Las interpresas, o cómo tomar una fortaleza por sorpresa

Franse furie

La “Furia francesa” de Amberes en 1583 fue una de las interpresas más sonadas de la época por su desastroso resultado y por sus consecuencias políticas. Grabado de Frans Hogenberg. Rijksmuseum Amsterdam.

En la época de los tercios españoles las batallas campales eran algo muy poco común. En territorios densamente fortificados como los Países Bajos, Cataluña o el norte de Italia, la ventaja estratégica, más que la destrucción del ejército enemigo, la reportaba la conquista de plazas fuertes. Un ejemplo externo: en 1645 el ejército sueco del mariscal Torstenson infligió una fuerte derrota a los imperiales en la batalla de Jankau, pero luego se desangró en el inútil asedio de Brno, muy lejos del objetivo final de su ofensiva, Viena. Incluso en regiones menos fortificadas que Flandes, como Bohemia, el resultado de las guerras lo decidía la posesión de las fortalezas. Las ciudades fortificadas y los fuertes no solo podían custodiar lugares estratégicos, como ríos o valles, sino que además otorgaban el control del terreno. Toda plaza tenía su área de influencia de donde extraer contribuciones en forma de víveres o dinero.

La forma más frecuente de tomar una plaza fuerte era por asedio. Sin embargo, los sitios podían ser largos y costosos, por lo que, en ocasiones, se optaba por el golpe de mano, o la interpresa, una operación consistente en que un grupo selecto y reducido de tropas asaltase de improviso la fortaleza enemiga. Las interpresas eran operaciones de gran complejidad y muy difíciles de llevar a buen término. Ya vimos, en una entrada anterior sobre espías, que la información que el atacante necesitaba conocer sobre la plaza que se disponía a tomar era numerosa y diversa. El aragonés Francisco Ventura de la Sala y Abarca, que comenzó a servir en Nápoles en 1650 y llegó a teniente de maestre de campo general, ofrece una buena relación en su tratado Despues de Dios la primera obligacion y glosa de ordenes militares: la moral, la disciplina y el abastecimiento de la guarnición, su relación con los civiles, la ubicación de las puertas, el estado y la profundidad del foso, la presencia de estacadas, e incluso la localización de fortalezas cercanas desde donde los defensores pudieran recibir ayuda y por qué caminos.

Ventura de Sala

Francisco Ventura de la Sala y Abarca según un grabado italiano del siglo XVII. Biblioteca Digital Hispánica.

La interpresa era una operación meticulosa en extremo que requería una larga preparación, incluso de meses. Como pudimos ver en la entrada antes mencionada, no bastaba con los informes de un habitante de la plaza que se quisiera tomar, sino que era aconsejable mandar a uno o varios espías con conocimientos de fortificaciones a reconocer la fortaleza desde el interior. Solo entonces se ejecutaba (o no) la interpresa.

Aunque las formas de penetrar en la plaza enemiga eran diversas, había una serie de procedimientos estándar. En primer lugar, las tropas escogidas se desplazaban en pequeños grupos a un punto de encuentro para no despertar suspicacias (quizá el enemigo contaba con sus propios espías o la población local le era proclive). Desde allí se desplazaban por caminos poco frecuentados hasta las cercanías de la plaza enemiga. Los enseres necesarios, como escalas y herramientas de zapa, solían ocultarse en carros o barcas. Los asaltos tenían lugar durante la noche, a no ser que se pretendiese tomar el control de una de las puertas de la ciudad o fortaleza mediante la astucia. En cualquier caso, las interpresas involucraban tanto infantería –para asaltar la plaza– como caballería –para reconocer y bloquear los caminos cercanos–.

En esencia, había tres modos de tomar una plaza fuerte por intepresa: la escalada, el petardeo y la toma por estratagema, o sea por un ardid de guerra. Veamos cada una de ellas en particular y mediante ejemplos históricos.

Escalada

Fragmento de un cuadro atribuido (erróneamente) a Pieter Snayers que muestra la escalada de una ciudad. Observamos que los hombres que lideran el ataque se defienden con rodelas.

