El marqués de Torrecuso, un militar en tiempos de crisis

Un retrato del marqués para acompañar la descripción de Estébanez Calderón (tomado de Vite, et azzioni di personaggi militari, e politici, de Galeazzo Gualdo Priorato)

La fisonomía austera de este General, sus ojos negros y severos, su cara descarnada, su cabellera también negra, y lo copioso y largo de sus mostachos, fueran bastante, si sus acciones no lo confirmaran, para señalar que la militar disciplina tenía en él un maestro vigilante é inexorable…” De esta forma describe Serafín Estébanez Calderón, autor de la obra De la conquista y pérdida de Portugal, a Carlo Andrea Caracciolo; napolinato, marqués de Torrecuso, cuyo nombre ha aparecido varias veces en las páginas de este blog. Caracciolo fue uno de los principales generales de Felipe IV, y uno de los mejores hombres de armas de la monarquía en el siglo XVII. Su experiencia resultó decisiva en una época de crisis, con guerras inflamadas en Flandes, Alemania e Italia, y con Cataluña y Portugal alzadas en armas y dispuestas a sostener luchas interminables. Pero, ¿quién es este Caracciolo, y qué es lo que hizo para que sus acciones fuesen tan celebradas?

De las Querquenes a Brasil

Carlo Andrea Caracciolo, futuro marqués de Torrecuso, nació en la ciudad de Nápoles en 1583, en el seno de una familia noble cuyos miembros ocupaban cargos de importancia desde los tiempos de la dominación aragonesa. Su padre, Lelio Caracciolo, había participado en el socorro de Malta y la batalla de Lepanto, y por inclinación a las galeras, Carlo Andrea asistó como aventurero en 1612 a la Jornada de las Querquenes, frente a las costas tunecinas, “peleando con los Moros como honrado cavallero y particular soldado hasta que le retiraron con tres heridas“. Su valentía en el combate fue acreditada por el marqués de Santa Cruz, líder de la expedición, y también por el duque de Osuna y el conde de Lemos. Recuperado de las heridas, Caracciolo siguió militando durante nueve años en las galeras de Nápoles como aventurero, asistiendo a numerosos combates navales en el Mediterráneo Oriental. La experiencia que ganó Carlo Andrea en estos años fue determinante para que, en 1621,  fuera nombrado maestre de campo de un nuevo tercio de infantería reclutado en la ciudad de Nápoles.

El marqués de Santa Cruz, el duque de Osuna y el conde de Lemos acreditaron la valentía de Carlo Andrea en combate

En agosto de 1621, embarcado su tercio en la Armada del Mar Océano, Carlo Andrea tomó parte en la victoria de la flota española al mando del capitán general Fadrique de Toledo sobre a un fuerte convoy holandés en el estrecho de Gibraltar. Su tercio tuvo que ser reformado poco después, por lo que se quedó sin mando. Sin embargo, cuando en 1624 se formó para la Jornada del Brasil un nuevo tercio napolitano con tropas procedentes de dicho reino italiano, el Consejo de Estado le ofreció rápidamente su mando. Durante el asedio de Salvador de Bahía, al tercio de Carlo Andrea le cupo, junto a un tercio español y otro portugués, fortificar el puesto de San Benito y encargarse de la excavación de aproches hacia las murallas de la ciudad desde aquella parte. Fadrique de Toledo, al referir poco más tarde los pormenores de la exitosa expedición, escribió lo siguiente sobre Caracciolo: “Tengo al Marques por persona de conocido valor y de tales partes que puede esperarse de el mucho y que cumplirá siempre con las obligaciones de su sangre como asta aqui lo a hecho“.

La batalla de Gibraltar de 1621 (Enrique Jácome y Brocas, Museo Naval de Madrid).

El marqués continuó por algunos años más su servicio en la Armada del Mar Océano, hasta 1629, fecha en que regresó a Nápoles, donde permaneció hasta 1631. Entonces se le dio patente de maestre de campo de un tercio de 1.600 hombres. Al mando de esta unidad, Caracciolo participó en la campaña del duque de Feria en Alemania, asistiendo a la liberación de Constanza, al socorro de Breisach y a la expugnación de Rheinfelden. En 1634 se halló presente en la famosa batalla de Nördlingen, donde una vez más acreditó su valor y su experiencia. Vuelto a Italia, Carlo Andrea llevó a cabo su mayor gesta en 1635, durante el asedio franco-saboyano a la ciudad de Valenza del Po. Al mando de un escuadrón volante de infantería, el marqués se abrió paso entre las trincheras sitiadoras hasta llegar a la plaza, donde introdujo un copioso socorro de víveres y municiones. No solo eso. Una vez descargados los acopios para la guarnición, Carlo Andrea recogió a sus hombres y volvió a quebrantar el cerco por donde había entrado. Desde entonces, su carrera experimentó un ascenso meteórico. En 1636 fue nombrado general de la artillería de Alemania, y pocos meses más tarde, gobernador de las armas del Reino de Navarra.

