Españoles contra suecos en el Rin: campaña en la retaguardia de Gustavo Adolfo (1)

En marzo de 1632 Gustavo II Adolfo de Suecia llegó a los lindes de Baviera con un ejército que sumaba una racha espectacular de victorias. Sólo seis meses habían pasado desde la batalla de Breitenfeld, en la que el León del Norte había destruido el ejército veterano de la Liga Católica, victorioso hasta entonces sobre los bohemios, los palatinos y los daneses. Una marcha triunfante había llevado al rey sueco por los caminos de Sajonia, Hesse-Kessel y el Palatinado hasta las puertas de Baviera, donde Maximiliano I, el Elector de Baviera y líder de la Liga Católica, se aprestó a la defensa con las menguadas fuerzas que el anciano Conde de Tilly había logrado reunir. Gustavo no tardaría en enfontrar la horma de su zapato en el feldmarschall Albrecht von Wallenstein, pero antes de tropezarse con aquel cínico bohemio, el rey sueco hubo de hacer frente a una problemática dispar: en Westfalia y el Palatinado habían quedado remanentes de tropas católicas que aún daban guerra. En el norte estaba el general Pappenheim, un brillante soldado que compensó su inferioridad numérica con una movilidad asombrosa. En el sur, un contraataque español cayó inesperadamente sobre las posiciones suecas.

Gustavo II Adolfo Cornelius Arentz

Gustavo II Adolfo, retratado por Cornelius Arentz hacia 1625. Hay pocos retratos del rey sueco en armadura debido a una herida que recibió en el esternón luchando contra los polacos en 1629. Sin embargo, parece que ya entonces era poco aficionado a la coraza.

No resulta sencillo dar con fuentes que permitan profundizar en la lucha en la retaguardia sueca, que quedó en manos de los alemanes protestantes aliados de Gustavo Adolfo. La campaña de Pappenheim en Westfalia está bien documentada, sin duda merced al aura heroica que envuelve al general bávaro por su muerte en la batalla de Lützen, pero el contraataque de los españoles en el Palatinado ha pasado desapercibido. Esta entrada tratará de arrojar algo de luz sobre esta ignota campaña, la primera, en palabras de Galeazzo Gualdo Priorato, el gran historiador coetáneo del conflicto, que torció la victoria de Gustavo Adolfo cuando este parecía invencible. Lamentablemente, carezco de fuentes de primera mano sobre los hechos, pero sí he dado con informació sobre los mismos en publicaciones de la época, como The Swedish intelligencer: Wherein, out of the truest and choycest informations, are the famous actions of that warlike Prince historically led along, publicado en Londres en 1633, y Guerra entre Ferdinando Segundo emperador romano y Gustavo Adolfo, rey de Suecia, impreso en Madrid en 1637 y obra del napolitano Fadrique de Moles. Asimismo, Le Mercure François describe las operaciones.

Situación previa

Comencemos con unos breves antecedentes: en 1620 y 1621 la Monarquía Hispánica y el Ducado de Baviera invadieron y conquistaron el Palatinado Electoral, estado de Federico V, que había aceptado la corona que le ofrecieron los bohemios protestantes rebeldados contra el Sacro Emperador Fernando II. España ocupó el Bajo Palatinado, al oeste del Rin, y Baviera el Alto, al este. La región estuvo en calma hasta finales de 1631, cuando el ejército sueco, capitaneado por Gustavo II Adolfo, llegó a las orillas del Rin. Aunque las coronas sueca y española no estaban en guerra, el León del Norte cruzó el Rin y atacó a las pocas tropas hispánicas que defendían la provincia. La única plaza de consideración que quedó en manos españolas antes de que Gustavo Adolfo continuase su rápido avance en dirección a Viena fue Frankenthal –la más fuerte, eso sí–.

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El ejército sueco, bajo el mando de su rey, cruza el Rin frente a Oppenheim en noviembre de 1631 (Wenceslaus Hollar, fecha desconocida). Wikimedia Commons.

Es difícil saber quién y por qué tomó la decisión de enviar parte de las tropas del ejército de Flandes al Palatinado. La muerte de la infanta Isabel Clara Eugenia en 1631 había dejado el gobierno en manos de un Consejo de Estado del que formaban parte Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, Francisco de Moncada, marqués de Aytona, y el veterano  Carlos Coloma. En 1632 se dio en los Países Bajos un vacío de poder que, sumado a una revuelta nobiliaria, estuvo muy cerca de sumir en el caos a las provincias católicas. El mando del ejército estaba sobredimensionado (lo que motivó en parte la reforma militar de 1632) y los encontronazos fueron inetivables, como vimos en la entrada sobre el socorro de Maastricht. La campaña de 1631 en los Países Bajos se había saldado en tablas: la armada holandesa había derrotado a una flotilla española en Zelanda, pero a la vez los holandeses habían fracasado en su intento de tomar Brujas. El control del Palatinado era indispensable para mantener abierto el Camino Español, y sin duda esa fue la causa de que un ejército español se lanzase contra la retaguardia sueca.

