Alojamientos conflictivos en Castilla, año 1645. Un caso que llegó a oídos del rey

He aquí un pequeño artículo creado con material publicado por un servidor en el foro El Gran Capitán, ampliado, y con diversas aclaraciones añadidas.

Francisco de Valdés, veterano de la Guerra de Flandes y autor del tratado militar Espejo y discriplina militar, impreso en Bruselas en 1589 (Cornelis Visscher).

Los abusos cometidos por los soldados contra la población civil enemiga –o incluso la propia–, ya sea por la necesidad de subsistir de la tropa o por cualquier otro motivo, son una constante en las campañas militares de la edad moderna. “El dia que uno toma la pica para ser soldado, esse dia, renuncia a ser christiano“, escribió el maestre de campo español Francisco de Valdés en 1589. Si bien los casos más conocidos y documentados de los abusos cometidos por la soldadesca contra los campesinos son, probablemente, los que en 1640 degeneraron en la revuelta catalana de los segadores, también los sufrieron los desafortunados labriegos de otras partes de España tras la apertura de un segundo frente militar peninsular a lo largo de la nada desdeñable frontera de Castilla con Portugal. Los habitantes de la comarca histórica de Campos de Salamanca o Campo Charro, parte central de la actual provincia de Salamanca, en Castilla y León, sufrieron un auténtico calvario durante meses a manos de dos compañías españolas de coraceros, o caballos corazas, al mando de los capitanes Alonso de Mella y Diego Pescador.

Los casos más conocidos de abusos cometidos por la soldadesca son los que en 1640 degeneraron en la revuelta catalana, pero hubo otros en España

En 1645, año en que se produjeron los desmanes que explicaré a continuación, Alonso de Mella y Diego Pescador llevaban ya cierto tiempo combatiendo en el frente portugués. Encuadrados en el precario ejército de Castilla la Vieja, con sede en la localidad de Puebla de Sanabria, ambos habían participado en una destructiva incursión contra la región fronteriza portuguesa de Lubián en otoño de 1643, y Diego Pescador combatía por lo menos desde 1641, año en que se halló presente en la destrucción del pueblo de Moimenta, descrito como una “ladronera de judíos que chupaban toda la hacienda de los tristes gallegos y sanabreses“. Parece ser que el invierno de 1645 las compañías de los dos capitanes, que sumaban en total unos 120 soldados, estaban alojadas lejos del frente, en la retaguardia. Auspiciados por Juan de Montano, oficial superior cuyo rango no he podido esclarecer, Alonso de Mella y Diego Pescador, perpetraron una lista de tropelías y robos de tal calibre que, a través del Consejo de Castilla, llegaron a oídos del mismísimo rey Felipe IV. El presidente del Consejo de Castilla escribió al monarca, entristecido, que aquel asunto era “para quebrar el corazón” y vaticinó que con semejante tropa no podía esperarse “buen suceso en la guerra“.

El rey Felipe IV, retratado en Fraga con indumentaria militar en 1644 (Diego Velázquez).

El artífice de todo era el mencionado Juan de Montano, que debía ser comisario general de caballería, atendiendo a que gestionaba los alojamientos de la tropa. Bajo amparo de este siniestro personaje, Alonso de Mella y Diego Pescador se dedicaban a correr la dehesa castellana como si estuvieran en tierra enemiga. El modus operandi de sus tropelías era el siguiente: señalado por Montano un pueblo determinado, los coraceros y sus oficiales entraban en el lugar esgrimiendo sus pistolas y carabinas para amedrentar a los paisanos. Luego llamaban a gritos a los regidores y los amenazaban para evitarse el procedimiento estándar de que estos comprobaran cuantos alojamientos debían ser dispuestos. Lo que hacían entonces era pedir boletas, o sea, las cédulas que se daba a los soldados señalando a cada uno la casa donde debía alojarse, pero lo hacían para plazas muertas, o sea, para soldados que solo existían sobre el papel, y por los que cobraban entre 8 y 12 reales cada día.

