Los gatos de Arras y el asedio de 1640

1640 fue uno de los peores años para la Monarquía española en tiempos de Felipe IV y el Conde-duque de Olivares. A las revueltas de Cataluña y Portugal se sumaron reveses en los frentes de Italia y Flandes, a saber el fracaso del asedio de la capital saboyana de Turín y la pérdida a manos francesas de Arras, la ciudad más importante del condado de Artois. Sobre este evento versa la presente entrada. La conquista de Arras fue la primera victoria de importancia, en palabras de Davide Maffi (1), que los ejércitos de Luis XIII y el Cardenal Richelieu se anotaron en el frente flamenco tras cinco años de guerra contra España. Como tal, fue explotada hasta la saciedad con fines propagandísticos, pero sus consecuencias en el plano estratégico fueron mucho más importantes.

Las fuentes sobre la campaña son abundantes. Por la parte española tenemos la extensa relación del alférez Lorenzo de Cevallos y Arce que abarca los años 1638, 1639 y 1640. Por parte francesa, François de Bassompierre y Roger de Bussy-Rabutin la tratan en sus memorias. Asimismo, cronistas célebres de la época como el religioso Vittorio Siri, natural de Parma, el diplomático veneciano Giovan Battista Nani, o el soldado mercenario Galeazzo Gualdo Priorato, registraron los sucesos del asedio en sus dietarios e historias. Además, las páginas de la Gazette de France y el Mercure François están plagadas de noticias sobre la campaña. Eso sí, aparte de Gualdo Priorato, que dedicó libros a la mitad de la realeza europea, todos los textos toman partido de forma más o menos evidente. De estas y otras fuentes bebe mi relato.

Artois Blaeu

Mapa del condado de Artois en 1645 en el Theatrum Orbis Terrarum, sive Atlas Novus in quo Tabulæ et Descriptiones Omnium Regionum, obra de Joan y Willem Blaeu. Wikimedia Commons.

Durante los cinco primeros años de la guerra, entre 1635 y 1640, Francia tuvo la fortuna en contra en sus campañas dirigidas, con la colaboración en algunas ocasiones titubeante de las Provincias Unidas holandesas, a la conquista de los Países Bajos españoles. La región era la más fortificada de Europa, no solo por su cantidad de plazas fuertes, sino también merced de los numerosos ríos y canales que la atravesaban. Con unas fuerzas relativamente escasas, los gobernadores españoles podían defender el país sin excesivos contratiempos de las acometidas en ambos frentes. Según afirma Geoffrey Parker, de hecho, fueron este enmarañado entresijo de fortalezas y los reiterados fracasos de Francia a la hora de atravesarlo en la guerra de 1635 a 1659 lo que llevó a Sébastien Le Prestre de Vauban a desarrollar y refinar hasta la perfección su arte poliorcético (2).

En 1640, en contra de lo que pueda sugerir la pérdida de Arras a manos francesas, el Cardenal Infante Fernando, gobernador y capitán general del ejército, disponía de más tropas para la campaña que en años anteriores, no solo por el éxito de la misión naval de Antonio de Oquendo de trasladar a los Países Bajos entre 6.000 y 10.000 soldados, sino porque se crearon tres nuevos tercios de infantería valones, y Guillaume de Lamboy, comandante del ejército auxiliar imperial que combatía en Flandes, también hizo nuevos reclutamientos. Sin embargo, los aprestos franceses no tenían precedente en la guerra: Richelieu dispuso la movilización de nada menos que tres ejércitos con mando independiente para la penetración en el condado de Artois, su principal objetivo tras la conquista de la secundaria plaza de Hesdin el año previo (3). Los tres ejércitos, al mando de los mariscales de La Meilleraye, de Chaulnes y de Châtillon, se congregaron en abril en la ciudad de Soissons, 100 kilómetros al noreste de París. La formidable concentración sumaba, según el cronista holandés coetáneo Isaac Commelin, 24.000 infantes, 8.000 caballos y un tren de artillería de 50 piezas (4).

La Meilleraye Arras

Charles de La Porte, duque de La Meilleraye y Rethel, mariscal de Francia y primo de Richelieu. Grabado de J. Humbelot (1663-1664). Biblioteca Nacional de Francia.

