Accidentes con la pólvora

Pólvora demonio

El demonio ayuda a un monje en la fábrica de la pólvora. Grabado de Johannes Brantz y Joseph Boillot, 1603.

Quien más, quien menos, los soldados de antaño sabían que la pólvora era una sustancia peligrosa y que uno debía ser cuidadoso en el manejo de esta curiosa mezcolana a base de salitre, carbón y azufre. Bernardino de Mendoza, que combatió en África, Italia y Flandes, recomendaba en su tratado Theorica y practica de guerra “que sean de picas las centinelas que han de hazerla a los carros de la polvora, y no de arcabuzeros, por el peligro que podia aver de estar con las cuerdas encendidas vezinos a la polvora”. El sargento mayor Antonio Gallo, que escribió en 1639 el tratado de gracioso título Destierro de ignorancias de todo genero de soldados de infanteria, advertía al arcabucero de la necesidad que “mire que la muelle del frasco cierre bien, porque sino cerrare, puede caer tanta polvora que rebiente el arcabuz, de que se puede seguir gran daño”. También recomendaba llevar el frasco a la espalda “para mas seguro de alguna chispa de fuego”. Pero las advertencias de las voces expertas no siempre bastaban para evitar accidentes.

Vercelli, 1617:

Durante la Guerra de Monferrato, que enfrentó a la monaquía española y el ducado de Saboya entre 1613 y 1617, el ejército español de Lombardía asedió la ciudad de Vercelli, una plaza bien fortificada y difícil de bloquear al discurrir cercano el río Sesa. Cierto día, siendo informado de que la guarnición escaseaba de pólvora, el duque Carlos Manuel organizó un pequeño socorro improvisado. Los mejores soldados de su caballería, 400 coraceros –la mayor parte franceses– entresacados en grupos de 10 de distintas compañías, recibieron la orden de cargar un saco con 25 libras de pólvora a la grupa de su caballo y tratar de entrar en la ciudad por el camino de Crescentino. El mando recayó sobre un noble francés, el señor de Fleury, a quien secundaban los señores de Blancheville y Sant Andrea.

vercelli2

El asedio de Vercelli en 1617. Grabado de Frans Hogenberg.

Los franco-saboyanos llegaron a la vista de Vercelli sin dificultades, pero entonces les salieron al paso dos escuadrones de caballería española. El conde Gerolamo Rho los aguardaba con 800 caballos y 2.000 infantes en las trincheras frente al convento de Santa María de Belén, resuelto a impedirles el paso. Entre los segundos se contaba el regimiento valón de Guillermo Verdugo, que aún no había entablado combate. Los 400 coraceros al mando de Fleury consiguieron rechazar por dos veces a la caballería española, pero los arcabuceros valones ofrecían cobertura para que los jinetes de Rho se reagrupasen una y otra vez. La acción terminó abruptamente cuando un jinete francés disparó su pistola cerca del saco de pólvora que cargaba a la grupa de su montura, y la ignición hizo estallar el contenido. Las llamas de propagaron y, en apenas unos segundos, los jinetes del duque de Saboya se vieron envueltos en una bola de fuego, ofreciendo a los valones de Verdugo una visión infernal.

Cavalli e cavalieri balzarono infelicemente in aria, il fuoco appiccossi alle vesti dei soldati ed alle gualdrappe dei destrieri, che impeunandosi e nitrendo dolorosamente sparsero dappertutto il disordine

Constanzo Ferrari, 1852

El resultado de la explosión fue dantesco: excepto 15 hombres que lograron abrirse paso hasta Vercelli y otros 25 que se rindieron a los españoles, el resto pereció abrasado o murió en las aguas del río Sesia. Fleury fue de los pocos que pudo regresar indemne a sus filas. Blancheville recibió 12 heridas y perdió 2 caballos, rindiéndose finalmente a la merced de los españoles. Los heridos que aún vivían fueron llevados al hospital de campaña del ejército, donde sanaron lentamente para acabar siendo licenciados. El comandante del ejérciti sitiador, el marqués de Villafranca, se ofreció a entregar los cuerpos de los caídos al gobernador de Vercelli, pensando, tal vez, que los restos abrasados minarían la moral de la población, pero el barón de Igogne, que defendía la plaza, no quiso aceptarlos.