Los soldados pedían boletas de alojamiento para plazas muertas, o sea, para soldados que solo existían sobre el papel

A continuación, los soldados entraban en las casas y posadas del pueblo con las armas en la mano y pedían “comida y regalos extraordinarios“, ya que el carnero, las gallinas, el pescado y el palomino se lo daban de comer a sus perros. Los campesinos que los hospedaban tenían que alimentar también a sus esposas, criados y caballos, y pagar entre 12 y 16 reales a cada soldado. Pese a que muchos de los soldados iban acompañados por sus propias mujeres o mujerzuelas, algunos de ellos no se estaban de yacer en la cama con las esposas e hijas de los campesinos, por lo que se produjeron numerosas violaciones. A causa de esta triste circunstancia muchos labriegos abandonaron sus casas en busca de lugares donde refugiarse. Los que viajaban por los caminos, sin embargo, corrían el riesgo de toparse con las dos compañías en una de sus cabalgadas por el campo, cuyos sembrados talaban como si estuvieran aen tierras portuguesas. Arriesgarse a viajar en solitario por la provincia suponía exponerse a ser asaltado por grupos de soldados desbandados, con riesgo de violación para las mujeres.

Campesinos y soldados combaten fuera de una taberna (Jan Havicksz Steen).

Por último, y antes de marcharse, los hombres de Alonso de Mella y Diego Pescador rompían arcones, cofres y puertas con hachas, y saqueaban cuanto querían. Luego realizaban el acto llamado “pedir paz“, consistente en exigir a los campesinos una remesa extra de 50 o 60 reales, y abandonaban el pueblo saqueado llevándose el ganado y las aves de corral. Aquel pueblo que deseara verse libre de la ocupación o evitar la visita de los soldados, no tenía más remedio que mandar un representante a Puebla de Sanabria para negociar con Juan de Montano el pago de una exención económica. Consternado, Felipe IV escribió la siguiente nota al presidente del Consejo de Castilla: “He mandado con todo agrieto se remedien los insultos de estas compañías y que sean castigados los culpados, yendo á ello Juez de satisfacción“. Qué castigo se aplicó a los dos capitanes es una incógnita que, por el momento, no he logrado esclarecer.

El caso llegó al conocimiento de Felipe IV, quien ordenó poner fin a los desmanes y castigar a los culpables

Como nota final, merece la pena profundizar en el caso personal de Alonso de Mella. Este capitán tenía por amante a una mesonera natural de Medina del Rioseco, a la que los soldados apodaban “la Capitana” precisamente por ser su compañera de cama. La mujer tenía tres criados y tres criadas a su disposición, además de cinco caballerizos, uno para cada uno de sus caballos. Esta “capitana” recibía el dinero de cinco bocas muertas, es decir, 45 reales al día, y cometía toda clase de robos y abusos en los pueblos de Campos de Salamanca. Cuando Alonso de Mella, por motivos que ignoro, fue detenido por la Inquisición y encerrado en prisión, la Capitana comenzó a socorrerlo cada 15 días con una suma de 80 reales de lo robado. Aquella era, sin duda, la decadente España de la picaresca.

Bibliografía:

  • Real Academia de la Historia: Papeles del Consejo (1643 a 1647). Cámara de Castilla (Biblioteca del Marqués de Fuensanta del Valle), en Colección de Documentos Inéditos para la historia de España, tomo 95. Madrid: imprenta de Rafael Marco y Viñas, 1890.
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2 comentarios

  1. Carlos Valenzuela · · Responder

    Muy interesante. Lo cierto es que el tema de las depredaciones de los soldados sobre la población civil – más en esta época – fueran soldados de su nación o de su propio bando, fue siempre motivo de conflicto. No es de extrañar que tras muchas batallas – como las de Pavía – se organizasen bandas de campesinos con el objeto de perseguir a su vez a los soldados vencidos que huían, fueran – naturalmente – de un bando u otro.

    Un saludo

    1. Los campesinos, ciertamente, se vengaban de los abusos sufridos a la menor oportunidad. Ese era el riesgo al que se exponían los soldados que se desbandaban en busca de comida o de botín. ¿Has leído un libro llamado “El aventurero Simplicissimus”, de Hans Grimmelhausen? Presenta un buen –y cercano– retrato de la carga que supuso la Guerra de los 30 Años para los campesinos alemanes.

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