Cuando se acaban los víveres

Nabucodonosor asedia Jerusalén; el hambre aflige a la ciudad, y las mujeres se comen a sus hijos (Biblia de Jean Bondol).

El hambre siempre ha sido un arma poderosa en la guerra. Cuando una ciudad o una fortaleza son demasiado fuertes para tomarlas por asalto, bien por el número de defensores, bien por la robustez de las fortificaciones, el ejército sitiador puede optar por bloquearlas, impidiendo la entrada de alimentos en su interior, y obligar a los defendores a rendirse por el hambre. En algunos casos la determinación de los sitiados los lleva a comer cualquier cosa que puedan llevarse a la boca con tal de seguir con vida. Hay muchos ejemplos de ello a lo largo de la historia: Leningrado es, seguramente, el caso más tristemente célebre de la época contemporánea, pero siempre los ha habido. La Guerra de los 30 Años no es, ni mucho menos, una excepción. “Las necesidades y hambres son tan sin ejemplo, que se llegan á comer los mas cercanos, excediendo á todo lo que se refiere del sitio de Jerusalen por Tito y Vespasiano“, refirió una pluma anónima en 1639 con relación a este conflicto.

Tampoco la de Flandes, que fue una guerra de asedios, estuvo exenta de tristes episodios donde soldados y civiles se vieron forzados a ingerir alimentos repugnantes con tal de sobrevivir. En España misma se vivieron eventos realmente dramáticos en la década de 1640, cuando la pensínsula estaba sumida en la guerra. Dos de ellos, el bloqueo de Tarragona en 1641 y el asedio de Perpiñán en 1642, sirven de guía para este recorrido a través de los macabros horrores alimenticios de un cerco prolongado.

Dinámica del asedio con relación a los víveres:

En el siglo XVII, como siempre, los asedios de las ciudades eran los más dramáticos. Además de la guarnición defensora, habitaba tras sus muros una cantidad todavía mayor de civiles, no solo naturales del lugar, sino también campesinos refugiados procedentes de las aldeas cercanas. Las autoridades militares, en general, se preocupaban exclusivamente de los soldados, y en lo tocante a las provisiones (entre muchas otras cosas) se producían atropellos contra los civiles. Sirvan a modo de ejemplo las siguientes palabras del cronista catalán Miguel Parets en relación al sitio de Perpiñán por los franceses en 1642:

El primer rigor que experimentaron [los habitantes] fue que dando los cabos libertad de conciencia á las milicias se apoderasen de todos los bastimentos y biveres que los naturales havían recogido para su sustento, sin perdonar combentos, iglesias ni clausuras, de forma que no eran dueños de poder tener ni un pedazo de pan ni grano de trigo que no lo arrebatase el soldado, aunque fuese del altar.

“Dando los cabos libertad de conciencia á las milicias se apoderaron de todos los bastimentos y biveres que los naturales havían recogido para su sustento.”

De esta manera, los víveres almacenados en previsión del cerco, y los que traían los campesinos fugitivos de sus aldeas, acababan en manos de la soldadesca, y los civiles eran quienes padecían el hambre con más fuerza. En consecuencia, eran también los que peor soportaban el asedio. Si lo soportaban. En ocasiones suponían tal lastre para las autoridades militares que estas los invitaban a dejar la ciudad, o directamente los expulsaban de sus hogares para tener menos bocas que alimentar. En la práctica, esto suponía una condena a muerte. Un ignoto testigo del asedio de Tarragona (militar, sin duda), anotó un día en su diario que “También se dará licencia se vayan todos los vecinos que quisieren, porque la gente pobre como nosotros no podemos sustentarla y muere de hambre, y la rica será mucho mejor nos deje el bastimento que tiene, que no se le coma“.

De lo que no se libraba nadie, soldado o civil, era del racionamiento. A mediados de agosto de 1641, la ración ordinaria en Tarragona, donde se hacinaban nada menos que 15.000 soldados, civiles a parte, era de tres míseras onzas de trigo diarias, más dos de arroz, una de aceite y otras quatro de carne, y no precisamente porcina o bovina, como veremos. A causa del racionamiento, la cantidad de comida en circulación disminuía, y los precios aumentaban. Así lo relata una relación anónima del penoso asedio:

Apurada la provisión del exército y de los particulares, la necesidad dio precio tan excesivo á todas las cosas, que un guebo valia treinta y dos reales; una gallina trecientos; una….. de vino dos reales; una onza de trigo de la ración, un real; un pan de seis onzas, ocho reales; una cabeza de ajos, un real. Fué creciendo tanto el precio de los géneros, que una libreta de 12 onzas de tocino valia 12 reales, la misma libreta de queso 8, y llegó á valer una hanega de trigo ochocientos reales.

