El cruce del Somme, 1636

El emperador Carlos V, a caballo, en Mühlberg, Tiziano, 1548.

El vadeo más famoso de un río llevado a cabo por los ejércitos españoles en la época que trata este blog fue, sin duda, el del río Elba en 1547, una acción que hoy se conoce como la batalla de Mühlberg en la que el emperador Carlos V se cubrió de gloria. El segundo vadeo más celebrado de aquellos tiempos ha pasado mucho más desapercibido, bien que en su momento fue considerado “una de las más ardientes escaramuzas que se han visto en la guerra en muchos años“. Pero, ¿qué acción es esta…? Pues el cruce del río Somme, barrera defensiva natural de Francia, por los ejércitos de la Monarquía Hispánica, el Emperador, la Liga Católica de Alemania y el ducado de Lorena en 1636.

El famoso cruce tuvo lugar durante la invasión de Francia por los ejércitos de la Casa de Austria como consecuencia del ataque del país galo a los Países Bajos Españoles el año anterior; un ataque que acabó de modo desastroso. Los aliados austríacos iniciaron el contraataque en mayo de 1636, apoderándose de dos fortalezas fronterizas: La Chapelle y Le Câtelet, para luego amenazar las ciudades de Guise, Amiens y San Quintín. Pero los jefes de aquel gigantesco operativo militar que involucraba a casi 40.000 soldados, el Cardenal Infante Fernando, el conde Ottavio Piccolomini, el duque Carlos IV de Lorena y el general Johann von Werth, no querían enfrascar sus tropas en grandes asedios, sino “castigar” a los franceses devastando su tierra.

El cruce del Somme en 1636 fue “una de las más ardientes escaramuzas que se han visto en la guerra en muchos años

Para penetrar en las regiones más ricas (e indefensas) de Francia era necesario salvar un obstáculo importante: el río Somme, tras el cual los habitantes de la Francia rural se creían tan seguros como entre los muros de una ciudad fortificada. Nada más lejos de la realidad: desde su base de operaciones en Cambrai, don Fernando proyectó el vadeo del río, aún a costa de dejar a sus espaldas ciudades importantes. El punto elegido fue Bray-sur-Somme, entre Amiens y San Quintín. La decisión no fue fruto de la improvisación. Desde el verano anterior, y en previsión de una entrada en suelo francés, el barón de Balançon, uno de los oficiales más veteranos del ejército español, había reconocido la zona por medio de espías, y sabía que en Bray había una isla en medio de la corriente que podía fortificarse y facilitar el paso del río.

Desde Cambrai se proveyó al ejército coaligado de barcas y pontones para la operación, que se ejecutó el día 7 de agosto. El príncipe Tomás de Saboya, que gobernaba el ejército español en ausencia del Cardenal Infante, simuló con anterioridad una marcha sobre San Quintín para distraer a las fuerzas francesas que custodiaban la ribera: 14.000 hombres al mando del conde Louis de Soissons y el mariscal de Maillé-Brézé, a los que cabía sumar un buen número de campesinos armados que se movilziaron en defensa del país. La maniobra del príncipe Tomás no dio resultado. Soissons distribuyó sus tropas a lo largo del río en trincheras y pequeños fortines construidos por los campesinos de la zona. En aquel punto, el Somme, además de ancho y profundo, era pantanoso en los márgenes; aparentemente fácil de defender, en resumen.

Nada mejor que un mapa para comprender la enrevesada geografía de la zona. Este mapa de Herman van Loon muestra una vista invertida del lugar donde se produjo el cruce a finales del siglo XVII (el norte queda abajo). La sección de la derecha, donde el río se bifurca en tres brazos, fue la elegida para el vadeo.

La mañana del 3 de agosto Johann von Werth fue enviado con un regimiento de dragones a ocupar la aldea de Bray, que los franceses habían fortificado a conciencia, pero que encontraron abandonada. El marqués de Fontenay, que tenía el puesto a su cargo, había prendido fuego a la villa ante la aparición del enemigo y buscado refugio con sus soldados en la orilla sureña. Ese día, no obstante, la suerte acompañó a los galos, porque los dragones alemanes se distrajeron saqueando el pueblo, y aquello permitió a los 200 soldados que previamente lo defendían reocupar sus posiciones y rechazarlos. La subsiguiente aparición en las lomas que se alzaban a espaldas de Bray del ejército francés dispuesto para una batalla disuadió a los hispano-imperiales de tentar de nuevo el vadeo. En lugar de ello, acondicionaron una batería de 12 cañones y bombardearon el pueblo a conciencia.

