¿Una estrategia alternativa para la guerra de Flandes? (III) La crisis de Juliers (1610-1614)

Entre la firma del Tratado de Amberes (1609) y la expiración de la Tregua de los Doce Años (1621), la Monarquía Hispánica y las Provincias Unidas libraron una “guerra fría” en el noroeste de Alemania que amplió las perspectivas estratégicas de ambos bandos y que acabó confluyendo con la Guerra de los Treinta Años. En este contexto, los ejércitos españoles siguieron adelante con la estrategia, llevada a cabo desde 1605, de aislar a la República del territorio alemán para interrumpir el tráfico de mercancías y el apoyo político y militar de los protestantes alemanes. En la década de 1620, este planteamiento ofensivo se vería apoyado por ambiciosos (y en última instancia fallidos) proyectos marítimos y de ingeniería.

La crisis de Juliers
A principios del siglo XVII se produjeron en el Sacro Imperio distintos conflictos que anticiparon el estallido de la Guerra de los Treinta Años. Ninguno desembocó en una guerra prolongada como la de Colonia (1583-1588), pero una particular, la crisis sucesoria de Juliers-Cléveris, estuvo cerca. A principios del siglo XVI, la casa de La Marck había reunido bajo un mismo dominio una serie de amplios territorios en ambas orillas del Rin: los ducados de Juliers, Cleves y Berg, los condados de Mark y Ravensberg, y el señorío de Ravenstein, un enclave entre Brabante español y el Bajo Güeldres holandés. Aunque los duques eran católicos, se trataba de territorios de una gran diversidad religiosa (1). Su posición en ambas riberas del Rin y su vecindad con los Países Bajos hicieron que, a menudo, fuesen una zona de paso para los ejércitos de ambos bandos y que su importancia estratégica fuese en aumento a medida que el enfrentamiento se desplazaba hacia las “Barreras fluviales”. Se trataba, además, de una zona con estrechos lazos políticos y culturales con los Países Bajos, reforzados por la llegada de numerosos fugitivos de la guerra durante las décadas previas (2).

El último gobernante de los ducados unificados fue Juan Guillermo de La Marck, hijo de Guillermo el Rico. Este príncipe alemán sufría una enfermedad mental que fue tratada, entre otros, por el italiano Francesco Maria Guazzo, médico, sacerdote y demonólogo, autor del tratado sobre brujería Compendium Maleficarum (Milán, 1608). El interés de las Provincias Unidas en la región se concretó hacia la década de 1590. Según el coronel Francisco Verdugo, gobernador de Frisia: “Se había resuelto en los consistorios herejes, por mejor plantar su herejía en el estado de Cleves, riberas del Rin y aquí, que les convenía hacer enloquecer al duque Juan, príncipe católico y bueno, y a su mariscal Terhorst, dotado de muchas virtudes, que como tal, les impedía en aquel estado sus maldades” (3). Pocos dudaban de que el duque, debido a su condición, moriría sin descendencia, por lo que los múltiples interesados en sus vastos territorios empezaron a preparar sus reivindicaciones con antelación.

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Mapa de los ducados de Juliers y Berg (1645), extraído del Atlas Novus de Willem y Joan Blaeu. El Rin y el electorado de Colonia, uno de los principales estados eclesiásticos del Imperio, separaban los antiguos ducados de Juliers y Berg. El primero era limítrofe con el Alto Güeldres y el ducado de Limburgo, ambos bajo soberanía de la Monarquía Hispánica.

Además de la inminente crisis sucesoria, otro problema derivado de la enfermedad del duque Juan Guillermo fue el debilitamiento de la autoridad en sus estados, lo que dio pie a que algunos de sus vasallos colaborasen abiertamente con los holandeses. El caso más notorio fue el del conde Wirich VI de Daun-Falkenstein, a quien el almirante de Aragón describía como “hereje y grande enemigo de la casa de Austria”, y del que informaba al archiduque Alberto que “hace daño a los nuestros como si fuese enemigo, y a los que nos traen vituallas por el río”. (4) En otoño de 1598, durante la campaña del almirante en el flanco oriental de las Provincias Unidas, el conde fue sitiado por tropas españolas en su castillo de Broich, a orillas del Ruhr, y asesinado a traición. El evento fue explotado con fines propagandísticos por los publicistas holandeses y alemanes protestantes, e incluso criticado por oficiales españoles como Carlos Coloma (5).