De Fuenterrabía a Salses

Vista general del asedio de Fuenterrabía. Las fuerzas españolas de socorro asaltan las fortificaciones francesas (grabado alemán de autor desconocido).

El marqués de Torrecuso sobresalió de nuevo en 1638, durante el socorro a la villa guipuzcoana de Fuenterrabía, asediada por tierra por el príncipe de Condé al frente de un numeroso ejército, y bloqueada por mar por el arzobispo de Burdeos con una poderosa escuadra. El rey Felipe IV en persona, informado de las buenas cualidades de Caracciolo, le encomendó la tarea de velar por el entendimiento del Almirante de Castilla con el marqués de Los Vélez, cabezas principales del ejército de socorro. La extensa experiencia de Carlo Andrea resultó decisiva en la jornada, y no solo aconsejando a los dos grandes de Castilla, sino también organizando con puño de tierro las tropas bisoñas que formaban el grueso del ejército. Cuando las inclemencias de la estación permitieron a los españoles lanzar un asalto general sobre las fortificaciones francesas, Caracciolo encabezó personalmente una vanguardia de 2.500 hombres. Avanzando por los caminos menos escarpados, que él mismo había reconocido los días anteriores, el marqués desplegó sus batallones frente al cuartel de Guadalupe, emplazando en lo alto de una colina y defendido por dos reductos –cada uno provisto de dos cañones– unidos por una trinchera zigzagueante.

La experiencia del marqués resultó decisiva en la jornada, aconsejando a los dos grandes de Castilla y organizando las tropas bisoñas que formaban el ejército

Torrecuso embistió el reducto de la derecha a despecho de la granizada de balas que llovía sobre sus hombres desde las trincheras enemigas. Las primeras acometidas fueron rechazadas, y además de la mosquetería y la artillería francesas, el napolitano sufrió los embites de la caballería gala, que salió a su encuentro a través de dos amplias avenidas. La disciplina de los infantes españoles y napolitanos, a los que el marqués animaba y enardecía en todo momento, hizo que los escuadrones franceses se estrellaran contra una fortaleza humana, y al retirarse desbaratados, Caracciolo pudo tomar por asalto el reducto, apoderándose de él a sangre y hierro. Socorrido por el resto de tropas españolas, Carlo Andrea rechazó después los contraatques franceses y fue en seguimiento del enemigo, obligando al príncipe de Condé a emprender una apresurada retirada. 1.500 franceses quedaron muertos en el campo, y otros 2.000 se ahogaron tratando de escapar arrojándose el Bidasoa. “Así fueran los que han de ir con V. S. todos como V. S., que no me quitaría á mí el sueño el sucesso“, le escribió el Conde-duque de Olivares poco después.

Piqueros y arcabuceros en acción (fragmento de Combate de caballería, por Pieter Jansz Post).

En 1639 el marqués recibió el mandato del rey de unirse el ejército que se formaba en Cataluña para recuperar la fortaleza fronteriza de Salses, que los franceses habían tomado recientemente. En esta campaña Carlo Andrea brilló de nuevo como comandante, pero su fama no salió tan bien parada como en las anteriores ocasiones. Sus superiores inmediatos eran dos hombres, como él, de fuerte carácter: Felipe Spínola, marqués de Los Balbases e hijo del gran Ambrosio, y Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma. Los encontronazos no tardaron en producirse. Primero fue con Spínola, que se negó a darle el tratamiento de excelencia. Luego, de forma mucho más grave, con el conde de Santa Coloma. Antes, sin embargo, se produjo un cruento combate con un ejército francés de socorro que, bajo el mando del príncipe de Condé, embistió las fortificaciones españolas, tratando de obligar a los hispánicos a levantar el asedio.

