El socorro de Güeldres y la toma de Kerpen en 1638

La carroza tiunfal de Kallo, de Peter Paul Rubens, símbolo de la victoria española en la batalla de Kallo.

El de 1638 fue un año de grandes acontecimientos militares en los Países Bajos Españoles. Era el cuarto año de guerra que las fuerzas españolas en Flandes afrontaban con dos frentes simultáneos, el francés en el sur y el holandés en el norte y en el noroeste. Tras el fracaso de los planes de los Habsburgo para fozar a Francia a una rápida rendición en 1636, la guerra había llegado a un punto muerto. En 1637 los holandeses habían recuperado la simbólica Breda al precio de perder las ciudades de Venlo y Roermond, dos valiosas cabezas de puenta sobre el Mosa. La pérdida les impedía seguir amenazando el corazón de las provincias Católicas, pues no tenían forma de lanzar tentativas importantes de invasión desde la aislada Maastricht. Tampoco los franceses habían visto triunfar sus planes aquel año, al no lograr tomar ninguna plaza de importancia en el condado de Hainault. Llegado 1638, los Estados Generales de las Provincias Unidas, con el apoyo del príncipe de Orange, decidieron que el momento de arrebatar Amberes a los españoles había llegado. Por su parte, los franceses decidieron asentar su presencia en el condado de Flandes con la toma de la plaza de Saint Omer.

Tras el fracaso de los planes de los Habsburgo para fozar a Francia a una rápida rendición en 1636, la guerra había llegado a un punto muerto

Los planes franco-holandeses cayeron en saco roto de forma dramática, especialmente para los holandeses. Francia perdió miles de hombres en los pantanos que rodeaban Saint Omer durante un largo y costoso asedio al que el rey Luis XIII llegó a acudir en persona, bien que solo para retirarse avergonzado. Los holandeses, por su parte, sufrieron la destrucción de un cuerpo completo de 6.000 hombres que había desembarcado en la orilla flamenca del Escalda para apoderarse de varios fuertes del cinturón defensivo de Amberes. Esta última acción, conocida como la batalla de Kallo, fue muy celebrada por los habitantes de las provincias católicas y disuadió a Frederik Hendrik de Orange de intentar sitiar la ciudad. El viejo estatúder, sin embargo, no pensaba suspender sin más la campaña, sino buscar un objetivo asequible cuya consecución mejorara la situación estratégica de las Provincias Unidas. Orange creyó encontrarlo en la ciudad de Güeldres. Esta fortaleza era el principal centro de actividad española en la frontera oriental de las provincias rebeldes. Desde allí se había organizado el golpe de mano que tomó el fuerte de Schenk (Schenkenschans) en 1635, y su posesión por los españoles era una amenaza constante a la navegación por el Rin. Por eso Frederik Hendrik decidió que era necesario conquistarla.

El asedio holandés

La ciudad de Güeldres (hoy Geldern, o Gelre, en holandés), representada en el Atlas van Loon, del geógrafo Willem Frederik van Loon, en 1649.

Tras descansar durante algunas semanas en los alrededores Bergen Op Zoom, recuperándose del ajetreo de los desplazamientos y los preparativos para la frustrada jornada de Amberes, el ejército holandés hizo frente de banderas en la ciudad de Bolduque. De allí partió el 14 de agosto para alojarse brevemente en varias poblaciones situadas a lo largo del Mosa, entre las ciudades Grave y Ravestein. Al día siguiente Frederik Hendrik ordenó al joven Hendrik Casimir, estatúder de Frisia, que se adelantara con 50 compañías de infantería y 9 cornetas de caballería (un total aproximado de 5.000 hombres) y atravesara el río Rin en Rheinberg para comenzar el asedio de la plaza de Güeldres, cuya guarnición se componía por entonces de 1.500 hombres al mando del español Andrés del Prado. Hendrik Casimir llegó a la vista de la ciudad el día 17. Poco antes había entrado en ella Guillermo de Bette y de Berghes, marqués de Lede -o de Leiden- con un socorro de 1.000 infantes y 400 caballos que el Cardenal Infante había enviado prudentemente al conocer los informes que alertaban de que las fuerzas holandesas se concontraban en Ultramosa, amenazando Gennep y la propia Güeldres.

