra de los artículos secretos ajustados entre Gran Bretaña y España relativos al Tratado de Paz entre ambas coronas, firmados en 1667. AGS, Sigil-Sello, C.82, N.9.
(30) Parrott, David (2003): Richelieu’s Army: War, Government and Society in France, 1624-1642. Cambridge: Cambridge University Press, p. 554.
(31) Carta del marqués de Castel Rodrigo a su majestad, el 21 de febrero de 1668, comunicándole el estado en que se encuentran para su defensa en las Provincias de Flandes. AGS, Estado 2797, Exp. 57.
(32) Copia del tratado de alianza entre el Rey de Francia y el Elector de Brandenburgo por el cual promete y se obliga a S.M. Católica, entre otras cosas, a hacer que el duque de Henhenberg sea electo rey de Polonia a la muerte del rey Juan Casimiro. Fechado el 6 de abril de 1668. AGS, Estado 2797, Exp. 58.
(33) Gachard, Louis Prosper (1875): Les bibliothèques de Madrid et de l’Escurial; notices et extraits des manuscrits qui-concernent l’histoire de Belgique. Bruxelles: Hayez, p. 244.
(34) El texto del tratado se puede consultar en Legrelle, A. (1943): Primer tratado de partición de la monarquía española hecho en 1668: documento muy poco conocido en España y nada utilizado por sus historiadores. Ciudad de México: Imp. Manuel León Sánchez.
(35) Bérenger, Jean (2002): Los Habsburgo y la sucesión de España, en Fernández Albadalejo, Pablo (coord.): Los Borbones: Dinastía y memoria de nación en la España del siglo XVIII. Madrid: Marcial Pons; Casa de Velázquez, p. 54.
(46) Rowen, Herbert H. (1954): “John de Witt and the Triple Alliance”. The Journal of Modern History, Vol. 26, N.º 1, p. 3.
(47) Lonchay, Henri (1896): La rivalité de la France et de l’Espagne aux Pays Bas (1635 1700): étude d’histoire diplomatique et militaire. Bruxelles: Hayez, p. 233
(48) Copia de la convención ajustada entre Inglaterra, Suecia y los Estados Generales de los Países Bajos para la Accesión del rey de Suecia al tratado firmado por Inglaterra y Holanda a fin de procurar la paz entre España y Francia. AGS, Estado 2797, Exp. 54.

3 Comments

  1. Fue un error querer recuperar Portugal así de mal… con los éxitos que tuvo España incluso contra Francia en la década de los 50 y la década de los 60 es yo creo el verdadero fin de la supremacía española.

    Lo que sí estaba deseando es que hubiese habido una guerra civil entre partidarios de Juan José de Austria y Carlos II, quizás España gobernada por el bastardo, hubiese resurgido antes, por que era un militar y político bastante capaz.

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