La operación era arriesgada, dado que Gustavo Adolfo, antes de marchar contra Tilly en Baviera, había dejado dos cuerpos de ejército en el Palatinado, el primero al mando de su canciller Axel Oxenstierna y del Rheingrave Otto Ludwig, y el segundo al mando del fogoso duque Berardo de Saxe-Weimar y del Conde Palatino de Birkenfeld. Asimismo, la geografía dificultaba la operación: el Mosela actuaba como un foso natural para los suecos, y la única vía para entrar en el Palatinado desde el Luxemburgo español era Tréveris, la sede del arzobispo-elector Philipp Christoph von Sötern, un hombre poco amigo de los Austrias. Según el clérigo inglés William Watts, autor de The Swedish intelligencer, el mando español sabía por los informes de sus espías en Tréveris que los jefes de los dos cuerpos suecos estaban en malos términos. Sin embargo, esto mismo lo niega Fadrique de Moles en su libro, en el cual señala que dicho rumor fue propagado a posteriori por el alto mando sueco para mitigar sus errores.

Comienzo de la campaña

Las tropas españolas dispuestas para el socorro del Palatinado oscilaban de los 8 a los 10.000 hombres entre infantería y caballería, si bien enemigos de los Austrias hablaron luego de unos 14.000 efectivos. A la espera de que llegase de Madrid Gonzalo Fernández de Córdoba, que había comandando el ejército del Palatinado durante las campañas de 1621 y 1622, el mando lo recibió el conde de Emden, oriundo de la Frisia Oriental, conde del Sacro Imperio y veterano de las campañas anteriores. A mediados de abril, el cuerpo español atravesó el obispado de Lieja, donde halló no poca oposición en los campesinos locales, y cruzó el Mosela por el puente de piedra de Tréveris –ciudad donde Sötern mantenía aún, a su pesar, una guarnición española–. El ejército marchó luego hacia el noreste, siguiendo el curso del Mosela hasta Trarbach para evitar la parte más escabrosa del macizo de Hunsrück, y después avanzó sobre Kirchberg (población célebre por un audaz golpe de mano en 1620). Allí había una guarnición sueca de 160 o 200 hombres que opusieron poca resistencia. Tomada la plaza, el ejército español marcho sobre Simmern y también la tomó.

Mapa campaña 1632 1

Fragmento de un mapa del Theatrum Orbis Terrarum, sive Atlas Novus in quo Tabulæ et Descriptiones Omnium Regionum de Joan Blaeu (1645) que muestra las localizaciones de la primera fase de la campaña: el Mosela, Tréveris y Coblenza. Wikimedia Commons.

El ataque español en la retaguardia sueca sorprendió a Oxenstierna, que tomó una resolución curiosa: envió al Rheingrave Otto Ludwig con su caballería a frenar el avance español a pesar de que el macizo de Hunsrück, quebrado y boscoso, era poco apto para el movimiento de los caballos. El primer choque se libró entre la caballería española, al mando del viejo Lucas Cairo, comisario general del ejército, y los hombres del Rheingrave. Los suecos llevaron la peor parte, dejando 60 hombres en el campo y unos cuantos prisioneros, entre los cuales un conde de Nassau. Si bien William Watt menciona que los suecos se impusieron, la derrota del Rheingrave a manos de Lucas Cairo y la captura de un Nassau aparecen en la correspondencia Isabel de Estuardo, esposa del Elector Palatino, quien seguía a la sazón a Gustavo Adolfo. En cualquier caso, el Rheingrave no logró obstaculizar el avance español: tras tomar Simmern, el ejército católico se dirigió hacia el norte y tomó rápidamente Oberwesel y Boppard, asegurando así la esquina norteña del Hunsrück, delimitada por el Mosela y el Rin, que unen sus aguas en Coblenza.

En una maniobra inesperada, Emden llevó su ejército de vuelta hacia el sur, bordeando al Rin, y limpió el curso del Nahe, uno de sus afluentes, de guarniciones enemigas. Kreuznach y Bingen, defendidas por tropas escocesas y alemanas al servicio de Gustavo Adolfo, se rindieron casi sin oponer resistencia. El ejército español cruzó entonces el Nahe y avanzó en dirección al oeste, acercándose peligrosamente a Maguncia, donde estaban Oxenstierna, Bernardo de Saxe-Weimar y la reina de Suecia, María Leonor de Brandenburgo, con un poderoso ejército de 15,000 infantes y 72 cornetas de caballería, que hasta entonces, inexplicablemente, había permanecido inactivo. El Rheingrave se apostó en Nieder Olm, a 10 kilómetros de Maguncia, presto a disputar el paso del río Selz a los españoles si era menester. Pero el conde de Emden era consciente de las fuerzas que aguardaban en la ciudad, y se contentó con tratar de sorprender a la caballería del Rheingrave, una misión que encomendó a Lucas Cairo y sus tropas.