La escalada consistía, sencillamente, en arrimar escalas de mano a la escarpa de las murallas y trepar hasta lo alto para caer en silencio sobre la guarnición enemiga. El primer pero es que las escalas debían ser más altas que las murallas. En 1595 el conde de Bucquoy trató de tomar por escalada Mont Hulin, en el Bolonnais, pero tuvo que retirarse con pérdidas porque sus escalas eran cortas. En palabras de Alonso Zepeda y Adrada, teniente de maestre de campo general, gobernador de Tholen y autor del tratado Epítome de la fortificación moderna y otros diversos tratados de la perspectiva, y geometría práctica, la escalada “es la mas peligrosa y mas incierta de quantas facciones puede hacer el soldado; porque siendo sentidos, casi es imposible salir con el intento; por la fuerza con que les envestirán los defensores, y el corto numero con que pueden ser socorridos los que asaltan por el estrecho camino de una escala, donde, si rueda el uno, precipita a los demás que le siguen, y juntamente a la escalera”.

Los soldados que encabezaban las escaladas eran los mejores del ejército e iban provistos de armas cortas y manejables, así como de petos de acero y rodelas para defenderse. En ocasiones, por el elevado riesgo que corrían, los primeros hombres en subir recibían ventajas, o sea recompensas económicas. El 12 de septiembre de 1637, en la recuperación de Yvois, en Luxemburgo, Andrea Cantelmo ofreció 50 patacones a los cinco primeros hombres en subir, 25 a los cinco segundos y 10 a los cinco terceros. El ánimo de asaltantes y defensores influía de forma decisiva en el resultado de la escalada. El 3 de diciembre de 1645, una mezcla de veteranos españoles, alemanes e irlandeses tomó por escalada el fuerte de Mardyck bajo fuego de artillería francés merced de una enorme resolución.

Knock

Asalto por tropas españolas al fuerte de Knock en varias columnas el 22 de abril de 1649. Grabado de Bonaventura Peeters I. Rijksmuseum Amsterdam.

Para asegurar el éxito de la operación, además de escalar la muralla en distintos lugares, también podían ejecutarse ataques de distracción. Así, de hecho, inició el marqués de Caracena la escalada a Menin el 13 de agosto de 1646. La operación puede parecer simple, pero a medida que las fortificaciones se volvían más intrincadas se complicaba en grado sumo. Hacia 1630, antes de tender las escalas era preciso romper a golpe de hacha las estacadas, forzar las contraescarpas y salvar los fosos. Más aún, la toma de la plaza rara vez concluía con la escalada. Los defensores podían luchar calle por calle o, como en Menin, formar en escuadrón en una plaza. Por ello era menester abrir una o varias puertas y facilitar la entrada de las tropas que esperaban fuera de los muros. Éstas, entonces, ocupaban las bocas de las calles, las casas fuertes y las plazas. En 1637, la tardanza de la reserva impidió a los españoles la toma de Rheinberg. 900 hombres de las guarniciones de Venlo, Roermond, Geldern y Gennep lograron escalar la muralla y apoderarse de una puerta sin ser sentidos gracias a las salvas de artillería que la guarnición holandesa disparaba para festejar la reciente reconquista de Breda. La caballería, empero no llegó a la hora prevista y los de a pie tuvieron que retirarse.

En ocasiones excepcionales, la escalada podía ejecutarse de día, pero requería de una ingente dosis de astucia. Tal es el caso de Gregorio Britto de Carvalho, un oficial portugués que se mantuvo fiel a los Austrias tras la revuelta del duque de Braganza y que fue gobernador de Lleida entre 1645 y 1647. De su ingenio da fe la creencia que durante el sitio de la ciudad por el príncipe de Condé circulaba entre las tropas francesas. Debido a sus feroces y casi siempre inopinadas salidas contras las trinchera galas, los soldados de Condé creían que Britto era un brujo capaz de transformarse en lobo para reconocer silenciosamente sus puestos y así decidir donde asestar el golpe. El 7 de abril de 1646, al amanecer, Britto tomó Térmens –defendido por 800 franceses– con solo 800 infantes y 500 caballos. El truco: la noche previa al asalto simuló cuatro ataques sobre la población. Cuando llegó el quinto y verdadero asalto, el gobernador francés no lo tomó en serio y fue literalmente sorprendido en camisa de dormir.

Petardo Diego Ufano

Un petardo y sus diversos componentes en el Tratado dela artilleria y uso della platicado por el capitan Diego Ufano en las guerras de Flandes (1613). Incluye el “carripuente” utilizado para desplazarlo y arrimarlo a los puentes levadizos levantados.