La intervención holandesa
La muerte del duque Juan Guillermo en 1609 desencadenó la verdadera crisis. Nada menos que siete dinastías reclamaban derechos sobre aquellos territorios (6). El organismo que debía dirimir la cuestión era el Consejo Áulico o Reichshofrat (uno de los dos tribunales supremos del Sacro Imperio), pero antes de que emitiese un dictamen, dos de los contendiendes, el elector Juan Segismundo de Brandeburgo y el duque Wolfgang Guillermo del Palatinado-Neoburgo (ambos luteranos), acordaron establecer un gobierno conjunto sobre los estados del difunto con el consentimiento de las dietas locales. Aquello motivó una respuesta enérgica del emperador Rodolfo, que nombró a su joven primo, el archiduque Leopoldo –obispo de Estrasburgo–, en calidad de comisionado imperial en los ducados. Leopoldo ocupó con sus tropas la ciudad de Juliers, lo que dio inicio a la guerra. Fue un conflicto breve y con un resultado decidido de antemano: mientras que Rodolfo carecía de medios para apoyar a su primo, en favor de Brandeburgo y el Palatinado Neoburgo intervinieron la recién creada Unión Protestante, las Provincias Unidas y Francia. Leopoldo nunca dispuso de más de 7.000 hombres, mientras que sus adversarios alineaban 30.000, a los que más tarde se sumaron 23.000 soldados franceses y holandeses (7).

Ni la Monarquía Hispánica ni las Provincias Unidas, donde los partidarios de la paz se había impuesto, reaccionaron con excesivo entusiamo ante la Guerra de Juliers. El jefe del Gobierno de la República, Johan van Oldenbarnevelt, había sido uno de los artífices de la Tregua de los Doce Años y no deseaba que la Francia de Enrique IV lo arrastrase de nuevo a la guerra contra España. La intervención de esta última quedó descartada de entrada, pues la mayor parte del Ejército de Flandes había sido desmovilizado: entre 1609 y 1613, el número de efectivos de que Spínola disponía se movió en torno a los 13.200, frente a 24.000 infantes y 3000 jinetes por parte holandesa (8). De todos modos, se trataba de un aplazamiento temporal. La región en litigio era de gran importancia para ambos bandos y, en 1610, amparado en las vaguedades del apoyo a Brandeburgo y el Palatinado-Neoburgo, Mauricio de Nassau ocupó Juliers y varias plazas fuertes de Cleves, cosa que no solo ampliaba y aseguraba las comunicaciones de las Provincias Unidas con Alemania, sino que prácticamente aislaba las fortalezas españolas al norte del Rin de los Países Bajos meridionales. En mayo de aquel año, empero, la situación empezó a cambiar: Enrique IV de Francia murió asesinado, lo que dejó fuera del tablero a la monarquía gala (9).

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Mapa del ducado de Cleves y el señorío de Ravenstein (1645), extraído del Atlas Novus de Willem y Joan Blaeu. Esta región era la de mayor relevancia estratégica tanto para la Monarquía Hispánica como las Provincias Unidas. El ducado se extendía a ambos lados del Rin, de modo que las tropas españolas que se dirigían hacia Groenlo, Oldenzaal y Lingen debían atravesarlo en parte.

El gran vuelco se produjo en 1613, cuando Wolfgang Guillermo del Palatinado-Neoburgo se convirtió al catolicismo y Juan Segismundo de Brandeburgo abrazó el calvinismo. Poco a poco, las relaciones entre ambos se habían tensado, y la guerra no tardó en estallar. Wolfgang Guillermo se apoderó de una de las principales ciudades de la región, Düsseldorf, antigua corte de los duques, pero Brandeburgo conservó Juliers gracias al apoyo de las Provincias Unidas, que ampliaron su guarnición en la plaza. Según el nuncio apostólico en los Países Bajos, el cardenal Guido Bentivoglio, esta ascendía a 4.000 infantes y 300 jinetes (10). El Palatinado-Neoburgo solicitó auxilio a Bruselas y, en esta ocasión, el archiduque Alberto dio a Spínola la orden de intervenir. El Ejército de Flandes tenía autorización imperial expresa para hostilizar a las fuerzas brandeburguesas, puesto que el nuevo emperador, Matías, había investido al archiduque como encargado de restaurar el catolicismo en la vecina ciudad imperial de Aquisgrán, donde los protestantes habían tomado el poder en 1612, en clara contravención de la Paz de Augsburgo, y donde Brandeburgo instaló una guarnición (11).