Viena, 1619:

El combate entre el ejército de Fernando II y los rebeldes bohemios y húngaros cerca de Viena (Pieter Snayers, 1620).

La rebelión de Bohemia contra los Austrias en 1618 comenzó con mal pie para Fernando II de Habsburgo, ya que sus menguadas tropas se enfrentaban a un enemigo tan numeroso como diverso: el ejército reclutado por los bohemios y los moravos, los rebeldes húngaros encabezados por el príncipe Bethlen Gábor de Transilvania y un ejército mercenario al mando de Ernst von Mansfeld que el duque Carlos Manuel de Saboya puso al servicio de la causa bohemia. Aunque el ejército del emperador, al mando del conde de Bucquoy, invadió Bohemia y tomó algunas ciudades, una revuelta protestante en la misma Austria lo obligó a retirarse. Bucquoy quedó bloqueado en Budweiss por Mansfeld, mientras que el resto del ejército del emperador, al mando del conde de Dampierre, se retiró hacia Viena perseguids por el ejército bohemio y los rebeldes húngaros.

Los imperiales barraron al paso a los rebeldes pocas millas al este de Viena, en Fischamend, a orillas del Danubio, donde una islita dividía el río en dos. Los gastadores imperiales construyeron una media luna en la orilla norte y tendieron dos puentes para que los soldados pudiesen pasar a la orilla sur. Entre las tropas de que disponía Dampierre se contaban un regimiento alemán al servicio de Felipe III y algunos valones, que fueron quienes ofrecieron más resistencia en la subsiguiente batalla. Los bohemios y los húngaros, encabezados por el conde de Thurn y Bethlen Gábor, superiores en número, se vieron además favorecidos en el choque por varios accidentes que involucraron a los imperiales y su pólvora. El primer contratiempo fue que seis barriles de pólvora estallaron accidentalmente y deshacieron un batallón entero de soldados alemanes:

ils se mirent presque tous encores ensuite, & mesmes plus fort que devant tombant la plus part par terre pour la grande haste qu’ils avoient de se devancer; si qu’ils se retrouvoient plus de trente l’un sur l’autre en quelques endroits du pont sans sans ceux qui estoient glissez dans le Danube; aucuns de plus des restez estants à demie bruslez de la poudre, se jettoient eux-mesmes dans la riviere pressez de la rage du mal

Louis de Haynin, 1628

El segundo accidente fue fruto de la negligencia. Los arcabuceros valones se llenaron los sombreros (chapeos) de pólvora para  cargar el arma con mayor comodidad. En cuestión de tiempo, una cuerda encendida de las que se anudaban al brazo prendió la pólvora de uno de los soldados, desatando el caos por segunda vez. Milagrosamente, bohemios y húngaros no lograron apoderarse de la media luna que defendía el paso, cuyos parapetos los defensores reforzaron con los enemigos muertos. Tras una digna defensa, Dampierre ordenó evacuar la posición y romper el puente de barcas. En este ocasión, la tenacidad de los defensores no se vio quebrada por el estruendo y la llamarada de la explosión. Llenarse el sombrero de pólvora, sin embargo, no es algo que Antonio Gallo hubiese celebrado.

Bibliografía:

  • Haynin, Louis de (seigneur de Cornet): Histoire générale des guerres de Savoie, de Bohème, du Palatinat, et Pays-Bas, depuis l’an 1616 iusques celuy de 1627 inclus. Douai: Balthazar Bellere, 1628.
  • Ferrari, Constanzo: Valore e sventura episodio storico della gloriosa difesa di Vercelli contro le armi di Spagna nel 1617 narrato da Costanzo Ferrari. Vercelli: Constanzo Ferrari, 1852.
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