La Meilleraye, pariente cercano de Richelieu, recibió el mando supremo del ejército francés. Pese al evidente nepotismo de la elección, era de los tres mariscales el más competente. Aún así, la campaña no comenzó bien para los franceses. La Meilleraye envió a los ejércitos de Chaulnes y Châtillon sobre Saint-Omer mientras el suyo avanzó sobre la plaza de Charlemont (actual Charleville-Mézières), en el condado de Namur. El primo de Richelieu puso la plaza bajo asedio, pero no logró tomarla por una conjunción de factores: las fuertes lluvias de mayo, que dejaron empantanados los caminos del ya de por sí agreste bosque de las Ardenas, la pobreza de la comarca en pastos para los caballos, y las buenas prevenciones defensivas de Felipe da Silva, Gobernador de las armas de la frontera de Francia y uno de los mejores generales de Felipe IV, que con sus tropas y el cuerpo de Lamboy estaba a la mira de los franceses en Arleux (5). Los historiadores de Luis XIV aseguran que la empresa de Charlemont fue en realidad una finta, pero el marqués de Montglat da fe en sus memorias de la importancia de la plaza, cuya posición en la confluencia entre los ríos Mosa y Givet la hacía la llave de las comunicaciones entre el condado de Hainault y Luxemburgo (6).

Ante el evidente fracaso de la empresa de Charlemont, los ejércitos franceses se retiraron en dirección a Amiens, desde donde Luis XIII y el cardenal seguían de cerca el desarrollo de la campaña y tomaban las disposiciones que mejores les parecían. Según Vittorio Siri, La Meilleraye, los otros mariscales y sus planas mayores expidieron un oficial a Richelieu para explicar a Su Eminencia las causas del fracaso de la empresa de Charlemont y proponerle a su vez el asedio de Arras. Según Montglat, sin embargo, la decisión de sitiar la capital de Artois fue una “orden de la corte”, que habría dispuesto la empresa al conocer que parte de la guarnición española habría sido distribuida entre varias plazas cercanas, en concreto Saint-Omer, Béthune y Aire-sur-la-Lys.

Los ejércitos franceses aparecieron a la vista de Arras el 13 de junio tras marchar separadamente para despistar a los españoles sobre su verdadero objetivo. Esta vez la fuerza gala ascendía a 25.000 infantes y 9.000 caballos, una cantidad de hombres formidable. Nada menos que cinco mariscales de Francia asistían al cerco: La Meilleraye, que ostentaba el mando, Châtillon, Chaulnes, La Guiche y Praslin, amén de un elevado número de nobles jovenzuelos voluntarios deseosos de lucirse: los duques de Enghien, de Nemours, de Luynes… La guarnición de Arras, en cambio, se reducía a 1.500 infantes y 400 caballos, españoles, irlandeses y valones, al mando del veterano maestre de campo irlandés Owen Roe O’Neill, que recibió de Felipe da Silva el mando de la plaza el 16 de junio. El estado de las defensas de la ciudad era deficiente, pero aún así la población estaba dispuesta a batirse. No en vano, el propio Richelieu los tildó de “enemigos jurados de los franceses y más españoles que los castellanos”. A manera de desafío, en las murallas de Arras aparecieron pintadas que rezaban: “Quand les souris mangeront les chats, les français prendront Arras” –cuando los ratones se coman a los gatos, los franceses tomarán Arras–.

Arras 1640

Mapa del asedio de Arras impreso en París en 1641, obra del artista italiano Stefano Della Bella (1610-1664). Biblioteca Nacional de Francia,

A pesar de la obstinada defensa de Owen Roe O’Neill y sus hombres, que hostigaban las obras de zapa francesas con salidas constantes, el alto mando español pronto fue consciente de que Arras caería si no era socorrida. Entre finales de mayo y principios de junio las tropas españolas que defendían el país del Waas, entre Gante y Brujas, habían derrotado primero cerca de Brujas y luego junto a Hulst al ejército holandés, de manera que el Cardenal Infante pudo disponer de tropas para el socorro que de otro modo no hubiera podido sacar de las guarniciones flamencas. Aún así, el ejército que congregó en Douai y sus alrededores era netamente inferior al francés: 16.000 infantes y 6.000 caballos; españoles, italianos, alemanes, valones y loreneses principalmente. A las tropas del ejército de Flandes se habían agregado los auxiliares imperiales de Lamboy y el ejército del duque Carlos de Lorena.

En Douai el Cardenal Infante celebró un consejo de guerra con sus principales consejeros. Asistieron por la parte militar el ya citado Felipe da Silva, Andrea Cantelmo, maestre de campo general; el duque de Lorena; el generalwachtmeister Guilleaume de Lamboy; el conde de Fuensaldaña, general de la artillería y gobernador de Cambrai, y el conde de Isemburg, gobernador de Artois. Los civiles presentes en el consejo fueron Peter Roose, presidente del Consejo Privado; fray Juan de San Agustín, confesor del Cardenal Infante, y Miguel de Salamanca, secretario de Fernando. Las opciones que unos y otros plantearon al hermano de Felipe IV eran un ataque directo sobre la línea de circunvalación francesa, opción defendida por Cantelmo, Lamboy y el duque de Lorena (7), o cortar las líneas de suministros al ejército sitiador para obligarlo a levantar el asedio, un punto de vista que defendían Felipe da Silva y el presidente Roose. La discusión se tornó acalorada, y en palabras del alférez Lorenzo de Cevallos y Arce: “D. Felipe de Silva y D. Andrea Cantelmo andaban tan desavenidos, que llegó a tanto su imprudencia, que llegaron a decirse pesadumbres muy pesadas delante del Infante” (8).