La intervención española
Gracias a la llegada de 200.000 escudos desde España, el archiduque pudo reclutar nuevas tropas y formar dos ejércitos (12). El primero, al mando de Spínola, constaba de 18.000 infantes y 2.500 jinetes, de los que 8.000 de los primeros y 1.200 de los segundos eran veteranos. Mientras esta fuerza intervenía en Alemania, otro cuerpo, de 18.000 infantes y 2.400 jinetes, quedaría en los Países Bajos al mando del archiduque por si las Provincias Unidas rompían la tregua. Spínola, a quien secundaban Luis de Velasco como general de la caballería y el conde de Bucquoy como general de la artillería, al igual que en las campañas previas, designó Maastricht como plaza de armas por su proximidad a Juliers y Aquisgrán. La fuerza escogida se componía, según el cardenal Bentivoglio, que se agregó al ejército, de 2.500 infantes españoles, 800 irlandeses, 3.000 alemanes, 700 borgoñones y 9.000 valones, amén de la caballería y de otro pequeño cuerpo de 2.000 infantes italianos y 700 jinetes que operaría desde Rheinberg (13).

El Ejército de Flandes atravesó la frontera a finales de agosto de 1614 y actuó con la misma energía y presteza que en las campañas de 1605 y 1606. Aquisgrán capituló sin oponer resistencia, tras lo cual las tropas católicas marcharon hacia Düren, la segunda ciudad más importante del ducado de Juliers, y la ocuparon sin oposición. En parelelo, la infantería italiana y la caballería acuartelada en Rheinberg, al mando del maestre de campo Marcelo Giudice, se apoderaron de Orsoy, una plaza fuerte vecina, en territorio de Cleves, que constituía otro excelente punto para cruzar el Rin. A la sazón, el ejército de Spínola siguió su avance por la orilla oeste, tomó diversas plazas (como Neuss), y cruzó el Rin en Rheinberg. Una porción de las tropas pasó a la orilla opuesta en Colonia para apoderarse de Mülheim, ya en el ducado de Berg, que constituía un lugar de culto para los protestantes de la vecina ciudad católica y cuyas defensas Spínola ordenó arrasar (13). Desde Düsseldorf se agregó a las tropas hispánicas el duque Wolfgang Guillermo con 4.000 infantes y 400 jinetes. Después de tomar algunas plazas menores, las fuerzas católicas avanzaron hasta Wesel, una importante ciudad a orillas del Rin –que también dominaba la desembocadura de uno de sus afluentes, el Lippe–, y la ocuparon tras un breve asedio (14).

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Mapa de la lucha en el ducado de Juliers (Nicolaes van Geelkercken, 1614). Este mapa subjetivo muestra de forma bastante fiel la campaña española en Juliers, Cleves y Berg. Las tropas de Spínola parte de Maastricht, cruzan el Mosa, toman Aquisgrán y Düren y se dividen para subir por ambas orillas del Rin. Podemos ver, asimismo, el territorio de las Provincias Unidas, abajo a la derecha: Arnhem y Nimega.

Las Provincias Unidas, tomadas por sorpresa, intervinieron para evitar que Spínola se hiciese con el control absoluto del Rin hasta su frontera. Mauricio de Nassau, al mando de unos 14.000 infantes y 3.000 jinetes, a los que se sumaron 700 soldados de caballería brandeburgueses y un regimiento de infantería del elector palatino, ocupó las ciudades de Emmerich y Rees (15). Menos de 10 kilómetros separaban a los dos ejércitos, pero el choque no se produjo, pues los respectivos gobiernos habían dado órdenes de evitar una escalada. En noviembre, Brandeburgo y el Palatinado-Neoburgo firmaron el Tratado de Xanten con la mediación de Francia e Inglaterra. Wolfgang Guillermo fue reconocido como soberano de los ducados de Juliers y Berg y del señorío de Ravenstein, mientras que Cleves, Mark y Ravensberg quedaron en poder de Juan Segismundo. El punto que suscitó más tensión fue el control de las ciudades de Juliers y Wesel. Las Provincias Unidas, Francia e Inglaterra eran partidarias de un canje (previa demolición de las fortificaciones de Juliers), pero la delagación del archiduque Alberto se oponía. Según su embajador, Petrus Peckius el Joven: “Juliers al fin no es lugar situado a sus fronteras [de las Provincias Unidas], y por el contrario la tierra de Wesel yace a las más principales de sus puertas” (16).