Los holandeses comenzaron la construcción de una línea de cincunvalación para aislar Güeldres de un eventual socorro español

Tras pernoctar en Cleves el día 18, el príncipe de Orange hizo acto de presencia frente a la ciudad la noche del 21 al 22 con el grueso del ejército, integrado por 132 compañías de infantería y por 50 de caballería. Hendrik Casimir había comenzado a fortificarse con trincheras y empalizadas al suroeste de la ciudad, junto al río Niers, y cerca del molino de Veloreisen había dispuesto la construcción de un fuerte real y de un molino para estancar las aguas del río, privando de ellas a los defensores de la ciudad. El príncipe de Orange y el conde de Solms establecieron sendos cuarteles alrededor de la plaza, el primero en Hartefeld y el segundo en Weert, y comenzaron, asimismo, la construcción de una línea de cincunvalación para aislar Güeldres de un eventual socorro español. Mientras los gastadores hacían su trabajo, dificultado por estar asentada la plaza en terreno bastante pantanoso, los comandantes holandeses establecieron guardias de caballería y apostaron centineles en las principales vías de acceso para salir al paso de cualquier convoy o tropa de socorro. El coronel valón Crummen, gobernador de la cercana plaza española de Straelen, envió a los sitiados un refuerzo de 300 hombres el mismo día 21, pero los sitiadores bloqueaban para entonces todos los caminos posibles.

Reacción española

El Cardenal Infante Fernando de Austria, hijo de Felipe III, gobernador de los Países Bajos Españoles y capitán general del ejército de Flandes, retratado por Anton van Dyck en 1634 (Museo del Prado).

Las autoridades españolas no se obnubilaron con el tiunfo de Kallo, pues reaccionaron con notable rapidez para prevenir la pérdida de su principal fortaleza en la provincia del Alto Güeldres. Además del envío del socorro de 1.400 hombres a cargo del marqués de Lede, el Cardenal Infante Fernando expidió urgentemente a don Francisco de Castro, su caballerizo, en busca del general imperial Guillermo de Lamboy, que en aquellos momentos transitaba desde Artois hacia Westphalia con un cuerpo de 2.800 infantes y 1.200 caballos de las tropas imperiales que combatían en los Países Bajos bajo el mando del conde Piccolomini. Lamboy preveía unirse al ejército imperial de Westphalia, al mando del mariscal Melchior von Hatzfeld, que reclutaba tropas a toda prisa para atajar una probable invasión del noroeste alemán por parte del conde palatino Carlos Luis, hijo del depuesto elector Federico V. Los imperiales no estaban en guerra con las Provincias Unidas, cuya existencia ni siquiera reconocían, pero el hecho de que Carlos Luis utilizara tierras holandesas como punto de apoyo para su invasión jugaba una baza a favor de don Fernando, que logró convencer a Lamboy de que diera la vuelta con sus tropas y cruzara el Mosa en la isla de Stevensweert para unirse a su ejército en Diest.

Los españoles convencieron al imperial Lamboy para unirse a su ejército en Diest y colaborar en el socorro de Güeldres

Por otro lado, el Cardenal Infante se ocupó también de restablecer su mermado ejército de campaña, que después de la batalla de Kallo y de varias escaramuzas con las tropas holandesas en el área de Bergen Op Zoom sumaba solamente 4.000 infantes y 2.000 caballos. Don Fernando hizo traer de Luxemburgo al regimiento alemán de Jean de Beck y al tercio español de Esteban de Gamarra, y reclamó del frente francés el tercio español del marqués de Velada. Mientra aguardaba la llegada de estas tropas en la ciudad de Bruselas, sede del gobierno español, el joven príncipe celebró el 19 de agosto un consejo de guerra con su círculo de confianza. Asistieron Peter Roose, presidente del Consejo Privado, su confesor personal, fray Juan de San Agustín; don Felipe de Silva, castellano de Amberes; y otros hombres de armas como los marqueses de Cerralvo y d’Este; los ancianos barón de Balançon y conde de Fontaine, y el veedor general del ejército, Luis Felipe de Guevara.

Los dos consejeros civiles del Cardenal Infante, en quienes  Olivares confiaba para aplacar con su prudencia la fogosidad del hermano del rey, aconsejaron tomar una resolución cautelosa, alegando a que no merecía la pena arriesgar toda la provincia por una sola plaza. Roose y el confesor opinaban, no sin razón, que resultaba imprudente atacar a un enemigo atrincherado y superior en número. Todo lo contrario representaron los militares, a cuyo juicio la victoria de Kallo caería en saco roto si se perdía Güeldres. En opinión de los mílites, cuya confianza había crecido mucho tras la victoria de Kallo, era imprescindible atacar a los holandeses antes de que comenzaran la construcción de una línea de cinrcunvalación, pues era bien sabido que “nunca se ha socorrido plaça en aquellos estados, sitiada por los holandeses, quando se les dà veinte dias de tiempo para fortificarse“. Fernando se inclinó por el consejo de los soldados, y tras rezar en la Basílica de Nuestra Señora de Monteagudo, en Zichem, se puso en camino el 20 de agosto con su ejército y las tropas del general Lamboy hacia la ciudad de Venlo, a orillas del Mosa.

