Los irlandeses, Cromwell y la guerra de Cataluña (1640-1659)

“Estos son días de agitación y este temblor es universal: el Palatinado, Bohemia, Alemania, Cataluña, Portugal, Irlanda, Inglaterra”. Así se expresaba en los oscuros días de 1643, en plena Guerra civil inglesa, Jeremiah Whitaker, miembro del Parlamento inglés y –por si el nombre deja lugar a dudas– clérigo puritano. No andaba desencaminado. Una década más tarde, el historiador francés Jean-Nicolas de Parival se refirió a la época que le había tocado vivir como un siècle de fer, un “siglo de hierro”; una centuria marcada, al menos en su primera mitad, por los conflictos civiles. Para muestra, Maiolino Bisaccioni, un célebre historiador italiano ligado a la Corona francesa, publicó en 1652, en Venecia, Historia delle guerre civili delli ultimi tempi, obra en la que da cuenta de los principales sucesos de las guerras mencionadas y algunas otras, como las rebeliones de Palermo y de Nápoles, la Fronda francesa y la revuelta de los cosacos y campesinos de Ucrania contra la nobleza polaca. Pero entre todos estos conflictos, la rebelión irlandesa de 1641 es el que nos interesa.

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Mapa de Irlanda en el atlas The Theatre of the Empire of Great Britain (1611), obra de John Speed, el cartógrafo más célebre del período Estuardo en Inglaterra. En él vemos la isla dividida en condados.

Los paralelismos entre Cataluña e Irlanda en la época son bastante evidentes, aunque también existen diferencias notorias. Como señala Jane H. Ohlmeyer en Ireland from Independence to Occupation, 1641-1660, ambos estados formaban parte de monarquías compuestas (así podía considerarse a la unión formada por Inglaterra, Escocia e Irlanda). Ohlmeyer describe la Irlanda y la Cataluña del siglo XVII como estados periféricos, lejos de los centros económicos del continente, donde las fuerzas del conservadurismo y el provincialismo eran más fuertes que las del cambio y la centralización, y donde las fronteras culturales y lingüísticas significaban mucho más que las nacionales y geográficas o que las divisiones religiosas. Las diferencias, por otra parte, no eran menores: si Cataluña se separó de la Monarquía de los Austrias para incorporarse a la Francia borbónica, Irlanda sólo aspiraba a gozar de un mayor grado de autonomía bajo el paraguas de los reyes Estuardo. Además, mientras que España optó por la reconciliación cuando reconquistó Barcelona en 1652, la Inglaterra de Oliver Cromwell fue en extremo despiadada a la hora de sofocar la rebelión irlandesa.

La represión que los ingleses ejercieron en Irlanda, antes y después de la rebelión de 1641, motivó el exilio de miles de irlandeses. La mayor parte de ellos, de origen humilde, entró a servir en los ejércitos de los monarcas de la Europa continental y, en primera instancia, en el de los Austrias españoles. Los irlandeses combatieron en la guerra de Flandes, donde crearon sus propios regimientos, cuyas filas se nutrían de los refugiados (en las épocas de revuelta contra los ingleses) o de tropas reclutadas con el consentimiento de la Corona inglesa en tiempo de paz. Luego, tras el estallido de la guerra con Francia en 1635, las tropas irlandesas fueron utilizadas en España. Su primera acción en suelo ibérico fue el socorro de Fuenterrabía, en 1638, y a partir de 1639 combatieron en territorio catalán. No deja de ser curioso que miles de irlandeses que huían de las estrecheces de la vida a la que la Corona inglesa los sometía en su país combatieran a sueldo de otro monarca para aplastar una rebelión que recuerda vagamente a la de su hogar, pero así sucedió.

Irlandeses 1608 1642

Ejemplos gráficos de la brutalidad de la guerra en Irlanda: las cabezas empaladas de dos rebeldes en Dublín en 1608 según una relación impresa en Londres y protestantes abandonados desnudos a la intemperie, en Teares of Ireland (1642).