En un primer momento don Fernando optó por el consejo de Felipe da Silva y dispuso sus tropas para bloquear al paso de los convoyes de suministros que salían de Amiens y Doullens en dirección el campo sitiador. Las tropas españolas lograron bloquear efectivamente al ejército francés, y en particular las tropas de Lamboy y el duque de Lorena lograron arrebatar de una sola vez a los franceses 700 carros de víveres, 1.000 carneros y 50 bueyes. Sin embargo, la situación en Arras se había vuelto desesperada, de modo que aprovechando que los franceses preparaban un gigantesco convoy de 5.000 carros y que La Meilleraye se había desprendido de 8000 de sus hombres para reforzar su escolta, el Cardenal Infante, persuadido de Cantelmo, decidió acometer la línea francesa en el punto que creía más débil, entre los cuarteles de La Meilleraye y el general Rantzau, que miraban a Douai.

Fond

Carromatos de suministros en un cuadro de Pieter Snayers, Isabel Clara Eugenia en el sitio de Breda (1626-1630). Museo del Prado.

Fernando dio el mando del ataque principal a Cantelmo, a cuyas órdenes puso cuatro tercios, la mayor parte de la caballería y algunos cañones, mientras que el conde de Villerval y el barón de Grobbendonk debían ejecutar ataques de distracción en otros puntos de la línea. Lorenzo de Cevallos da una buena descripción de las defensas francesas:

En estos cuarteles principales había fuertes reales, y de trecho a trecho otros fuertes ordinarios en forma de reductos y estrellas, y cordones que los ceñían a todos; y antes de llegar a las trincheras que tenían abiertas a la villa, otra fortificación en la misma forma; y todo estaba hecho con la perfección que se puede pensar, pues siempre estuvieron temiendo que les habíamos de atacar por diferentes partes, como cualquier hombre de buen discurso pudiera pensar que una villa, capital de una provincia, como era Artois, no se había de perder por falta de diligencia.

El ataque español se produjo el 2 de agosto. Lorenzo de Cevallos y el marqués de Montglat lo describen al detalle; el segundo con más ecuanimidad, pues el español manifiesta en su obra una clara ojeriza hacia Cantelmo y los italianos. En particular, a este alférez reformado del tercio de Saavedra le molestó que Cantelmo diese la vanguardia a los tercios napolitanos de Giovanni delli Ponti y Alonzo Strozzi y dejase en segunda línea al tercio español de Pedro de León. Cevallos, algo rencoroso, escribió sin ambages que “los Maestros de campo italianos embistieron con gran valor, más no les bastó, porque dos veces fueron rechazados; justo castigo que dio Dios a la malicia de Cantelmo, pues quitó la precedencia que tocaba a nuestra nación, como aquella que ha conquistado a las demás”. En su relación de la batalla –como de costumbre, detalladísima– , Galeazzo Gualdo Priorato no menciona que los italianos fuesen rechazados, pero en solitario o sostenidos por el tercio español, lograron penetrar en las líneas galas y pusieron en fuga a la infantería francesa. El general Rantzau fue gravemente herido y tuvo que ser retirado del combate, mientras que el príncipe Roderick von Württemberg fue hecho prisionero.

800px-Siege_of_Grol_(Groenlo)_1597_-_schematic_image_of_a_recess_and_trenches_(J.Blaeu,_1649)

Un ejemplo de fortín y parapeto de una línea de circunvalación, en este caso la que hizo alzar Mauricio de Nassau alrededor de Groenlo en 1597 (Joan Blaeu, Atlas van Loon, 1649). Wikimedia Commons.

Los ataques de distracción de Villerval y Grobbendonk no llegaron a buen término. La artillería gala causó estragos en sus filas. Grobbendonk quedó inconsciente al caerle encima un soldado abatido de un disparo, y Villerval fue herido de muerte. Peor aún, los hombres de Cantelmo no supieron explotar su éxito. No abrieron brechas en el cordón francés para que la caballería, que aguantaba estoicamente las salvas de los cañones enemigos, penetrase en el recinto. Tampoco acondicionaron batería alguna en atención a la previsible batalla, sino que se entregaron al pillaje, “con que nuestros descuidos y mala disposición fueron causa del mal suceso”, afirmó Cevallos. Los franceses, en efecto, se reordenaron y acudieron a rechazar a españoles e italianos. La Meilleraye envió en vanguardia a sus veteranos del regimiento de Navarra y el regimiento de la Marine, sostenidos por otras tropas, y se trabó un feroz combate en el que los franceses, superiores en número, se acabaron imponiendo. Los españoles, eso sí, pudieron replegarse en buen orden, y Gualdo Priorato calificó la retirada de “valerosa”. Según este mismo autor los españoles tuvieron 1.500 bajas entre muertos y heridos, por 1.000 francesas. Llama la atención la cifra de oficiales que causaron baja: 400 entre unos y otros (9).