Nunca se ha socorrido plaça en aquellos estados, sitiada por los holandeses, quando se les dà veinte dias de tiempo para fortificarse

Guillermo de Lamboy, comandante de las tropas imperiales destacadas en los Países Bajos Españoles (Pieter de Jode).

El ejército hispano-imperial tomó sus cuarteles en Venlo la mañana del 23 de agosto. Mientras los hombres descansaban de la dura marcha de tres días, Fernando y sus lugartenientes dispusieron que todo el ejército pasara a la orilla oriental del río al caer la noche. De ese modo se evitaría que, en el caso de haber espías holandeses en la ciudad, pudieran conocer el número de tropas que sumaban los ejércitos católicos. La mañana siguiente el Cardenal infante hizo formar sus tropas en escuadrones en La Bruyere y envió batidores hacia Güeldres para hacerse una idea del estado del asedio. La mayor preocupación del infante, con todo, era que Guillermo de Lamboy no se aviniese a combatir contra los holandeses llegado el momento. El marqués de Cerralvo, que había sido poco antes embajador en la corte imperial en Viena, le aseguró que Lamboy no dudaría, de modo que, tras dos días de demora, el ejército conjunto se puso en marcha hacia Güeldres. Aquel mismo día se presentaron ante Lamboy un correo del arzobispo de Colonia y un emisario del príncipe de Orange. El primero traía para el liejés un aviso de que los palatinos habían cruzado el Rin. El segundo le recordó la neutralidad del emperador para con las Provincias Unidas, a lo que el Lamboy le respondió con diplomacia que la neutralidad no iba a ser violada, sino que él iba a buscar a los enemigos del emperador.

Planes de batalla

El 25 de agosto los ejércitos español e imperial se alojaron en los alrededores de Straelen, plaza situada a solo una legua y media de la sitiada Güeldres. El Cardenal Infante celebró ese día un consejo de guerra para decidir cómo y por dónde socorrer la ciudad. Para ello escuchó con especial interés los pareceres de los oficiales que conocían mejor la región, a saber: el marqués de Lede, el coronel Crummen, que como se ha dicho era gobernador de Straelen, y Juan de Verdugo, hijo del famoso gobernador de Frisia Francisco Verdugo. Crummen dijo al infante que el lugar más propicio era el fuerte de Sint Jan, y se ofreció a tomarlo por asalto con un millar de infantes. Por otro lado, don Fernando había recibido una carta del gobernador de Güeldres, Andrés del Prado, en la que este le recomendaba atacar por la iglesia de Weert, donde tenía su cuartel el conde de Solms, añadiendo que él dispondría una salida simultánea de 2.000 hombres de la guarnición para coger a los holandeses entre dos fuegos y desbaratarlos. El joven príncipe se mostró dubitativo, pero finalmente se decantó por el ataque a través de Sint Jan, pues el cuartel de Solms se asentaba en terrano pantanoso difícilmente practicable. Luego puso en orden a sus tropas, y ya entrada la noche, entre las doce y la una de la madrugada, dio la orden de marchar al combate.

Tropas españolas en movimiento con varios comandantes en primer plano (fragmento de “De Oudewaterse moord”, de Dirk Stoop).

El orden de batalla del ejército de socorro fue el siguiente: en vanguardia un escuadrón volante formado por 1.000 infantes al mando del coronel Crummen, de ellos 300 españoles del tercio de Fuenclara, 300 alemanes de los regimientos al servicio de Felipe IV, y 400 valones de la guarnición de Straelen. Crummen llevaba consigo dos carromatos, uno con granadas para asaltar los reductos holandeses y otro con palas y zapas para abrir brechas en los parapetos. Luego venía un cuerpo de 2.000 caballos valones y españoles a las órdenes del teniente general Sigismondo Sfondrati y de Francisco de Villamor, comisario general. A estos precedía un batallón de infantería de 800 españoles al mando del sargento mayor Baltasar de Mercader. Este batallón se componía del grueso del tercio de Fuenclara junto con 5 compañías del tercio de Velada, y llevaba consigo 6 piezas de artillería (2 cuartos y dos medios cuartos) con 4 carros de pólvora y munición. Seguidamente venía un batallón de 1.100 hombres, 300 italianos y 800 alemanes, al mando del irlandés Thomas Preston, gobernador de Gennep. A continuación marchaban dos batallones alemanes imperiales de 600 hombres cada uno, ambos bajo el mando del marqués de Mattei.