De Flandes a Cataluña:

Tyrone y Tyrconnell (o Tír Eoghain y Tír Chonaill, en gaélico) son los nombres que marcaron la primera parte de la presencia de tropas irlandesas en Cataluña. Amén de maestres de campo de sendos tercios irlandeses, Shane O’Neill y Hugh O’Donnell, earls o condes de Tyrone y Tyrconnell, respectivamente, eran los descencientes de los dos principales señores gaélicos de Irlanda, que en la última década del siglo XVI se habían alzado en rebelión contra la Corona inglesa. Finalmente derrotados a pesar de la ayuda española, los señores gaélicos habían tenido que huir de su patria en 1607 en lo que se conoce como Flight of the Earls –la huida de los earls–. Tanto O’Neill como O’Donnell fueron criados en Lovaina, en los Países Bajos españoles, y optaron por la carrera militar, formándose en la larga lucha contra las Provincias Unidas holandesas, países herejes asistidos con frecuencia por Inglaterra.

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Según Juan L. Sánchez Martin, es posible que Tyrone fuera retratado por el pincel de Diego Velázquez. Quizá se trate de este caballero.

En 1638, los tercios de Tyrone y Tyrconnell, con las familias de sus soldados y oficiales, fueron llevados de Dunkerque a La Coruña por una escuadra al mando del almirante Lope de Hoces. En la península eran precisas tropas veteranas para suplir la inexperiencia de los tercios provinciales creados en 1635 por el estallido de la guerra con Francia. Los soldados irlandeses se distinguieron en la defensa y el socorro de Fuenterrabía, en Guipúzcoa, donde brilló el nombre de Daniel O’Cahan. Tras la victoria de Fuenterrabía, los tercios irlandeses fueron repartidos en varias guarniciones y luego enviados al Reino de Navarra. En 1639 intervinieron en la campaña de Salses, en el Rosellón, y desde 1640 hasta 1642 tomaron parte en las principales acciones de la guerra, como en la batalla de Montjuïc y el primer sitio de Tarragona.

Tanto Shane O’Neill como Hugh O’Donnell perdieron la vida en el conflicto. El primero murió de un mosquetazo en el pecho mientras dirigía a sus hombres en el ataque a Montjuïc durante la batalla del mismo nombre en enero de 1641. O’Donnell murió al año siguiente, en el curso de una batalla naval frente a Barcelona, cuando el galeón en el que iba se incendió al contacto con un buque francés en llamas y no tuvo más remedio que lanzarse al agua, donde pereció ahogado. El tercio de Tyrone, al mando de su sargento mayor mientras el hijo del earl estaba en la minoría de edad, fue transferido al frente extremeño para luchar contra los rebeldes portugueses, pero el de O’Donnell, al mando de su sargento mayor, Oliver FitzGerald, permaneció en Cataluña y se distinguió en el segundo asedio de Tarragona en 1644. Otras tropas irlandesas harían lo propio en la segunda fase de la guerra, por ejemplo el tercio de Bernard O’Callaghan en la batalla de Camprodón, en 1658.

¿Y qué opinaban los catalanes?

La percepción que los habitantes del principado tenían de los soldados de la Isla esmeralda, a los que acompañaba siempre su parentela, allá adónde fuesen, es digna de estudio. En la prolija crónica de Miquel Parets, un menestral barcelonés que vivió la guerra en primera persona y con diversidad de sentimientos –al principio era pro francés, pero luego se volvió pro español–, encontramos referencias de lo más interesantes. Podemos empezar con una de la que da cuenta en 1653 y en la que atribuye la presencia de tantos isleños en los ejércitos de Felipe IV a una curiosa circunstancia:

La provincia de Irlanda estaba bajo el dominio inglés, y como toda la Inglaterra prevaricó en la fe católica, los irlandeses jamás quisieron reducirse a aquella secta. Conservábanse en la ley católica con tal opresión de los ministros ingleses, que si querían oir misa, habían de valerse por los desiertos y bosques a celebrarla y obrar como cristianos en sus devociones; acusáronlos al Rey de estas operaciones, y por no verter tanta sangre, ya que no podían reducirlos a su ley, los parlamentarios queríanlos llevar a vender a Turquía: súpolo nuestro católico Monarca y ajustó redimirlos de tan desgraciado fin (algunos correspondieron mal) a real de a ocho por persona, y los de alguna graduación a doblón y a más, según la calidad; barata compra por cierto y celo digno de eterna memoria, pues evitaba con esto Felipe Cuarto el riesgo de perderse tantas almas; trujéronlos a España con mujeres, hijos y familia, que era mucha, porque aseguraban ser provincia tan dilatada como Cataluña.