Viendo que sus hombres flaqueaban, Torrecuso se apeó de su caballo y combatió con una pica junto a ellos

Sucedió el 2 de noviembre, tras varios días de lluvías tormentosas, inundaciones y un frío que provocó la muerte de hombres y bestias en gran cantidad. Solo las acciones del marqués aseguraron el éxito de los españoles, pues en los días anteriores al ataque francés se encargó de reforzar todo cuanto le fue posible las fortificaciones del punto de la línea de circunvalación que estaba más expuesto al ataque enemigo. En la batalla, viendo que los franceses comenzaban a desparramarse por las fortificaciones subiendo por escalas a despecho de las bajas sufridas, Carlo Andrea se apeó de su caballo, y tomando una pica para combatir codo con codo junto a sus hombres, logró infundirles el coraje necesario para rechazar el asalto. Los franceses fueron finalmente rebatidos con la pérdida de 1.300 hombres, muchos de ellos pertenecientes a los regimientos de élite de Normandie, Rabaudy y Languedoc.

El propio Felipe IV y el Conde-duque de Olivares escribireron a Torrecuso, concendiéndole mercedes y manifestándole su admiración por su actuación en la batalla. La felicidad, sin embargo, duró poco. El 29 de diciembre se produjo un incidente sonado con el conde de Santa Coloma. La noche anterior, el de Los Balbases dispuso que nadie saliera de campamento, ya que se preparaba un golpe de mano sobre los almacenes franceses de Sitjar. Sin embargo, dos soldados catalanes de caballería quisieron hacerlo, con permiso de Santa Coloma. Torrecuso se lo impidió, e hizo avisar al de Los Balbases. Este llegó junto con el conde, quien ordenó a Torrecuso que dejase partir a los dos jinetes. Sin embargo, Caracciolo se negó a obedecer, reclamando que su oficial superior era el marqués de Los Balbases, no Santa Coloma. El virrey catalán llamó desvergonzado al napolitano, haciendo ademán de echársele encima, y fue necesario que varios oficiales allí presentes sujetaran a Carlo Andrea para que este no desenvainase su espada.  No pudieron, pese a todo, evitar que llamara mentiroso a Santa Coloma. El conde reaccionó airado, alzando su bastón para golpearle. Entonces, el duque de San Giorgio, hijo del marqués, desenvainó su espada, y en un instante pareció que unos y otros iban a batirse allí mismo.

La revuelta catalana

Estatua de Carlo Maria Caracciolo, duque de San Giorgio e hijo –y compañero de armas– de Carlo Andrea (Giuliano Finelli, Iglesia de San Giovanni de Carbonara)

Torrecuso y su hijo fueron arrestados y encarcelados en la ciudadela de Perpiñán. El incidente hizo perder al marqués gran parte de su crédito, y solo la intervención de Olivares, que lo consideraba demasiado valioso como para  privarlo de su mando y desterrarlo, impidió su alejamiento por una larga temporada de los campos de batalla. Paradójicamente, el mismo día que Olivares ordenó su puesta en libertad, el conde de Santa Coloma fue asesinado en Barcelona por una turba de campesinos furiosos. Carlo Andrea y su hijo, Carlo Maria, fueron llamados a la corte tras su liberación, y de Olivares recibieron nuevos mandos militares. El marqués fue nombrado maestre de campo general del ejército que a la sazón se preparaba en Aragón, bajo el mando del marqués de Los Vélez, para sofocar la revuelta catalana. En cuanto a su hijo, que había desempeñado un buen papel en Salses, recibió el mando de la caballería real. Antes de partir rumbo a Zaragoza, ambos tuvieron ocasión de congraciarse con el hijo del virrey asesinado, que había logrado escapar a la ira popular a bordo de una galera genovesa.

Torrecuso y su hijo se congraciaron con el hijo del virrey asesinado, que había escapado a bordo de una galera genovesa

Llegado a Zaragoza a principios de septiembre, Carlo Andrea se encargó del alojamiento y organización de la infantería. La campaña comenzó favorablemente a las armas reales, pues la ciudad de Tortosa fue asegurada el mismo més de septiembre, y el avance sobre Barcelona fue rápido, fulgurante. Dirigiendo en persona cada movimiento, Torrecuso tomó Perellós, forzó el Coll de Balaguer, poniendo en fuga al ejército catalán, y sitió la población de Cambrils. Ante esta ciudad aconsejó al marqués de Los Vélez negociar la rendición de la guarnición, no por simpatía hacia los catalanes, sinó para no perder tiempo y hombres dando un asalto general a la plaza. El de Los Vélez concedió pues, salvaguarda a las tropas que defendían Cambrils. Cuando los rendidos abandonaban la plaza, sin embargo, se produjo una matanza de prisioneros que se saldó con 700 u 800 catalanes muertos. El origen de la reyerta que degeneró en masacre fue, al parecer, la disputa por un capote. Ni Caracciolo ni ningún otro oficial pudieron, o quisieron impedir la degollina.

