Delincuentes en el ejército: los ‘frabutes’ y los ‘hermanos de merode’

Boutefeux, voleurs, brigants, vributres, meurtriers, larrons de bois… Estos son algunos de los tipos de criminales que campaban por los Países Bajos Españoles en los años de la Guerra de Flandes según aparecen denominados en los avisos públicos, o placards (en francés) que las autoridades publicaban en tablones en los pueblos para a advertir a soldados, campesinos y villanos de las penas que caerían sobre los criminales. Muchos de estos eran soldados o gente vinculada de algún modo a la milicia que recurría a la delincuencia para aliviar sus bolsas, maltrechas por la falta de paga, a pesar de las duras penas con las que el robo y la extorsión estaban penadas –generalmente la horca–.

Placcard

Un placard de 1615 publicado en Bruselas contra los frabutes y otros tipos de delincuentes (Universidad de Gante).

La disciplina, al igual que las miras de los oficiales a la hora de enrolar indeseables en sus compañías, variaban mucho según la época y el ejército. Así, por ejemplo, las tropas del duque de Alençon, hermano del rey de Francia que en 1578 hizo campaña contra los españoles en el sur de los Países Bajos, estaban repletas de bandidos a los que había atraído el aroma del fácil botín. El sacerdote católico Claude Haton, que escribió unas interesantes memorias sobre la época, describió a las tropas de Alençon reunidas en Montereau, antes de partir, en los siguientes términos:

Todos eran vagabundos, ladrones y asesinos, hombres que renunciaron a Dios junto a las otras obligaciones terrenales que tenían. Estos matarifes eran los restos de la guerra, acribillados por la viruela y propios para la horca. Muriendo de hambre, salen a los caminos y campos para el pillaje, saqueo y ruina de la gente de las ciudades y aldeas, quienes caen en sus garras en los lugares donde se alojan.

El ejército español de Flandes es tristemente célebre por su falta de disciplina fuera de los campos de batalla. Entre 1596 y 1607, por citar un dato, hubo nada menos que 21 motines, algunos de los cuales agruparon a miles de hombres durante períodos de tiempo superiores a un año. Los amotinados solían extorsionar a los campesinos, y en ocasiones fueron proscritos. Sin embargo, por norma general no eran tenidos por gente fuera de la ley. Volvamos a los nombres que encabezan este texto y tomemos el de vributre, en holandés vrijbuiter, freeboter en inglés y frabute en el español del siglo XVI (si bien la palabra filibustero, un siglo más reciente, tiene el mismo origen). Este era el criminal soldadesco por excelencia de las Guerra de Flandes. No solo no desaparecieron durante la Tregua de los 12 Años, sino que en 1607, 1609, 1613 y 1615, los archiduques Alberto e Isabel tuvieron que promulgar edictos contra ellos.

¿Pero qué era exactamente un frabute? El capitán Alonso Vázquez, sargento Mayor de la Milicia de Jaén, que combatió en Flandes y escribió la mejor crónica de la guerra, define a los frabutes, de forma breve, como “soldados sin sueldo que viven de robar”.  Pero luego es más detallista: “es bien se entienda que frabutes son como bandoleros o forajidos, gente de mal vivir y facinerosos que viven entre soldados sin querer asentar sus plazas por andar licenciosamente robando y haciendo mil atrocidades; y aunque son indignos del nombre de soldado, algunos se lo llaman, lo cual no es así, ni lo puede ser aquel que no tiene plaza ni sueldo, ni sirve debajo de bandera”.

Roverijtgen

Soldados saqueadores en un granero (Pieter Codde, 1635). Frans Hals Museum.

Vázquez refiere que los frabutes eran tolerados y encubiertos por los oficiales y gobernadores de las plazas fuertes y también por los campesinos, unos porque se beneficiaban de sus rapiñas y otros por temor a perder sus vidas:

Es gente libre y suelta y que viven a su albedrío, no con más fundamento que el arrimo y amparo de las guarniciones o compañías que están en una plaza, donde suelen recogerse gran cantidad dellos, y salen a robar a los caminos, haciendo (como dicen) a toda ropa, sin respetar amigos ni a enemigos, y de lo que hurtan parten con los capitanes y con el Gobernador de la plaza o villa donde se recogen porque los dejen vivir en ella. Suelen hacer grandes correrías o pecoreas de importancia, ganando prisioneros de calidad, perturbando a los pobres labradores a que no trabajen; y para que lo puedan hacer, se lo pagan, y los tienen tan sujetos y atemorizados, que muchas veces los encubren en todos los Países Bajos, por temor de no perder sus haciendas y sus vidas, como muchas veces los privan dellas siempre que no les dan el asistencia que quieren y han menester para conservarse en tan mal estado como se ha escrito.