La historia que cuenta Parets es del todo inexacta. Para empezar, en la fecha en la que escribía, el rey de Inglaterra, Carlos I, hacía cuatro años que había sido ejecutado, acusado de alta traición, en un proceso sin garantías, y si bien es cierto que una oleada de fugitivos siguió a la victoria de los ingleses sobre los Irlandeses Confederados en 1649, la idea de que Oliver Cromwell planeara vender a los irlandeses católicos como esclavos al Imperio otomano es una falsedad que con toda seguridad circulaba en algún libelo de la época (el regicida no gozaba de buena fama en ningún reino de Europa). Lo que sí es cierto, sin embargo, es que la Commonwealth inglesa esclavizó a más de 100.000 irlandeses durante y después de la guerra y los deportó a las Indias Occidentales para trabajar en plantaciones de Jamaica, Barbados u otras colonias inglesas. Antes que los esclavos africanos, en efecto, fueron los irlandeses.

Cromwell mural

Mural que ensalza la figura de Cromwell en Belfast (Irlanda del Norte). Foto de Kevin Forkan en Panoramio.

Pero volviendo al relato de Parets, que bien poco debía de saber de las Islas británicas, pronto sale a relucir en él una dualidad de pareceres en su percepción de los soldados irlandeses y sus familias: si bien afirma al principio que entre ellos había “famosos hombres y mujeres de lindo parecer” y “muy buenos y valerosos soldados y oficiales”, a la vez que manifiesta lástima por sus penurias, y en especial la estampa de las mujeres mendigando, que le recuerda a los gitanos, también declara que otros no eran sino “ladrones que causaban mucho daño en Cataluña”. Esta idea casa con las quejas que las autoridades civiles de Navarra y Aragón remitieron a la Corte en 1640, tras el paso de los gaélicos por aquellas regiones, y con la descripción que un oficial del ejército español, autor de un texto de gran valor pero de lenguaje muy escueto, el Diario de la Guerra de Cataluña, ofrecía de los irlandeses en movimiento: “donde llegan no hay langosta como ellos”. Finalmente, Parets ofrece en su crónica la imagen más patética de estas gentes cuando en 1653, tras el socorro de Girona, Juan José de Austria alojó un buen número de ellos en Barcelona:

Los irlandeses, gente que por su pobreza, muchedumbre y nada de policía, llevaban siempre consigo las enfermedades y la porquería, esparciéronse por la ciudad por no tener cuarteles, y por estar casi todos enfermizos ninguno los admitía por las casas; dormían y alojábanse por los cubiertos de las plazas y calles; en la Plaza Nueva, bajo un tejado que hay en el Palacio del Obispo, estaban más de trescientos cargados de mujeres e hijos, que vivían como brutos, y era lástima verlos: salíanse de día a buscar fajos de verde de se, y después de haber dormido sobre ellos los vendían; y por esta causa se fue extendiendo de nuevo el contagio por la ciudad.

Parets, que había vivido sucesos de enorme dramatismo, como la epidemia de peste que diezmó la población de Barcelona en 1650 -y que se cobró la vida de su esposa, su madre y todos sus hijos salvo uno-, así como la hambruna que acompañó al sitio de la ciudad por las tropas españolas entre 1651 y 1652, no podía dejar se sentirse conmovido por las dificultades que los irlandeses, perseguidos en su propio hogar, sufrían en una tierra lejana como Cataluña. A decir verdad, el manestral catalán podía considerarse afortunado: en la guerra entre irlandeses e ingleses entraban en juego factores que la hacían mucho más cruel que el conflicto que dividía Cataluña.

FINIS

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Un comentario

  1. Un artículo muy interesante! Conozco poco de los avatares de Irlanda en el siglo XVII. Hay un volumen de Osprey sobre el tema. Solo se que Cromwell se ensañó con ellos de mala manera.

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