Arras se rindió el 8 de agosto. O’Neill pactó una rendición honorable; no en vano había hecho frente a más de 30.000 franceses durante casi dos meses con una tropa escasa y unas defensas en mal estado. Los oficiales de la guarnición de Arras no solo conservaron su honra, sino que fueron agraciados con gajes y ascensos. Port parte francesa, el júbilo por la toma de la plaza fue enorme. Si bien Arras no era, ni mucho menos, la llave que abría los Países Bajos meridionales a la conquista, su valor simbólico era grande. Como parte de la “guerra de papeles” que las monarquías española y francesa libraban, de las imprentas galas salieron numerosos grabados satíricos que reflejaban la derrota de los gatos de Arras a manos de los ratones franceses. Sin embargo, la conquista de Arras encerraba una realidad de la que el alto mando francés no fue consciente hasta su fracaso ante Aire-sur-la-Lys el año siguiente. David Parrott lo define a la perfección:

The need to concentrate two, and preferably three, entire army-corps on a particular siege –blockading the place, safeguarding supply convoys and countering an enemy relief operation or an attack further along the frontier– seemed more evident than ever. Yet this concentration could only be achieved at the cost of all the other campaign theatres, where the commanders were being deprived of the most basic troop allocations and finance. Given the finite total resources available, the prospect that this could be the pattern of the war-effort for the foreseeable future was daunting (10).

Esta dura realidad fue uno de los factores clave en el cambio de estrategia francés a partir de 1642. En el territorio densamente fortificado de Flandes, Richelieu adoptó una posición defensiva, y en cambio, en el país más abierto del Rosellón, donde las fuerzas españolas habían quedado aisladas por la revuelta catalana, los ejércitos de Francia, con Luis XIII a la cabeza, tomaron la ofensiva. Las tropas españolas de Flandes, lideradas tras la muerte del Cardenal Infante por Francisco de Melo, un político cabal pero falto de experiencia militar, tuvieron las manos más libres para lanzar sendas ofensivas en 1642 y 1643, que culminaron en la batalla de Rocroi. Pero esa es otra historia…

Gatos y ratones Arras 2

La derrota de los gatos españoles a manos de los ratones franceses. Grabado de Gabriel Perelle (1640). Rijksmuseum Amsterdam.

FINIS

Notas:

(1) Maffi, Davide: La gran ilusión: Francia en guerra (1635–1643). En: Desperta Ferro Moderna, 9. Madrid: Abril-Mayo 2014, p. 36.
(2) Parker, Geoffrey: The Army of Flanders and the Spanish Road, 1567-1659: The Logistics of Spanish Victory and Defeat in the Low Countries’ Wars. Cambridge: Cambridge University Press, 2004, p. 16.
(3) Clermont, François de (marqués de Montglat): Mémoires contenant l’Histoire de la guerre entre la France et la Maison d’Autriche, depuis 1635 jusqu’en 1660, Vol. I. París: Foucault, 1825, pp. 267-268.
(4) Commelin, Isaac: Histoire de la vie et actes mémorables de Frédéric Henry de Nassau, prince d’Orange. Amsterdam: Judocus Janssonius, 1656, p. 67.
(5) El alférez Cevallos hace mención de un suceso que ninguna otra historia menciona: cuatro soldados borgoñones habrían hecho saltar por los aires las municiones del ejército francés en un incidente que se habría saldado con un millar de muertos. Cevallos y Arce, Lorenzo de: Sucesos de Flandes en 1637, 38 y 39. En: Colección de libros españoles raros ó curiosos, XIV. Madrid: Miguel Ginesta, 1880, p. 271.
(6) Montglat, ídem, p. 268
(7) Filamondo, Rafaele Maria: Il genio bellicoso di Napoli; memorie istoriche d’alcuni capitani celebri napolitani, c’han militato per la fede, per lo Re, per la patria nel secolo corrente. Nápoles: Ant. Parrino et Michele Luigi, p. 34
(8) Cevallos, ídem, p. 275
(9) Gualdo Priorato, Galeazzo: Historia Di Ferdinando Terzo Imperatore. Viena: Cosmerovio, 1672, p. 68.
(10) Parrott, David: Richelieu’s Army: War, Government and Society in France, 1624–1642. Cambridge: Cambridge University Press, 2003, p. 150.

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