El castigo de Parma (2ª parte)

Mapa de Parma, Georg Braun; Frans Hogenberg: Civitates Orbis Terrarum, 1572.

A pesar de sus limitaciones físicas, Odoardo Farnese era un joven elocuente con gran aptitud para la poesía. De aquí que tan pronto los españoles hubieron desviado su atención hacia el ejército franco-saboyano, viajase personalmente a París para tratar de persuadir al cardenal Richelieu del peligro que corrían sus estados. Odoardo consiguió lo que quería; cuando regresó a Italia lo hizo con el mandato expreso de Richelieu al mariscal Créquy de garantizar la protección de Parma y Piacenza. En junio de 1636, poco antes de que los ejércitos español y franco-saboyano midiesen sus fuerzas en Tornavento, junto al río Tesino, Odoardo, temiendo por el resultado del encuentro, retiró sus tropas a Nizza de Monferrato. La batalla de Tornavento acabó con el campo en posesión de los franco-saboyanos, pero la sangría que sufrieron para mantenerlo obligó a Créquy a mantenerse a la defensiva en resto de la campaña.

Martín de Aragón y Tafalla, uno de los mejores maestres de campo españoles del momento (anónimo, Palacio del Senado, Madrid).

Diego Felípez de Guzmán, marqués de Leganés, gobernador de las armas de Lombardía, envió una fuerza de castigo sobre Parma tan pronto hubo asegurado la frontera milanesa. Odoardo, consternado, abandonó a sus aliados y regresó a Parma en secreto por mar, vía Génova, con un reducido séquito de 7 personas. El maestre de campo Martín de Aragón y Tafalla, gobernador interino de la caballería española por la muerte de Gerardo Gambacorta, héroe de Nördlingen, marchaba hacia Rottofreno al mando de 3.000 infantes y 1.500 caballos. Guido Villa se retiró a refrescar a su gente en el Piamonte, pero Créquy, obligado por Richelieu, tuvo que desprenderse de dos regimientos completos para proteger Parma. Este cuerpo, mandado por monsieur de Saint Pol, puso sitio a Rottofreno reforzado por un regimiento parmesano. Las tropas de Martín de Aragón dieron sobre ellos en las trincheras de asedio y los derrotaron por completo. En la acción murieron 600 franceses y parmesanos, mientras que 250 quedaron prisioneros, junto con 200 caballos y dos banderas francesas.

Destruidos los refuerzos franceses ante Rottofreno, los españoles ocuparon fácilmente los estados de Odoardo Farnese: Borgonuovo, Campo Remoto, Fiorenzuola, Borgo Sandonino, Cortemaggiore, Monticelo, Busseto, Gibel, Roccabianca, Siffa, Soragna y Santo Stefano fueron ocupadas por las tropas españolas en rápida sucesión. Simultáneamente, desde Cremona, otro ejército español al mando del cardenal Trivulcio penetraba en el Piacentino y rendía el castillo de Rivalta e Isola del Po para poner Piacenza bajo asedio. En poco tiempo las tropas de Trivulcio arrasaron los molinos de extremuros y plantaron batería, bombardeando la población sin respetar el palacio ducal. Solo Parma, con Odoardo encerrado en su interior, seguía libre. Por poco tiempo. Martín de Aragón envió 400 caballos al mando del flamenco Gilles de Haes al burgo de San Domini, media milla lejos de Parma, para detener a los campesinos que huían de la campaña en busca de refugio. Martín llegó poco después en persona y exigió a Odoardo que se rindiese y abandonase la liga francesa. Buscando ganar tiempo, el duque le respondió que si en 8 días no recibía auxilio francés, se sometería.

El papa Urbano VIII retratado en 1632 por Gian Lorenzo Bernini.

Urbano VIII retratado en 1632 por Gian Lorenzo Bernini.

Martín de Aragón, en aras de ablandar las ínfulas de Odoardo, envió a Gilles de Haes con alguna caballería a devastar su mayor fuente de ingresos: las ricas salinas de Salsomaggiore, que de resultas de las acciones del flamenco quedaron un año inutilizadas, perdiendo Odoardo como consecuencia nada menos que 60.000 ducados. Entre tanto, otras fuerzas españolas esquilmaban meticulosamente toda la ribera del Po, juntando 5.000 cabezas de ganado que fueron llevadas a Milán. El papa Urbano VIII en persona, tibio en sus relaciones con Francia pero siempre celoso del poder de los españoles en la península italiana, quiso mediar en el conflicto y llegó a pedir a Martín que cesase con su campaña de destrucción, pero el español rehusó con los siguientes –y sin duda sorprendentes– términos:

Cuando Su Santidad ve acometer con armas injustas e infieles los Estados del Rey Católico, no sólo en Italia, pero en ambas Germanias a Príncipes tiranos, no les envía monitorios ni exhortaciones, ni se pone de por medio solicitando la paz; no acordándose de esto sino cuando alguno de sus afectos por los malos oficios y usurpaciones cometidas en los Estados hereditarios del Rey, mi Señor, porque merecerían castigo y tomar la justa satisfacción que merecían sus delitos: el duque de Parma no tiene más legítimo derecho para entrar por las tierras del rey de España, siendo de tan inferior fortuna y estado, ni más razón para ligarse con franceses contra los derechos de la patria y el feudo, y entrarse por el Estado de Milán con armas, que el que tiene el Rey Católico para entrar por el suyo y hacer los mismos debidos efectos en él.

Ni la intervención pontifícia salvó a Odoardo. Expirado el plazo de tiempo, el nieto del gran Alejandro envió a Milán a su secretario de estado, Dominico Pandolfino, a negociar la paz con España, a quien representaba nada menos que Francisco de Melo, futuro vencido en Rocroi. Odoardo logró recuperar la mayoría de los territorios perdidos, pero al precio de abandonar la liga francesa y aceptar la construcción de varios fuertes españoles en sus estados. Lamentablemente, Odoardo no aprendió la lección. Dos años más tarde, en 1639, se inmiscuía en una guerra con los Estados Pontifícios por el control del ducado de Castro. Una guerra de 10 años que no vería terminar, pues murió en el palacio ducal de Piacenza el 11 de septiembre de 1646.

Bibliografía:

  • Brusoni, Girolamo: Dell’ Historia d’Italia, di Girolamo Brusoni, dall’ano 1625 sino al 1660. Venecia: Francesco Storti, 1661.
  • Fossati; Giovanni Francesco: Memorie historiche delle guerre d’Italia del secolo presente. Milán: Filippo Ghisolfi, 1640.
  • Novoa, Matías: Historia de Felipe IV, Rey de España, en Colección de documentos inéditos para la historia de España. Madrid: Real Academia de la Historia, 1842.
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