De los excesos en el vestir

Mosquetero 1577

Mosquetero español en 1577 (Ensemble de gravures de costumes espagnols du XVIe siècle, Gallica).

Al margen de las prendas básicas (llamadas vestidos de munición) que todo soldado recibía cuando se enrolaba en una compañía o bandera, los soldados de los tercios españoles vistieron por cuenta propia hasta la introducción de los uniformes a finales del siglo XVII, por lo que podían elegir las prendas que más les gustaban (o las que podían permitirse). La costumbre, según se deduce de los escritos, era que los soldados mostraban su fama de bravos y gallardos luciendo “galas y vestidos extraordinarios que no hablan menester, ni en la guerra se usan”, como menciona el capitán Alonso Vázquez en Los Sucesos de Flandes y Francia del tiempo de Alejandro Farnese.

Vázquez testimonia a lo largo de sus narraciones la ostentosa indumentaria que viste la tropa en ciertas ocasiones. Por ejemplo, durante el asedio de Maastricht, en 1579, el ejército formó en el campo español con sus mejores galas para celebrar que el Príncipe de Parma, el famoso Farnesio, había sanado de unas calenturas: “Fué una fiesta jamás vista –cuenta–, porque ver cuarenta mil hombres lucidamente armados y soberbiamente vestidos era lo que se podia desear, pues hubo caballo ligero que sacó casaca que valia cuatrocientos escudos”.

10 años más tarde, en verano de 1589, los soldados del tercio del maestre de campo Pedro de Paz, llamado tercio de los Galanes, tercio de los Almidonados o tercio de los Pretendientes (nombres que anticipan la guisa en que vestían estos hombres), hallándose acantonados en Malinas, “así por no dejar envidiosas á las damas de Malinas como por no perder el nombre […] y para lucir el deseo que tenian de regocijarse empeñaron todos sus sueldos vendiéndolos por libranzas de paños y sedas y otras cosas que les daban en Amberes á menos precio una persona que allí estaba correspondiente con algunos Oficiales del sueldo que asistían en la corte de Alexandro”. Como vemos, la soldada duramente ganada no solo se gastaba en mujeres y bebida, sino también en vestidos y galas ostentosas.

La excepción que confirma la regla es el tercio viejo del coronel Cristóbal de Mondragon, llamado el de los Vivanderos, “como gente que sabia vivir y granjear, de manera que pocos ó ningunos dellos pasaban necesidades, y porque se vestian de algunas sayas de labradoras que hallaban en los casares, y como todas son de paño negro, y en los soldados particularmente en la guerra les parece mejor las plumas, galas y el vestido de color que no el negro y de paño, les llamaban también los Sacristanes”. Naturalmente, los soldados no siempre vestían de punto en blanco. El trabajo y el tiempo se cobraban su saldo en las ropas y el calzado, y había momentos, como las encamisadas o el vadeo de ríos y canales, en los que era imprescindible vestir con más sencillez.

Soldados 1

Arcabuceros españoles (fragmento de la Recuperación de la Isla de San Cristóbal; Félix Castello, 1634). Lazos, cintas, colores chillones, guarniciones de oro y plata, plumas en los sombreros…

Lope de Vega, Miguel de Cervantes y Pedro Calderón de la Barca, que militaron en los tercios en algún momento de sus vidas, también dan fe en sus obras de la peculiar vestimenta de los mílites:

Apenas entra el soldado
Con las medias de color,
Calzón de extraña labor,
Sombrero rico emplumado;
Ligas con oro , zapato
Blanco, jubón de Milán,

Cuando ya todos están
Murmurando su recato.
Llevan colores y brío
Los ojos, y en galas solas
Más jarcias y banderolas
Que por la barra el navío

(Lope de Vega, acto II de La noche toledana)

En un curioso papel de 1610, titulado “Las órdenes que paresce que se podrian dar para restaurar la reputacion y disciplina que solia haber en la infantería española”, se advierte sobre los problemas originados por la fastuosidad de la vestimenta de los soldados: “Que se haga premática sobre la cualidad de las armas y vestidos que se hubieren de usar en la dicha infantería, pues se sabe que de la demasía y exceso que hay particularmente en esto, suceden en ella muy muchos daños é inconvinientes por quererse los unos aventajar de los otros, en el hábito y trajes, más que en el servicio y obras, aprovechándose, por ventura, de estas insignias y ornato más que de los propios efetos. Allende que por esta misma causa ha crecido en esta nación el número de los bagajes y otra suerte de embarazos que en otros tiempos no solía haber.”

En antedicho papel contiene una réplica, no menos curiosa, que dice así: “En cuanto á esto, nunca entre la infantería española ha habido premática para vestidos ni armas, porque sería quitarles el ánimo y brío que es necesario que tenga la gente de guerra, cuanto más que hoy en dia ninguna de estas va supérflua en la infantería española, y en lo que toca á los bagajes, ya hay premática del Capitán general de los que se han de dar, que son diez bagajes para cada cien soldados.”

Esta misma idea se expresa en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán: “Quiere vuesa merced ver á lo que llega nuestra mala ventura, que siendo las galas, las plumas, los colores, lo que alienta y pone fuerzas á un soldado, para que con ánimo furioso acometa cualesquier dificultades y empresas valerosas, en viéndonos con ellas somos ultrajados en España, y les parece que debemos andar como solicitadores, ó hechos estudiantes capigorristas, enlutados y con gualdrapas, envueltos en trapos negros.”

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