El Cardenal Infante gustaba de tener cerca a sus comandantes más experimentados para pedirles consejo

El Cardenal Infante Fernando, con las dos compañías de su guardia y sus entretenidos y seguidores, se unió al cuerpo imperial de Lamboy, que formaba la retaguardia del ejército y esperaba no tener que intervenir en la lucha. Cerraban la marcha el regimiento alemán de Brion y el tercio valón de Ribacourt, ambos al servicio del rey español. En cuanto a los víveres y el bagaje, quedaron en Straelen con una guardia de 400 infantes y 100 caballos. Por parte española, el anciano conde de Fontaine, que moriría en Rocroi, tenía el mando de la infantería, y Sigismondo Sfondrati, marqués de Monttafia, el de la caballería. El portugués Felipe da Silva y el marqués de Lede actuaban como los oídos y ojos de don Fernando sobre el campo, habiendo recibido uno y otro órdenes del infante de acudir a los lugares más comprometidos para echar mano de su veteranía si la situación se complicaba. Cabe decir aquí que, a la hora de combatir, el Cardenal Infante gustaba de tener cerca a sus comandantes más experimentados para pedirles consejo uno por uno, en lugar de a todos a la vez en un consejo de guerra, donde los ánimos podían encenderse con facilidad.

El socorro

Batalla entre caballería e infantería (seguidor de Sebastian Vrancx).

La caballería holandesa que batía la campiña hizo sonar las alarmas en los cuarteles del ejército sitiador con antelación suficiente como para que el príncipe de Orange dispusiera sus tropas en orden de combate. Pese a contar con más hombres que los hispano-imperiales y estar moderadamente atrincherado, Orange prefirió emprender la retirada antes que arriesgarse a una batalla campal contra los españoles si estos penetraban, como era previsible, en el inacabado cinturón defensivo. La derrota de Kallo estaba muy presente en la mente del general holandés, cuyas tropas comenzaron a abandonar en buen orden su cuartel de vuelta hacia Rheinberg. Las retiradas del conde de Solms y de Hendrik Casimir no eran tan sencillas, pues ambos tenían que pasar a la orilla oriental de río Niers. El primero no tuvo grandes dificultades a pesar de sufrir un fuerte bombardeo de la artillería de Güeldres. El joven Hendrik Casimir, cuyo cuartel comprendía el fuerte de Sint Jan y, por lo tanto, era hacia el que se dirigía el ejército de socorro, fue mucho menos afortunado. Dispuso la retirada con presteza y sangre fría, pero sufrió un contratiempo que le costó caro.

El príncipe de Orange prefirió emprender la retirada antes que arriesgarse a una batalla campal contra los españoles

La artillería de Hendrik Casimir, que se componía de 6 cañones, quedó atrapada en terreno pantanoso al hundirse bajo su peso el improvisado puente de madera por el que el comandante holandés hacía pasar sus tropas. Hendrik Casimir no quiso abandonar su artillería, y se empeñó en desatascarla, perdiendo un tiempo precioso para poner tierra de por medio. Los españoles, entre tanto, llegaron frente al fuerte de Sint Jan tras una hora de camino, a las 3 de la madrugada, y lo encontraron abandonado. Los soldados del batallón de Crummen abrieron con sus herramientas caminos para la caballería, que bien gobernada por Francisco de Villamor fue entrando en orden y dio aviso en Güeldres de que el momento de cargar contra el enemigo había llegado. Andrés del Prado tenía dispuestos 1.000 infantes y varias tropas de caballería para la función. Unos y otros embistieron con fiereza a las desorganizadas tropas de Hendrik Casimir, que acometidas también por la espalda se desbandaron en dirección a Hartefeld sin ofrecer resistencia. Muchos fugitivos quedaron atrapados en los pantanos y fueron literalmente “tailles en pieces” por los españoles, o sea, despedazados. Solo unos pocos escaparon al calor de la caballería que Frederik Hendrik envió en su auxilio.

El infante Manuel de Portugal, hijo del Prior de Crato. Se casó con una hija de Guillermo de Orange y llevó una vida tormentosa que llegó a su fin en un convento flamenco (Wikimedia Commons).