El petardeo era una técnica bien distinta. Según el Diccionario de la lengua Castellana publicado por la Real Academia Española en 1737, el petardo es una “Máchina Militár, ò invencion de fuego, que se usa en los sitios de Plazas, para poner fuego à las puertas”. De forma más concreta, el Diccionario militar, etimológico, histórico, tecnológico, con dos vocabularios francés y alemán (1869), del coronel de ingenieros José Almirante y Torroella, lo describe como un “Aparato de Artillería destinado ordinariamente á derribar puertas ó paredes de poco espesor. Consiste en un tablón grueso ó reforzado con herraje y un gancho para colgar, sobre el cual se coloca una especie de campana de bronce, sujeta con orejas y rellena de pólvora que se inflama por medio de espoleta”. Para más señas, véase la ilustración que acompaña este párrafo.

Con independencia de quién inventase los petardos, su uso se originó en la década de 1580. Enrique de Navarra usó un petardo en la toma de Cahors en 1580, y el holandés Maarten Schenck hizo lo propio en la de Bonn en 1587. En la década de 1600 su uso ya debía de ser general, pues los suecos lo utilizaron –a través de mercenarios franceses– en la guerra de Livonia. Tomar una plaza fuerte por petardeo era más complicado que hacerlo por escalada. El petardo era un artilugio complejo que debía ser manejado por artificieros experimentados. Si la explosión no lograba derribar la puerta, la interpresa solía acabar en un desastre, pues los defensores acudían a la muralla alertados por el ruido y disparaban y apedreaban a placer a los petarderos y a las tropas que los protegían. En agosto de 1645 la guarnición española de Tarragona perdió un sargento mayor, cinco capitanes y otros 11 oficiales ante Montblanc cuando un petardo explosionó hacia afuera y la guarnición francesa acudió a rechazar el ataque.

Petardo Wallhausen

Colocación de un petardo para derribar un puente levadizo en el tratado Grundrisse von Festungsbauten mit Bastionen de Johann Jacob von Wallhausen (1616).

La complejidad de las fortificaciones de traza italiana contribuía a complicar la caída de una plaza por petardeo. No era lo mismo una población con murallas medievales como Alcover, que tropas españolas tomaron por escalada y petardeo poco antes del amanecer del 18 de diciembre de 1641, que una ciudad estratégica como Bergen-op-Zoom. En 1605 tropas españolas al mando de un ingeniero francés, Du Terrail, trataron de tomar por petardeo esta plaza de defensas intrincadas. Para penetrar en la ciudad por la puerta de Steenbergen, los petarderos tuvieron que romper no solo la propia puerta, sino también el parapeto exterior que la protegía y el puente levadizo que salvaba el foso y que, lógicamente, estaba subido. Cuando las tropas dispuestas para el ataque se lanzaron al asalto, se toparon con una última estacada que les barraba el camino, y aunque contaban con más petardos para romperla, todos los petarderos habían muerto abriéndoles camino. Tras una hora de lucha, hubieron de retirarse con 150 bajas.

Amiens

Fragmento de un grabado de Frans Hogenberg sobre la toma de Amiens en el que se aprecia el carro de heno que bloqueó el rastrillo del portón. Biblioteca Nacional de Francia.

La estratagema era la última opción, pues su grado de dificultad era máximo. En este tipo de acción no había que escalar murallas ni derribar puertas con explosivos, sino tomar el control de una puerta en un momento en el que estuviese abierta, por ejemplo en un día de mercado. Ello suponía que las tropas escogidas para la tarea tenían que engañar a los guardias hasta estar lo bastante cerca de ellos como para matarlos y adueñarse del portón. Lo más sencillo era vestirse de campesinos y esconder armas cortas y pistolas bajo la ropa para echar mano de ellas en el momento preciso. Asimismo, una tropa más numerosa debía aguardar emboscada muy cerca para acudir rápidamente a la puerta y tomar la plaza por asalto aprovechando la sorpresa. Así tomaron Kirchberg tropas borgoñonas del ejército español en octubre de 1620, durante la campaña del Palatinado.