Queda claro que los frabutes no merecían el menor respeto de Vázquez, ni tampoco de otros oficiales que no se dejaban corromper por los bandidos. Es el caso del coronel Francisco Verdugo, gobernador interino de Frisia durante 14 años, que según cuenta Vázquez imponía un terrible castigo a los frabutes a los que sorprendía robando: “todos los que […] podía haber a las manos los hacía ahorcar a vista de su fuerte y echarlos en el mar”. En cambio, a los soldados que aprehendía en la misma actividad criminal, los dejaba en ir libertad a cambio de su paga de un mes. De ahí que, cuenta Vázquez:

Sentían mucho esto los frabutes, y más cuando les hizo poner al rededor (y por otras partes) de su alojamiento muchos escritos en que les decía que a hombres que no tiraban ni recibían sueldo no merecían ser tratados como soldados, y que por eso y por la libertad con que vivían los hacía ahorcar como a ladrones y que el que quisiese reducirse al servicio del Rey, nuestro señor, lo admitiría, y el que irse a su tierra le daría pasaporte y dineros para el camino, con tal que no sirviese a los Estados rebeldes. Muchos hubo que lo aceptaron por gozar esta comodidad y se iban a sus casas; a los demás hacía la guerra con mucho rigor.

Los hermanos de Merode

Parece que la mano dura de hombres como Vedugo y el ahínco de las autoridades logró acabar en gran medida con la plaga de los frabutes, ya que no hay demasiada constancia de tropelías obradas por ellos a partir de la reanudación de la guerra en 1621, y hasta 1648. Sin embargo, por esas fechas ardía en Alemania y Bohemia la Guerra de los 30 Años, y los frabutes encontraron unos dignos sucesores en los llamados “hermanos de Merode”, de los que habla profusamente Hans von Grimmelshausen –soldado en el bando protestante– en su novela El aventurero Simplicissimus, que publicó en 1668, ya retirado, convertido al catolicismo y como magistrado de una villa. Así introduce a los hermanos:

Y aquí tengo que dar alguna información acerca de estos hermanos de Merode, porque debe de haber unos cuantos, sobre todo aquellos que no tienen experiencia en la guerra, que no saben nada de ellos, pues no sé de ningún escribiente que haya incorporado a su obra sus usos y costumbres, sus derechos y privilegios, aunque a todos conviene saber qué tipo de gremio es este; no solo a los generales sino también a los simples campesinos.

Abuso soldados

Dos soldados seguidos de su paje abusan de un pobre anciano y una mujer en un cuadro invernal del flamenco Pieter Snayers.

Según cuenta Grimmelshausen, los hermanos de Merode se llamaban así no porque merodeasen, sino porque llegó a ser habitual en Alemania referirse a los soldados que marchaban sin orden ni concierto y que no acudían a sus cuarteles como los del regimiento de Merode. Varios miembros de esta familia de origen valón fueron coroneles imperiales en la guerra, así que bien pudiera ser verdad. En cualquier caso, el autor de El aventurero Simplicissimus es en extremo despectivo, con su sorna habitual, hacia los hermanos de Merode:

Es esta una gentuza comparable únicamente a los gitanos, no solo porque estos vagabundean delante, detrás, al lado y en medio de los ejércitos, sino porque poseen parecidos usos y costumbres. Se les ve en invierno yacer a montones como las perdices, detrás de los setos, a la sombra o al sol, según el tiempo, o también alrededor del fuego, fumando o ganduleando, mientras que en cualquier lado un honrado soldado de las compañías sufre calor, sed, frío y toda clase de miserias.

Grimmelshausen cuenta que los hermanos de Merode se dedicaban indistintamente a la rapiña, al asesinato y a la destrucción, y que vivían sin oficiales ni disciplina militar, ni nada remotamente parecido. No hacían guardias, no cavaban trincheras; tampoco no participaban en las batallas ni en los asaltos, pero siempre reclamaban su parte del botín. “El alguacil y el corregidor son la peor peste para ellos –escribía el autor–, porque cuando las hacen muy gordas, les adornan pies y manos con cadenas de plata o incluso les colocan un collar de cáñamo en el cuello y los cuelgan”. Pero no fue hasta finales del siglo, siendo realistas, cuando la disciplina militar, acompañada con un aumento en la frecuencia de las pagas, logró acabar con estos bandidos en guisa de soldados.

FINIS

Fuentes:

  • Vázquez, Alonso: Guerras de Flandes y Francia en tiempo de Alejandro Farnese, en Colección de documentos inéditos para la historia de España, Vol. 72. Madrid: Ginesta, 1879.
  • Haton, Claude: Mémoires de Claude Haton contenant le récit des évènements accomplis de 1553 à 1582, principalement dans la Champagne et la Brie. Paris: Impr. impériale, 1857.
  • Grimmelshausen, Hans von: El aventurero Simplicissimus. Barcelona: Debolsillo, 2008.
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