Las estimaciones modernas hablan de unos 1.000 holandeses muertos o apresados, frente a los 6.000 que publicitaron las antiguas relaciones españolas, a todas luces exageradamente. Entre los prisioneros de más renombre puede mencionarse a Georg Frederik de Nassau-Siegen, primo del príncipe de Orange, a un hijo del conde Hendrik van den Bergh, que se había pasado al bando holandés en 1632, y a Manuel de Portugal, hijo de Antonio, Prior de Crato, el mismo que había disputado la corona de Portugal al rey Felipe II. También fueron hechos prisioneros un sargento mayor y 5 capitanes de infantería. Además de los 6 cañones de Hendrik Casimir, los españoles tomaron 3 cornetas de caballería y dos puentes de barcas. Las pérdidas del ejército católico fueron mínimas: solamente 3 muertos y 7 heridos, ninguno de ellos de alto rango, prueba de que el cuerpo de Hendrik Casimir fue sorprendido en completo desorden y no pudo presentar una resistencia efectiva. A las 7 de la mañana, socorrida la plaza, el Cardenal Infante rezó en la iglesia mayor de Güeldres con sus oficiales, dando gracias a Dios por la victoria.

Entre los prisioneros se encontraba Manuel de Portugal, hijo de Antonio, Prior de Crato, que había disputado a Felipe II la corona portuguesa

El príncipe de Orange, visto que los españoles llevaban ánimo de combatir y que los fugitivos del cuerpo de Hendrik Casimir tenían escasas oportunidades de salvarse sin su ayuda, decidió permanecer atrincherado en Hartefeld. Los ejércitos español e imperial se presentaron a la vista de su cuartel entrada la mañana, desafiándole a combatir. Pero el estatúder holandés, que tras sus trincheras y parapetos se sentía más seguro que no a campo abierto, declinó la oferta. Don Fernando no llegó a valorar la posibilidad de asaltar el cuartel holandés. La ciudad había sido socorrida, y lanzar un asalto contra un enemigo numeroso y protegido tras sólidas fortificaciones, a aquellas alturas, no tenía sentido. En cualquier caso, el 5 de septiembre el ejército holandés estaba de regreso en Rheinberg. Los españoles se retiraron entonces a Venlo y Roermond, y de allí pasaron brevemente al país de Cuijk para vigilar los movimientos de Orange, que se acantonó en la zona de Nimega para tener a mano los fuertes que custodiaban los ríos Rin y Waal. En octubre ambos ejércitos se retiraron a sus cuarteles de invierno.

La toma de Kerpen

Los holandeses sufrieron un último revés antes del cierre invernal de la campaña. El 16 de octubre, y por órdenes del Cardenal Infante, el marqués de Lede se puso sobre la villa de Kerpen, situada en el ducado de Juliers a dos leguas de la ciudad de Colonia, al frente de de 3 regimientos de infantería, 19 cornetas de caballería y 6 cañones. La guarnición holandesa, que ocupaba la plaza desde hacía cuatro años, se componía en aquel entonces de 300 infantes al mando del Señor de Bronckhorst, y se dedicaba principalmente a saquear y a levar contribuciones de guerra en las aldeas de la región, así como también a hostigar a los viajantes y convoyes de mercadurías que transitaban entre las ciudades de Colonia y Juliers, hasta el punto de que el tráfico comercial entre estas dos plazas había caído en picado. El 18 de octubre los sitiadores habían bastido una batería con sus cañones e iniciaron un terrible bombardeo sobre Kerpen con bombas incendiarias. Dos días después la guarnición se rindió. La villa estaba demasiado lejos de las fronteras de Holanda como para recibir socorro, y no había otra opción para los defensores que rendirse a partido. Pese a ello, Bronckhorst fue duramente reprendido, pues disponía de víveres y municiones en abundancia. El marqués instaló en la plaza una guarnición de 300 infantes y 150 caballos. Ahora sí, la campaña de 1638 llegó a su fin.

Bibliografía

  • Commelin, Isaak: Histoire De La Vie & Actes memorables De Frederic Henry de Nassau Prince d’Orange: Enrichie de Figures en taille douce et fidelement translatée du Flamand en Francois : Divisée en Deux Parties. Amsterdan: Jansson, 1656.
  • Le Clerc, Jean: Histoire Des Provinces-Unies Des Païs-Bas: Depuis la Neissance de la Republique jusqu’à la Paix d’Utrecht & le Traité de la Barriere conclu en 1715. Volumen 2. Amsterdam: Chatelain, 1728.
  • Palafox y Mendoza, Juan: Obras del ilustrissimo Don Juan de Palafox y Mendoza. Tomo 10. Madrid: en la Imprenta de Don Gabriel Ramirez, 1762.
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One comment

  1. […] hasta 1638. El obispo Juan de Palafox y Mendoza refiere un muy uso probable de granadas de mano en el socorro de Güeldres en su obra Sitio y socoro de Fuenterabia y sucesos del año mil y seiscientos y treinta y ocho […]

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