Contra los hakkapeliitta finlandeses

El 13 de abril, antes del alba, Lucas Cairo tomó el mando de 12 cornetas de caballería que sumaban unos 1.400 hombres y se dirigió en busca del cuartel del Rheingrave, que esperaba tomar por sorpresa. Sin embargo, el general sueco había recibido informes que alertaban de la cercanía de tropas españolas y había buscado un mejor emplazamiento para las suyas. Asimismo, Oxenstierna le había enviado un refuerzo de 400 caballos ligeros finlandeses hakkapeliitta (así llamados por su grito de guerra, hakkaa päälle, “golpeadlos con fuerza”) del regimiento de Nyland y Tavastehus, al mando del coronel Torsten Stålhandske (“Guenta de acero”). El Rheingrave, hasta entonces instalado al pie de una colina que debía proporcionarle cobijo, apostó sus tropas en la cresta para anticiparse a los españoles y sorprenderlos, y lo propio hizo el coronel Stålhandske.

Swedish cavalry

Caballería sueca de la época. De izquierda a derecha: un coracero con armadura de tres cuartos, uno “aligerado”, con peto, espaldar y langostera, y un hakkapeliitta finlandés. Richard Hook, para Osprey Publishing, 1993.

Lucas Cairo y sus tropas ascendieron la colina que ocupaban los suecos al alba, poco antes de la salida del sol. Al llegar a la cima esperaban que la pendiente de bajada les diese impulso para cargar sobre el cuartel enemigo. Sin embargo, el Rheingrave había dispuesto en la cima a Torsten Stålhandske con sus hakkapeliitta, y aunque los españoles se movían en relativo silencio se produjo el choque. Los católicos, sorprendidos, descargaron sus pistolas y carabinas contra los suecos, y temiendo caer en una trampa, volvieron grupas en desorden colina abajo. Los finlandeses espolearon a sus caballos en persecución, seguidos por la caballería del Rheingrave. Cairo había dejado 10 cornetas en su retaguardia para cubrir la retirada si el ataque se torcía, pero el primer cuerpo chocó con el segundo y lo arrastró en su huida. El Rheingrave prolongó la persecución hasta los cuarteles de los católicos, donde la caballería española se recompuso al amparo de los cañones. En el combate cayeron cerca de 100 católicos, y otros 120 fueron hechos prisioneros, entre ellos Cairo, su ayudante general y dos capitanes. Los suecos también tomaron cinco cornetas como trofeo.

Golpe sobre Espira

El revés sufrido a manos de la caballería sueca no detuvo el avance español. Consciente de que no era prudente seguir más tiempo cerca de Maguncia, el conde de Emden decidió marchar hacia el sur para agregar a su ejército las tropas españolas que, al mando de Felipe da Silva, con base en Frankenthal, habían hecho frente a la invasión sueca de 1631 y aún se mantenían en el sur del Palatinado con la retaguardia protegida por el ejército imperial de Alsacia, a las órdenes del conde Wolfgang Rudolf von Ossa. El ejército español, pues, levantó sus cuarteles y se adentró en el Palatinado, pasando por Alsheim, Bockenheim y Neulingen. La noche del 15 de abril las tropas vivaquearon en los páramos silvestres y montuosos del Bosque Palatino (Pfälzerwald). El 16 llegaron a Grünstadt. Aquel mismo día, Felipe da Silva partió de Frankenthal al frente de 3.000 infantes con 10 cañones y se les unió.

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El escenario principal de operaciones de la fase central de la campaña en un mapa del Palatinado obra de Joan Blaeu (1645). Vemos Maguncia, Frankenthal, Worms, Espira y otras plazas de primer orden como Mannheim o Heidelberg.

Reunidas las dos fuerzas españolas en las cercanías de Frankenthal, el momento de tomar una plaza importante a los suecos había llegado. El conde de Emden deseaba sitiar Worms, ciudad imperial libre de primer orden en el curso del Rin, pero Felipe da Silva lo disuadió. Guarnecían la plaza una fuerza numerosa de infantería sueca, 8 cornetas de caballería y una milicia urbana nada desdeñable. Por esta razón decicieron marchar sobre Espira, también ciudad imperial en el curso del Rin, pero más hacia el sur, lejos de las plazas de armas suecas, y peor guarnecida. El 18 de abril el ejército español pasó por Neustadt, el 19 torció súbitamente al este, bordeó el río Speyerbach y llegó el 20 a los alrededores de Espira. La defensa de la plaza, que había aceptado una guarnición sueca el año anterior, corría a cargo del coronel Wolff Ebert von Horneck con 700 soldados de infantería. A decir de Fadrique de Moles, los suecos se defendieron con valor. Sin embargo, la infantería española cavó trincheras con rapidez y en cuatro días allanó el camino para el asalto. En los aproches, las pérdidas más sensibles fueron las de Lorenzo Rull, sargento mayor del marqués de Celada, y el capitán Juan de Cariaga, del mismo tercio.