En los sitios a castillos y fortalezas, a pesar del racionamiento, se pasaba bastante mejor, porque el número de civiles que habitaban en ellos era muy inferior al de una ciudad. La guarnición francesa sitiada por los españoles en el castillo de Salses (en el Rosellón) aguantó cuatro meses (entre septiembre de 1639 y enero de 1640) sin necesidad de recurrir a extremos inhumanos para subsistir. Poco antes de su rendición escribía un padre jesuita que “todavía tienen bizcochos y alguna sardina podrida, todo para dos semanas“.

Los bizcochos duros, llenos de moho, y las sardinas en estado de descomposición pueden parecernos alimentos repugnantes, y sin duda lo son, pero había cosas mucho peores, como las que se detallan a continuación…

“Lástima de los soldados, que donde no hay que comer todos se quejan, y todos tienen razón.”

Equinos: cuando la carne fresca y la carne en salazón se agotaban, los caballos y las mulas arrieras de las tropas se convertían en un alimento potencial. La mayoría de los soldados consideraban deshonroso ingerir tales viandas, pero a muchos el hambre les podía más que la honra. El jesuita belga Herman Hugo narra un ejemplo de esto en el sitio de Breda de 1625, aunque no con respecto a los holandeses cercados, sino con los católicos sitiadores: “Esta fue la ocasion que algunos soldados, que tenian en menos la reputacion que la hambre, repartiessen entre si la carne de los cavallos muertos, miserable alimento.” Más tarde también los sitiados recurrieron a semejante extremo: “oprimidos de la necessidad, començavan à comer carne de cavallos“.

En Tarragona, en 1641, caballos y mulas fueron sacrificados de forma sistemática para dar de comer a los soldados. Así de clara es al respecto una relación del asedio: “Matáronse más de tres mil y ducientos burricos, más de dos mil caballos y más de dos mil y quinientas mulas, de que resultó no haber en entrambas cavállerías, ni quinientos caballos, ni cien mulas para la artillería.” El autor del diario sobre el asedio antes mencionado describe un escenario desolador:

Lunes 24 no hubo cosa particular, y la fiesta que se hizo á San Juan fué empezar ya á no dar vizcocho á los soldados, porque hay muy poco, y haber mandado junten todos los jumentos del ejército y se aprecien y repartan por los tercios, para que suplan algo de la falta de bastimento. Acabado esto, se repartirán los caballos que ya no son de servicio, y luego los bagajes de mulas y machos, si antes Dios no lo remedia. […]. Ello se ha apretado esto de todas maneras tanto, que todo es llantos de los de la Ciudad, y lástima de los soldados, que donde no hay que comer todos se quejan, y todos tienen razón.

Con todo, no siempre se mataba al animal para alimentarse de su carne. En ocasiones se recurría a su sangre, igual que haría un vampiro. En el asedio de Perpiñán, según escribió el marqués de Algava en una carta, “el regalo para los enfermos era sangrar los caballos para darles sangre frita“.

Alimañas: al igual que sucede hoy día, en el siglo XVII las ciudades albergaban en sus calles un gran número de animales, tales como perros, gatos o ratas. En los casos más extremos, incluso las alimañas más repugnantes acababan en la panza de los solados y civiles desesperados. A mediados de agosto de 1641, se pagaban en Tarragona 16 reales por un ratón. En Breda, en 1625, el gobernador Justino de Nassau ordenó sacrificar todos los perros para evitar el contagio de enfermedades. El verdugo vendía luego la carne a los soldados a buen precio, y así “cubria con estos guisados la mesa, y no eran pocos los que tenia cada dia por convidados, ya que con tan poco dinero podian comer tan esplendidamente“. En Perpiñán acabaron comiéndose incluso las cáscaras de los caracoles.

Un habitante de Leiden devorando lo que parece un pedazo de tela o de piel, durante el duro asedio de 1574 (Detalle de un grabado de Willem de Haen).