La distración de los dragones de Werth permitió a los franceses frustrar el primer intento de cruzar el río

Fracasado el ataque sobre Bray, el príncipe Tomás, Piccolomini y Werth trazaron un nuevo plan. Si querían cruzar el río sobre seguro era forzoso obligar a Soissons a dividir sus fuerzas. Por ello lanzaron varios ataques de distracción en distintos puntos de la ribera. Los españoles atacaron el pueblo de Cappy, dos millas al este de Bray, pero fueron rechazados por el regimiento de Champagne, y aunque luego de adueñaron de un puente levadizo frente a Bray (acción que ejecutaron siete valiente que se lanzaron desnudos al agua y cortaron las cadenas del puente), no pudieron pasar más adelante. Los imperiales, entre tanto,  atacaron un molino y lo tomaron tras quebrantar con artillería la tenaz defensa que ofreció. Según algunas fuentes fue el caballero de Monteclair con 30 soldados del regimiento de la Marine quien lo defendió. Otras cuentan que todos los regimientos del ejército francés se turnaron uno tras otro para la defensa, y que hostigaron a los imperiales con el fuego de seis piezas de artillería.

El príncipe Tomás Francisco de Saboya retratado por Antoon van Dyck. General de escasa pericia, logró sus mayores éxitos al frente del ejército español. Su cambio de bando en 1641 le fue poco provechoso, al menos desde una óptica estrictamente militar.

Mientras se sucedían las escaramuzas entre ambas orillas, los batidores hispano-imperiales rastreaban la orilla del río en busca de un lugar a propósito para el cruce, pero sin suerte. Sin embargo, la casualidad quiso que la caballería lorenesa se perdiera buscando su cuartel y se topara con un punto donde el río se bifurcaba en tres ramales poco profundos: Cerissy, unas 5 millas al oeste de Bray. Los loreneses esguazaron el primer ramal a lomos de sus monturas, y vieron que unos campesinos que hacían pacer su ganado en la lengua de tierra central se llevaban el ganado a través del tercer ramal, de modo que también este era fácil de vadear. Solo iban a necesitar las barcas para el tramo central del río. Esteban de Gamarra, lugarteniente del príncipe Tomás, reconoció el lugar en persona, y lo que vio lo satisfizo en extremo.

Para no llamar la atención de Soissons, Gamarra retiró del paraje a la caballería lorenesa y la infantería que se encaminaba hacia allá, y comenzó a preparar en secreto la operación. El amparo de la noche pemitió al príncipe Tomás desplazar la infantería española con 6 pontones y varias piezas de artillería hacia Cerissy, mientras que el lugarteniente de Piccolomini, Jean de Beck, permaneció frente a Bray con parte del ejército imperial y toda la impedimenta en aras de que los galos no se percataran de la maniobra. Por desgracia, la oscuridad de la noche fue tal que los 500 españoles que iban en vanguardia con el sargento mayor Baltasar de Mercader se perdieron, y no encontraron su puesto hasta la amanecida. Perdida la sorpresa, Soissons envió hacia Cerissy al regimiento de Piamonte, a cargo del coronel Puysegur.

El lugar ideal para intentar al vadeo fue localizado de manera fortuita por un grupo de soldados extraviados.

Dado que Mercader y sus soldados tendrían que constuir el primer puente al descubierto, el príncipe Tomás dispuso la instalación de varias baterías de cañones en unas colinas cercanas. Mercader y su gente se echaron al fango cargados de fajinas y poco a poco fueron tendiendo el puente improvisado. Lo hicieron a despecho de las granizadas de balas que fronto comenzaron a lloverles desde la orilla opuesta, porque ya Puysegur había llegado, y con él iba un escuadrón de 400 caballos y un buen golpe de campesinos armados. Pese a lo difícil de la tarea, pronto los hombres de Mercader terminaron el primer puente, y pasaron entonces a la islita que había de servir de base para tender el puente principal. En estas estaban, cuando se les acabaron los pontones…

Alonso Pérez de Vivero y Menchaca, conde de Fuensaldaña, fue de los que más se distinguió en el cruce del río. Posteriormente fue gobernador de las armas del ejército de Flandes.

El grave contratiempo que supuso la falta de barcas pudo haber dado al traste con la operación, pero en la islita había alguna gente de hígados, y a falta de barcas, Baltasar de Mercader y el maestre de campo Alonso Pérez de Vivero, conde de Fuensaldaña, decidieron embarcar 40 mosqueteros veteranos en una barquichuela para ir a hostigar a los franceses mientras no llegaban nuevos pontones. Estos 40 temerarios fueron comparados a posteriori con los 10 españoles que cruzaron primero el Elba en la batalla de Mühlberg, y muchos lamentaron que sus nombres no fuesen recordados, porque fueron quienes mayores estragos provocaron en las filas galas, al tiempo que, huelga decir, los que más peligro corrieron.