Combate entre las caballerías española, francesa y catalana ante Barcelona, en la batalla de Montjuïc (Pandolfo Reschi).

La campaña prosiguió sin muchos contratiempos. Carlo Andrea convenció a Los Vélez de la importancia de tomar Tarragona –puerto de mar capaz de cobijar buen número de galeras–, que los comandantes franceses del cuerpo auxiliar enviado por el rey de Francia en ayuda de los catalanes entregaron sin combatir. Luego, para evitar la región montañosa del Garraf, el ejército avanzó hacia el norte y, bien dirigido por Torrecuso y su hijo, asaltó las defensas catalanas en Martorell, forzando a retirarse al principal ejército catalán. El camino a Barcelona quedó así libre, y el 25 de enero de 1641, la ciudad aparecía a la vista de sus tercios. Los Vélez, Torrecuso, el sórdido Juan de Garay y otros comandantes, decidieron asaltar el fuerte de Montjuïc. Carlo Andrea, pese a no sentirse bien de salud el día de la batalla, tomó el mando de siete tercios. Su hijo, que dirigiría la caballería real en el flanco opuesto de la montaña para impedir que desde la ciudad se socorriera el fuerte, fue a buscarlo, y le dijo: “este VS alegre que havemos visto missa, y es sabbado, es fuerza que tengamos un buen dia. VS me haga dar 200 mosqueteros, para que cubran mi Cavalleria, y embieme la horden de lo que he de hazer“.

Pese a no sentirse bien de salud el día de la batalla, Torrecuso tomó el mando de siete tercios para el asalto a Montjuïc

Montjuïc fue una encerrona. Según el informe de su gobernador, que se había pasado al bando español dos días atrás, solo tenía 300 soldados de guarnición, sin artillería; y las fortificaciones podían asaltarse sin necesidad de escalas. Así había sido, en efecto, pero el escocés d’Aubigny había fortificado el lugar lo suficiente como para impedir un asalto sin escalas, y el día de la batalla la guarnición había sido reforzada con soldados franceses, almogávares y dos compañías del tercio de Santa Eulàlia. En los primeros compases del ascenso, un maestre de campo cayó mortalmente herido, junto con muchos de sus hombres, bajo las balas de mosqueteros catalanes emboscados. Pero Torrecuso era un comandante experimentado, y los soldados escogidos para encabezar el ataque, los mejores del ejército. A costa de importantes bajas, consiguieron ir desalojando a los catalanes de sus posiciones, encerrándolos dentro del fuerte. Cuando la victoria parecía asegurada, los hispánicos se toparon con que los parapetos del fuerte tenían 2 metros de altura. Torrecuso solicitó urgentemente escalas y artillería ligera, antes de que las andanadas de metralla y la mosquetería catalana quebrantasen el ánimo de sus hombres. No recibió ni una cosa ni la otra. Peor aún: le llegó la notícia de que su hijo había muerto.

Un oficial español muerto (Batalla entre Breauté y Leckerbeetje en Vughterheide, el 5 de febrero de 1600, Sebastiaan Vrancx).

Al otro lado de Montjuïc, en el llano frente a Barcelona, la caballería de Carlo Maria se enfrentaba con siete escuadrones de caballería franco-catalana. Retirándose estos, Carlo Maria fue en su persecución hasta la media luna del portal de San Antonio, de la que se apoderó bajo una densa granizada de balas procedentes de la muralla barcelonesa. Contraatacado por la francesa y catalana, Carlo Maria pidió refuerzos. Su lugarteniente Filangieri acudió con 600 hombres, pero ese fue todo el socorro que recibió. En el fragor de la despiadada lucha, el joven hijo de Torrecuso cayó muerto a balazos. Sus maltrechos hombres consiguieron recuperar su cuerpo y alejarlo de la lucha, pero la batalla tomaba un cariz muy desfavorable para los españoles. Cuando Carlo Andrea supo de la muerte de su hijo, se vino abajo y abandonó el mando. Sin una cabeza visible, sus hombres, ya castigados por el incesante fuego catalán, sedientos y cansados, se desmoronaron en cuanto un puñado de hombres de la guarnición del fuerte salieron a su encuentro. Se produjo una desbandada general, y en poco tiempo “Las banderas de Castilla, poco antes desplegadas al viento en señal de su victoria, andaban caídas y holladas de los pies de sus enemigos“.