Cuando el asalto español a Espira parecía inminente, el coronel Horneck pidió parlamentar y rindió la ciudad con buenas condiciones. ¿Por qué lo hizo? Unas fuentes aseguran que por ambición personal, para evitar que el botín que había acumulado en la ciudad fruto de sus correrías cayese en manos del enemigo; otros afirman que temía que Espira corriese la suerte de Magdeburgo. En cualquier caso, su proceder cayó en el campo protestante como una chispa en un barril de pólvora. Oxenstierna lo hizo arrestar a su llegada a Worms y escribió consternado a Gustavo Adolfo, que a la sazón había vencido al ejército de la Liga Católica en Rain, a orillas del Lech. El pesar del rey se tornó en furia cuando supo que en el momento de la rendición Bernardo de Saxe-Weimar estaba a poco más de un día de marcha de Espira con 8.000 infantes y 3.000 caballos. El León del norte ordenó entonces la ejecución de Horneck. Gracias a la mediación de la reina María Leonor y del duque de Saxe-Weimar, el coronel salvó la cabeza, pero fue expulsado del ejército sueco.

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Espira durante la Guerra de los 30 Años vista desde el Rin (Matthäus Merian, 1637).

A principios de mayo, Múnich, capital de Baviera, se rindió a Gustavo Adolfo. El elector palatino Federico V escribió una carta a su esposa desde la ciudad que da fe de la opinión en el alto mando sueco sobre el devenir de la guerra en el Palatinado: “Affairs are going rather badly in the Palatinate. If the King of Sweden could be there with God’s help he would easily beat down the arrogance of the Spanish. There are still some good troops there but it seems that the leaders do not get very well“. Amén de la caída de Espira, una nueva inquietante turbó todavía más al mando sueco: Gonzalo Fernández de Córdoba había partido de Luxemburgo al mando de 6.000 infantes y 22 cornetas de caballería para cruzar el Mosela en Tréveris y entrar en el Palatinado. El canciller Oxenstierna hizo regresar inmediatamente a Bernardo de Saxe-Weimar a Maguncia. El general protestante dejó una fuerte guarnición en Worms al mando del coronel Christoff Haubald e instrucciones para que fortificase a conciencia la ciudad. Eso mismo hizo Oxenstierna en Maguncia, donde empleó de 3 a 4.000 soldados y paisanos para reforzar las defensas de la plaza ante un posible asedio. Pronto, sin embargo, la situación daría un giro inesperado…

Fuentes

  • Moles, Fadrique de: Guerra entre Ferdinando Segundo emperador romano y Gustavo Adolfo, rey de Suecia. Madrid: Francisco Martínez, 1637.
  • Richer, Jean: Seconde partie du dixseptiesme tome du Mercure François ou Suitte de l’Histoire de nostre temps, sous le Regne du Tres-Chrestien Roy de France & de Navarre Louis XIII. París: Estienne Richer, 1633.
  • Watts, William: The Swedish intelligencer: Wherein, out of the truest and choycest informations, are the famous actions of that warlike Prince historically led along, IV. Londres: Nath Butter y Bourne, 1633.
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2 comentarios

  1. Felicitarte por tu dignísima página que he acabado de conocer en mis busquedas sobre el siglo XVII. Y cual es mi sorpresa que hagas referencia a mis antepasados los hakkapelitas, como finlandés afincado en Mallorca desde los años 70, te quiero felicitar por este detalle, pues no hay apenas referencias a ellos fuera de Finlandia. Hace un tiempo que andaba detrás de poder comprobar los posibles encuentros entre estos dentro de los ejércitos suecos y los tercios de los ejércitos imperiales aparte de Nördlingen ¿tienes alguna noción al respecto de algún título/os donde pueda ampliar al respecto? Además felicitarte por la calidad en general de tus contenidos como estuiante de historia que soy. ¡Un cordial saludo!

    1. Hola, Ragnar. Me alegro de que la página te guste. Sobre libros, lo cierto es que apenas hay obras modernas que traten en profundidad las campañas secundarias de los suecos. En español está El ejército de Alsacia. Intervención española en el alto Rhin, de Sátrapa Ediciones.

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