La posición española era fuerte, de modo que, a la postre, el bando contrario se vio obligado a ceder. Wesel, guarnecida por 3.000 soldados católicos, quedaría en poder de la Monarquía. Una obra sobre el conflicto publicada en Londres en 1738 y dedicada al duque de Newcastle da fe del varapalo: “Esta conquista de Spínola fue de no poca sorpresa y preocupación para las cortes de Francia, Gran Bretaña y los príncipes protestantes de Alemania […] pero los Estados [Generales] estaban muy alarmados por ello, pues podía dar al enemigo una fácil oportunidad de invadir sus provincias por aquel lado” (17). Y eso no era todo: el Ejército de Flandes, en los dos meses que había durado su intervención, tomó el control de diez poblaciones en Cleves, veintiocho en Juliers y veinticuatro en Berg y Mark (18). Esto significó que España contase con tres puntos de cruce sobre el Rin: Rheinberg, Orsoy y Wesel, y que todo el tramo del río hasta el Palatinado estuviesen en manos católicas. Las Provincias Unidas conservaron Juliers, pero estaba demasiado lejos de sus fronteras como para que supusiera amenaza alguna hacia los Países Bajos meridionales.

Para las Provincias Unidas no solo el balance estratégico de la crisis de Juliers había sido negativo, sino también el político. Después de que Spínola instalase una guarnición española en Soest (Mark), en 1616, Mauricio de Nassau se convenció de que el genovés retomaría sus proyectos de 1605 y 1606 (el Plan Solre) una vez que la tregua expirase en 1621 (19). El estatúder abogaba abiertamente por romper la tregua para evitar que los preparativos españoles llegasen a su culmen. Sin embargo, Oldenbarnevelt se oponía, pues confiaba en que el cese de las hostilidades podía dar lugar a una paz definitiva. En los años siguientes, la dualidad del poder político-militar, agravada por una dicotomía religiosa en el seno de la iglesia calvinista neerlandesa, daría lugar a una pugna por el poder en la que se impondría Mauricio. Antes del fin de la tregua, sin embargo, la situación estratégica cambiaría de nuevo debido al estallido de la rebelión de Bohemia en 1618 y la aceptación de la corona de aquel reino por parte del elector palatino Federico V. En este contexto, el Rin y las zonas de Alemania fronterizas con los Países Bajos se convertirían de nuevo en un campo de batalla entre España y las Provincias Unidas y, al mismo tiempo, en el eje de la estrategia hispánica para triunfar sobre los rebeldes.