Cuando Carlo Andrea supo de la muerte de su hijo, se vino abajo y abandonó el mando. Sus hombres se desmoronaron

Tras la muerte de su hijo, Torrecuso se sumió en una profunda depresión. Encerrado el ejército español tras los muros de Tarragona y bloqueado por tierra y por mar, el marqués pidió el relevo, pero ni el rey Felipe IV ni el Conde-duque de Olivares se lo concedieron. Más cansado que nunca, Caracciolo tuvo que soportar las miserias de un asedio de cuatro meses. 16.000 fueron los hombres que había al comienzo del sitio. Cuando la armada española obligó a la francesa a abandonar el bloqueo y se introdujo socorro en la plaza en forma de víveres, solamente quedaban 5.300. A pesar de su pésimo estado anímico, Carlo Andrea ofreció su apoyo en todo momento a Federico Colonna, condestable de Nápoles y sustituto del marqués de Los Vélez, y su actuación resultó crucial en momentos críticos, como el combate de Tamarit del 10 de junio. Su buena actuación, en realidad, fue determinante para que Olivares le encomendase, a finales de ese mismo año, la dificilísima tarea de introducir un socorro de víveres en Perpiñán.

Rosellón y Portugal

En octubre de 1641 el marqués se embarcó en la escuadra española de galeras con 6.000 infantes y 500 caballos, fuerza que puso pie a tierra en Cotlliure, el único puerto de mar que seguía en manos española en aquella región. Desde Cotlliure Torrecuso avanzó con sus hombres camino a Perpiñán, cruzando el río Tech con el agua hasta el cuello; los soldados cargando no solo con el peso de sus armas, sino también con sacos de harina a las espaldas. Pese a que las superiores tropas francesas bloqueaban todos los posibles caminos, e incluso habían cavado trincheras hasta el mar para estorbar el paso del socorro, Caracciolo consiguió burlar el cerco al amparo de la noche, y se reunió con un cuerpo de tropas que, al mando del marqués de Mortara, habían salido de Perpiñán para recibirlo. Se trabó entonces un furioso choque con los franceses perseguidores, que a pesar de ser superiores en número, fueron obligados a retirarse. El socorro llegó a buen puerto, y el marqués regresó a Cotlliure, donde se embarcó de regreso a Tarragona. En esta ciudad le esperaban cartas del rey el Conde-duque que reclamaban su pronta presencia en la corte.

Diego Mejía Felípez de Guzmán, marqués de Leganés. Gran soldado, pero poco amigo de Torrecuso (Peter Paul Rubens).

Los planes del valido para el marqués no eran otros que nombrarle capitán general del ejército de Rosellón, pues Olivares confiaba en que Torrecuso pudiera impedir la pérdida de Perpiñán y de todo el condado, pero la ciudad se rindió antes siquiera de que Torrecuso se hubiera embarcado en Tarragona. Todos los esfuerzos españoles se concentraron entonces en la conquista de Lérida, tarea que se encomendó al marqués de Leganés, a cuyas órdenes debió someterse, muy a disgusto, el de Torrecuso. Al rey Felipe IV no le agradó el desempeño de Caracciolo en la campaña. Se quejó de su lentitud, y lo acusó de no mover un dedo contra franceses y catalanes. “Yo solo no podia hacer nada sino pudrirme“, le replicó, irascible, el marqués, que además añadió que “pues ni ay para que ni tengo con que, quitando los muertos, enfermos y muy pocos que han huido“. El pésimo entendimiento de Caracciolo con Leganés llegó a tal extremo que, en vísperas de la batalla –desfavorable a los intereses españoles– que se libró el 7 de octubre a la vista de Lérida, Carlo Andrea cedió el mando de sus tropas al marqués de la Hijonosa y se fue a combatir con una pica en el regimiento del Conde-Duque.

Viejo y cansado, el marqués no deseaba otra cosa que pasar los últimos años de su vida en Nápoles, pacíficamente

Torrecuso, advertido el rey de su conducta, fue llamado de inmediato a Zaragoza, donde aguardaba Felipe IV, y privado de su cargo. Solo fue rescatado de su ostracismo año y medio más tarde, en 1644, para comandar el ejército de Extremadura. La llegada de Carlo Andrea a Badajoz ayudó a restablecer la disciplina y combatividad del ejército, si bien la conducta indolente de un buen número oficiales sacó al marqués de sus casillas. Si a alguien puede atribuirse el éxito de la victoria –aunque pequeña y parcial– de Montijo, es al marqués de Torrecuso, aunque no lideró personalmente el ejército español, sino que delegó el mando en el barón de Molinguen. En invierno, tras fracasar en su intento de tomar la fortaleza de Elvas, que no fue iniciativa propia, sino órdenes de la corte, Caracciolo pidió al rey que lo relevase del mando. