Los granaderos primigenios

Grenadier

Dibujo de un granadero en el tratado francés de 1672 Les travaux de Mars ou l’art de la guerre, de Alain Manesson Mallet.

El Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española define el término granadero como “El Soldado que sirve para tirar las granadas de mano, de que hai una Compañía en cada batallón de infantería, y tambien los hai en los Regimientos de Dragones. Suelen escogerlos para estas Compañías de las demás, y tienen esta preeminencia los Capitanes” (Tomo IV, 1734). Las compañías de granaderos fueron creadas formalmente en España en 1685 por ordenanza de Carlos II y en Francia en 1670. Sin embargo, los granaderos como tales existían desde bastantes años atrás. Veamos algunos testimonios…

En el plano teórico, el fogueado militar Francisco Dávila Orejón Gastón (1617-1675), habla largo y tendido de las ventajas de los granaderos en el asalto de fortificaciones enemigas en su tratado Politica y mecanica militar para sargento mayor de tercio (La Havana, 1669). Orejón aconseja formar dos escuadras de 25 soldados cada una, “con todas armas de fuego, picas, partesanas y chuços”, al mando de sendos sargentos, “y con cada uno diez o doce granaderos con sus granadas y cabos hechos”. Estos, además, deberán contar con “dos aventajados que les lleven granadas, cabos con clavos hechos, porque un granadero no puede llevar en su talega más de seis granadas, que en un instante se arrojan”. Los granaderos, explica Orejón, son de gran utilidad en el asalto a estacadas, cortaduras y, en general, cualquier tipo de fortificación.

Orejón Gastón combatió la mayor parte de su vida en Flandes, y sabemos con certeza que capitaneó una compañía del tercio de Castelví en Rocroi (1643) y que tomó parte en el sitio de Arras de 1654. Quizá también participó en la batalla de Valenciennes (1656), en la que los granaderos españoles tuvieron un papel destacado en la victoria de Juan José de Austria sobre el mariscal francés Turenne. En un manuscrito anónimo conservado en la Biblioteca Nacional de España y titulado Relación de la campaña del año 1656 en los Estados de Flandes, se habla de cómo obraron los granaderos, y no queda lugar a dudas sobre su función, la misma que Orejón les atribuye:

Los puentes se pasaron feliz y brevemente; y, aunque se rompió uno, que causó alguna detención más del presupuesto, se llegó á tiro de cañón de las líneas á muy buena sazón de la noche. Allí se dividieron y doblaron , encaminándose cada uno á su ataque, que se seguían unos á otros, prolongándose siempre el costado izquierdo de los españoles, el cual le hizo más inmediato, hallando á los enemigos tan prevenidos y asegurados, que llamaban á los nuestros, aguardando á que se acercasen, sin tirar un sólo mosquetazo hasta que, arrimándose á las primeras estacadas los que estaban destinados para cortarlas, y los granaderos y tiradores que los sostenían, se comenzaron las descargas; pero las nuestras fueron tan ventajosas y con tanta cantidad de granadas, que en un brevísimo espacio ganaron los españoles una barrera, por la cual comenzó á entrar alguna caballería nuestra; y prosiguiendo siempre en quitar las estacas y cegar los fosos, hicieron otros pasajes cómodos, por donde pasó toda nuestra caballería é infantería; con lo cual, rotos y puestos en confusa fuga los enemigos que los defendían, doblaron dentro á tiempo que venia ya el dia.

Una referencia anterior, de 1654, la encontramos en los Dialogos militares y politicos discurridos por Eraclito y Democrito sobre las campañas y exercitos de Flandes (Bruselas, 1654), obra de Román Montero de Espinosa, cortesano, poeta y militar español que combatió en Italia y Flandes entre 1640 y 1660. Entre sus divagaciones morales, Montero de Espinosa inserta la partícula “…las granadas en que el braço animoso que las arroja peligra, hasta que pase el riesgo a los valientes contrarios que las esperan”. Esto es importante, ya que los escritores de la época emplean el término granada no siempre para referirse a un arma arrojadiza, sino que también pueden hablar de proyectiles explosivos de artillería, bien que en esta ocasión suelen hablar de “granadas de fuego”.

Un ejemplo todavía más temprano es el del asedio de La Baseé, en 1642. En esta ocasión, atacantes y defensores recurrieron por igual a las granadas de mano en el combate cercano. El secretario de los Avisos secretos de la Guerra de Felipe IV, Jean-Antoine Vincart, cuenta en su relación de la campaña de 1642 (insertada en el tomo 59 de la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España) que “havia brava fiesta de combate, pues que los mosqueteros, de los sitiados y los de los sitiantes se tocavan el uno por un lado y el otro por otro haciendo á menudo ynfinitas salidas tanto de una parte como de otra y hechando cantidad de granadas contra los de dentro y los de dentro contra los de afuera”.

grenade

El artefacto de la derecha de esta lámina del Kunst und Artillerie-Buch de Hans Georg Schirvatt (1622) tiene el aspecto de granada arrojadiza con una larguísima mecha.

Retrocedamos hasta 1638. El obispo Juan de Palafox y Mendoza refiere un muy uso probable de granadas de mano en el socorro de Güeldres en su obra Sitio y socoro de Fuenterabia y sucesos del año mil y seiscientos y treinta y ocho (Madrid, 1639): “Tomada la resolución se puso el Exercito en orden, yendo delante con el coronel Crumen, para el ataque que ofreció del fuerte de San Juan, trecientos Españoles del Tercio del Conde de Fuenclara, trecientos Alemanes de los Regimietos que estavan a sueldo de su Magestad, y quatrocientos Valones de la guarnición de Stralen, que sacó su governador, y los seguian un carro de granadas, y otro de çapas, y palas”. Nótese que esta vanguardia, que asaltará la línea holandesa de circunvalación, lleva herramientas para abrir brechas y granadas, pero no artillería, de lo cual se deduce que las granadas eran arrojadizas.

La referencia inequivoca más temprana que he podido encontrar del uso de granadas de mano para asaltar una fortificación se remonta el famosísimo sitio de Breda por Ambrosio Spinola (1624-1625), en el cual, por cierto, hizo su debut el mansfelte, un tipo de artillería ligera “a la sueca” del que hablé en el número 2 de la revista Historia Rei Militaris. En los compases finales del cerco, mercenarios ingleses al servicio del príncipe de Orange lanzaron un feroz ataque contra el reducto de Terheyden para romper el cerco y socorrer la ciudad. Cuenta el jesuita Hermann Hugo en su obra Sitio de Breda rendida a las armas del Rey Don Phelipe IV (Amberes, 1627) que: “Los ingleses dando con grande animo sobre el reduto, en que havia un alferez con pocos italianos, los hecharon del con las granadas que arrojaron; y subiendo en la muralla, degollaron a algunos, y luego poniendo la arcabuzeria detras del reduto, y en las cortaduras del dique, para defender a los que passavan mas adelante, ganaron con la misma felicidad y osadia la media luna que cubria la puerta del fuerte”.

Resumiendo: si bien las compañías de granaderos, como tales, no se crearon hasta el último tercio del siglo XVII, la conclusión que se deduce del estudio de las fuentes expuestas es que, fácticamente, los granaderos existían incluso antes del ecuador de la centuria, y no es motivo de sorpresa que encontremos los precedentes directos en Flandes, país que, por su orografía y la densidad de fortificaciones que presentaba, creó una importantísima escuela de ingenieros militares.

 

Àlex Claramunt Soto

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