Peletería y cestería: son estas dos formas de artesanía en las cuales se fabrican sus productos con materiales de origen animal (caso de la peletería) y vegetal (caso de la cestería). Aunque de difícil ingesta, ambas cosas se puede comer. Las siguientes palabras de Miguel Parets sobre el sitio de Perpiñán son esclarecedoras: “Dióse soplo que en el combento de San Francisco havía cantidad de suela y baquetas y otro género de pieles que, bien remojadas y aderezadas, era sabroso manjar en aquella sazón“. En los Países Bajos, durante el cerco de Maubeuge en 1637, los franceses alimentaron a sus caballos con paja de los tejados de las casas. Así lo relata el cronista Juan Antonio Vincart, Secretario de los Avisos de Guerra: “la falta de los bastimentos se aumentó de tal manera, y particularmente el forraje para los caballos, que echaban las casas para tomar la paja y darla a los caballos“. Presumiblemente también los soldados la comieron, al igual que en Perpiñán los soldados que yacían enformos en cama acabaron comiendo la paja de los jergones.

Excrementos y vómitos: las heces, tanto humanas como animales, eran un alimento usual en los asedios prolongados, cuando prácticamente ya no quedaba otra cosa que comer. Cuenta Parets con respecto a Perpiñán que “se alimentaban algunos de los excrementos de los cavallos, y otros de entre ellos escogían los granos de la cebada para hacer pan“; y que “otros se alimentaban de los excrementos de persona después de secos, y hubo soldado que de esto sólo vibió más de ocho días“. Algunos soldados llegaron al extremo de comer el vómito de los enfermos. “Se comieron suciedades que si escritas ofendieran, imaginadas dan asco“, concluye un manuscrito contemporáneo al asedio.

Una mujer devorando un niño en una miniatura francesa de 1560 (Histoires prodigieuses, Pierre Boaistuau).

Canibalismo: en el siglo XVII comer carne humana estaba penado con la muerte en la mayor parte de Europa. Sin embargo, cuando el único modo de sobrevivir pasaba por alimentarse con la carne de los difuntos, muchos se atrevían a correr el riesgo y acudían furtivamente a los cementerios a desenterrar los cadáveres recientes. En Perpiñán se dieron numerosos casos de canibalismo durante el asedio de 1642, la mayoría de ellos espeluznantes: “mataron sus hijos las madres para comer y desenterraron 60 cuerpos muertos, no obstante rigorosos castigos de muerte que para estorbarlo se ejecutaron“; así relata un padre jesuita anónimo. Miguel Parets describe casos todavía más terribles:

Á tanto obligó la codicia ó la necesidad de los soldados, que desenterrando los cadáveres recientemente enterrados, y hechos quartos, los vendían en la plaza en vez de carne de cavallo, que no creo haya ni llegue á verse en historias mayor inhumanidad; y esto es tan verdadero, que por confesión de los mismos reos quedó probado en proceso á tres que los ajusticiaron por ello, y refirióme el religioso mínimo que los acompañó al suplicio haverlo oído él mismo de ellos. Una muger castellana vibía amancebada, y la encontraron en una esquina dando muerte con una destral á una niña de unos nuebe años, y llevándola al suplicio, confesó haver muerto un niño y comídoselo ella y su mancebo.

Así eran por dentro los asedios de ciudades en el siglo XVII. No había gloria, pero sí muchas penurias: enfermedades, canibalismo, locura… No es de extrañar que muchas personas perdieran la cabeza y proliferasen las cazas de brujas y profecías del apocalipsis.

Fuentes:

  • Parets, Miguel: De los muchos sucesos dignos de memoria que han ocurrido en Barcelona y otros lugares de Cataluña entre los años de 1626 a 1660, Tomo 5; en Memorial Histórico Español, Tomo 24. Madrid, Real Academia de la Historia, 1893.
  • Relaciones varias sobre el asedio de Tarragona en los Apéndices del Tomo 4 de la crónica de Miguel Parets, en Memorial Histórico Español, Tomo 23. Madrid: Real Academia de la Historia, 1891.
  • Cartas de algunos pp. de la Compañía de Jesús sobre los sucesos de la monarquía entre los años de 1634 a 1648, Tomo 4; en Memorial Histórico Españo, Tomo 16. Madrid: Real Academia de la Historia, 1862.
  • Hugo, Herman: Sitio de Breda rendida a las armas del rey don Phelipe IV. Amberes: ex officina Plantiniana, 1627.
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