El combate cobró a la sazón gran ferocidad. Sucedía que mientras la artillería española hacía fuego desde buenas posiciones, Puysegur no podía poner sus hombres a cubierto más que en una zanja poco profunda. El regimiento de Piamonte soportó un duro castigo en forma de cañonazos y tiros de mosquete, pero hasta que no hubieron los españoles acabado el puente principal y pasado a la orilla sur, no flaquearon. “Se comportó bien y peleó con tanta porfía, que sin injuria merece ser estimado aunque sea de nuestros enemigos“, anotó una pluma española. Entonces se acercó hasta el frente el príncipe Tomás, y los españoles dieron el empujón final para acabar de rechazar a los franceses. Los hombres de Fuensaldaña pusieron pie en la orilla sureña y comenzaron la construcción de una media luna defensiva.

El regimiento de Piamonte “se comportó bien y peleó con tanta porfía, que sin injuria merece ser estimado aunque sea de nuestros enemigos

Imposibilitados de contener a los españoles, el coronel Puysegur y los hombres que le quedaban se replegaron a un bosque cercano a la espera de refuerzos. Pero no vino ningún socorro, y pronto las descargas españolas de artillería comenzaron a arrancar los árboles. Seis horas hacía ya que se combatía, cuando Puysegur recibió la visita del conde de Fiesques, que le preguntó cual era el estado de su gente. El coronel francés respondió que le quedaban 200 hombres en pie, y que al cabo de dos horas, no le quedaría ninguno. Al cabo de poco, Soissons envió un oficial del regimiento de Champagne a notificar a Puysegur que tenía permiso para retirarse si lo juzgaba conveniente. Irritado por el formulismo, Puysegur respondió que de allí no saldría sin recibir una orden expresa de hacerlo. Soissons, informado, repitió de nuevo su “orden”, pero por segunda vez Puysegur replicó que le quedaba gente todavía en pie. 60, dijo. A tales alturas, Soissons temía quedarse sin tiempo para un repliegue, de modo que ordenó la retirada. Aunque todavía podía presentar batalla, solo contaba con 6 pequeños cañones, y sus municiones escaseaban.

Esta magnífica panorámica del cruce es obra del pintor flamenco Pieter Snayers. Aunque representa fidedignamente la operación, contiene algunas imprecisiones. Por ejemplo, la presencia del Cardenal Infante Fernando, que se encontraba en Cambrai.

Puysegur perdió otros 24 hombres en el precipitado repliegue, de manera que puede afirmarse que el regimiento de Piamonte fue prácticamente aniquilado. Sus pérdidas ascendieron a 13 capitanes, 14 tenientes, 16 cabos y 700 u 800 soldados. La retaguardia francesa fue severamente amenazada por la caballería española y alemana en su presurosa retirada hacia la ciudad de Noyon. “No se hallaba por los caminos que cuerpos muertos y armas de las cuales los franceses se descargaban para huirse más ligeramente“, cuenta una relación de la batalla. Todas las tierras entre los ríos Somme y Oise quedaron entonces a merced de los invasores, y el pánico cundió en París. Pero esa es otra historia.

Fuentes:

  • Vincart, Juan Antonio: Relación de la campaña de Flandes en 1636, en Colección de Documentos Inéditos para la historia de España. Tomo LIX. Madrid: Miguel Salvá y el Marqués de Fuensanta del Valle, 1873.
  • Relacion de todo lo susedido en las fronteras de Francia deste año de mil y seiscietos treinta y seis y de la pressa de Beruim y de otras plazas que se han rendido a las armas de España. Valencia: Miguel Sorolla, 1636. Biblioteca Valenciana digital.
  • Sucessos y vitorias de las catolicas Armas de España, y del Imperio en Francia, y otras Prouincias, desde 22 de Iunio deste año hasta 20 de agosto del mismo de 1636. Valencia: Miguel Sorolla, 1636. Biblioteca Valenciana digital.

Bibliografía:

  • Daniel, Gabriel: Histoire de France depuis l’établissement de la monarchie françoise dans les Gaules, Volumen 14. París: les libraires associés, 1756.
  • Michaud, Joseph Fr.: Nouvelle collection des memoires pour sera l’histoire de France, depuis le XIIIe siecle jusqu’a la fin du XVIIIe, Volumen 5. París: s.n., 1837.
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Un comentario

  1. […] Francisco (este, 2º al mando del Cardenal Infante Fernando en Flandes y a quien vimos liderando el cruce del Somme) no aceptaron la maniobra, con lo cual dio comienzo una guerra civil en la que uno y otro bando […]

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