Notas:
(1) Así sucedía en todo el noroeste del Imperio. El capitán Alonso Vázquez cita dos ejemplos paradigmáticos: “Solo diré lo que vi en un lugar de la provincia de Westfalia, donde había un convento de frailes y otro de monjas, las cuales vivían en lo alto de él, y los frailes en lo bajo, y eran muy grandes herejes, y ellas muy católicas y constantes en la fe […] y en otro lugar que se llama Uelsen, que es del conde de Bentheim, supe que era calvinista y la condesa luterana, y sus vasallos libertinos, y procuraban reducirlos cada uno a su secta”. Vázquez, Alonso (1879): Los sucesos de Flandes y Francia del tiempo de Alejandro Farnese por el capitán Alonso Vázquez, en Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España, LXXIII. Madrid: Imprenta de Miguel Ginesta, p. 45
(2) Wilson, Peter H. (2018): La Guerra de los Treinta Años. Una tragedia europea. Volumen I (1618-1630). Madrid: Desperta Ferro Ediciones, p. 260
(3) Verdugo, Francisco (1872): Comentario del coronel Francisco Verdugo: de la guerra de Frisia, en XIV años que fue gobernador y capitán general de aquel estado y ejército. Madrid: Impr. y estereotipia de M. Rivadeneyra, p. 135
(4) Cartas del Almirante de Aragon D. Francisco de Mendoza al archiduque Alberto, relativas en su mayor parte a la guerra de Flandes, desde 1596 á 1602, en (1862): Colección de Documentos inéditos para la Historia de España, XLI. Madrid: Imprenta de la viuda de Calero, p. 529
(5) Coloma, Carlos (1627): Las Guerras de los Estados Baxos desde el año de 1588 hasta el de 1599. Barcelona: Miguel Manescal, p. 289
(6) Una de las dinatías era precisamente la de Habsburgo. Guillermo el Rico y Carlos V habían mantenido una disputa por el ducado de Güeldres y el condado de Zutphen que se saldó en 1543 con la derrota de Guillermo. Güeldres y Zutphen pasaron a manos del emperador, pero Guillermo conservó sus otros estados, a pesar de que el emperador se había planteado anexionarlos a los Países Bajos. Las condiciones de la capitulación del duque pueden consultarse en Sandoval, Prudencio de (1606): Segunda parte de la vida y hechos del Emperador Carlos Quinto. Valladolid: Sebastián de Cañas, pp. 406-408. El emperador Rodolfo, aunque consciente de los antecedentes, prefirió mantener una postura neutral por su debilidad política y se limitó a tratar de que los ducados recayesen en una dinastía católica. Véase Wilson, op. cit., p. 260
(7) Wilson, op. cit., p. 268. A ello cabe añadir que las tropas de Leopoldo estaban formadas en buena medida por bandidos y desertores, y capitaneadas por hombres de dudosa moral como Ernst von Mansfeld, que se cambió de bando tras ser capturado, o el liejés Laurent Ramey, bailío de Amercœur que amparaba a toda clase de criminales. Véase Rahlenbeck, Charles (1853): Notice sur Laurent Ramey: Extrait du messager des sciences historiques 1853. Gante: Imprimerie et Litographie de L. Hebbelynck, pp. 6-9
(8) Echevarría Bacigalupe, Miguel Ángel (1998): Flandes y la monarquía hispánica, 1500-1713. Madrid: Sílex Ediciones, p. 187
(9) Allen, Paul C. (2000): Philip III and the Pax Hispanica, 1598-1621: The Failure of Grand Strategy. New Haven: Yale University Press, p. 235
(10) Bentivoglio, Guido (1631): Relaciones publicadas por Ericio Puteano, y traduzidas por don Francisco de Mendoza y Cespedes de Italiano en lengua Castellana. Nápoles: S.n., p. 168
(11) Duerloo, Luc (2012). Dynasty and Piety: Archduke Albert (1598-1621) and Habsburg Political Culture in an Age of Religious Wars. Farnhem: Ashgate Publishing, p. 369
(12) El grueso de la recluta fue local, si bien también se alistaron tropas en España. Domingo de Toral y Valdés pasó a Flandes en 1615 encuadrado en el tercio de Cosme de Médici. La unidad fue reformada nada más llegar y sus compañías se distribuyeron entre los tercios españoles allí presentes. Véase Toral y Valdés, Domingo de (1879): Relación de la vida del capitán Domingo de Toral y Valdés, escrita por el mismo capitán, en Colección de documentos inéditos papa la historia de España, LXXI. Madrid: Imprenta de Miguel Ginesta, pp. 498-499
(13) Bentivoglio, op. cit., pp. 177-178
(14) El Ejército de Flandes sufrió ochenta bajas entre muertos y heridos a cambio de una victoria de gran importancia no solo estratégica, sino también religiosa, pues la propaganda católica consideraba Wesel a la altura de las dos ciudades heréticas por excelencia de Europa, Ginebra y La Rochelle. Una relación impresa en 1614, en particular, la describía como “madriguera de los herejes, por haber más de setenta años que se predicaba en ella la secta de Lutero, y tan obstinados y arraigados en ella, que era mucho peor que Ginebra”. S. a. (1614): Relacion de la iornada, que hizo el Marques Espinola con don Iñigo de Borja, y don Luys de Velasco con veynte mil infantes, y dos mil y quinientos cauallos, en Flandes, contra los Luteranos, y de la vitoria que tuuieron, y de las villas, y lugares que se les rindieron, en particular de la toma de la fortisima villa de Bessel. Sevilla: Alonso Rodríguez Gamarra
(15) Anónimo (1738): The History of the Succession to the Countries of Juliers and Berg. Londres: J. Roberts, pp. 69-70
(16) Bentivoglio, op. cit., p. 192
(17) The History of the Succession to the Countries of Juliers and Berg, p. 70
(18) Wilson, op. cit., p. 289
(19) Van Nimwegen (2010): The Dutch Army and the Military Revolutions, 1588-1688. Woodbridge: The Boydell Press, p. 205

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