La estrategema más célebre de la época fue la de Amiens, en marzo de 1597, por tratarse de una ciudad de primer orden con más de 10.000 habitantes. A las siete de la mañana del 11 de marzo, cuando la guardia francesa abrió las puertas para que los campesinos de la zona vendiesen su género en la ciudad, el sargento Francisco del Arco, un teniente milanés y un soldado valón, vestidos de paisano, se acercaron a la puerta de Doullens cargando sendos sacos de nueces, manzanas y legumbres. Tras ellos venía un carro con tablones de madera ocultos bajo un manto de heno para bloquear el rastrillo antes de que los franceses pudiesen bajarlo. Una decena de soldados valones y borgoñones lo guiaban y custodiaban. Cuando el carro estuvo atravesado bajo la puerta, Francisco del Arco y su gente se acercaron al cuerpo de guardia pretextando querer calentarse con el fuego. De súbito y en un santiamén, sorprendieron y acabaron con la guardia del revellín, dejando muertos a 22 franceses. Al primer disparo, las tropas de infantería y caballería que aguardaban ocultas acudieron a la puerta y se desbordaron por las calles de Amiens.

Breda

Los holandeses se introducen en Breda con su barca de turba. Grabado de Bartholomeus Willemsz. Dolendo en el Rijksmuseum Amsterdam.

Dar el pego, en estas ocasiones, resultaba imprescindible. Los borgoñones vestidos de aldeanos que sorprendieron a la guardia de Kirchberg hablaban un perfecto alemán. Del mismo modo, los valones que se apoderaron de la puerta de Doullens conocían las costumbres y los ademanes de los campesinos picardos. En Alemania, en febrero de 1638, tropas alemanas al servicio de los suecos lograron convencer a la guarnición imperial de Soest de que eran de los suyos y sorprenderlos. Otras veces, sin embargo, el pastel se descubría con facilidad. Por ejemplo, en 1650 el general francés Marsin trató de tomar Tarragona por estratagema, pero sus hombres fueron descubiertos rápidamente al pronunciar mal el nombre de Valls cuando los guardias les preguntaron de dónde venían.

En ocasiones las estratagemas no involucraban más tropas que las que iban a entrar en incógnito en la plaza, si estas podían hacerlo ocultas. Así sucedió cuando los holandeses se apoderaron de Breda en 1590. El capitán Charles de Héraugière, un valón calvinista, se ocultó con 70 de sus mejores soldados en una barcaza que abastecía de turba a la ciudad. Los soldados italianos que hacían la inspección no se mostraron demasiado escrupulosos con su vigilancia, y la barca con los 70 holandeses pudo entrar sin problemas. Cuando era de noche, Héraugière y sus hombres emergieron de la turba y cayeron sobre la guarnición española, que dormía sin cuidado. De forma muy parecida, en 1602, el capitán Matthijs van Dulcken entró en el castillo de Wachtendonk con 20 hombres de la guarnición española de Straelen ocultos en la barca que suministraba leña y paja a los holandeses. En esta ocasión, aunque el castillo fue tomado, tuvo que rendirse días después al acudir una numerosa tropa holandesa a recuperarlo.

En conclusión, de la pequeña parte de interpresas que se proyectaban y llegaban a ejecutarse, solo una mínima cantidad llegaban a buen término. Las dificultades o contratiempos que podían dar al traste con la operación eran numerosísimas; desde una escala que quedaba un palmo corta hasta una dilación en el camino a la plaza fuerte, pasando por un aldeano que reconocía a los hombres en la puerta de la ciudad. Con todo, si hay algo innegable es que tomar una ciudad, fuerte o castillo por interpresa resultaba mucho menos costoso en hombres y dinero que no enfrascarse en un largo y meticuloso asedio. He aquí la razón, queda dicho, por la que nunca dejaron de planearse y llevarse a cabo este tipo de acciones.

 FINIS

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3 comentarios

  1. […] les aconteció un contratiempo que, como era corriente en esta clase de operaciones (lo vimos en la última entrada) retrasó toda la empresa y la condenó al fracaso. Según Gonzalo de Céspedes, Aguilar hizo […]

  2. […] de su gran capacidad de mando y su astucia en la defensa de la ciudad contra Harcourt y en la interpresa de Térmens. Su prueba más dura, sin embargo, estaba por llegar, pues pese a la victoria de 1646 la situación […]

  3. Pedro Cristofol · · Responder

    Alex,

    aunque la propaganda hispánica cifra en 800 los prisioneros, en realidad fueron 600 tal y como informa el mismo Felipe IV (Los sitios de Lérida [1945] pág.64). De estos 250 eran suizos del regimiento de Praromann y parte eran catalanes del Batallón según informa Parets.

    Saludos cordiales,

    Pedro

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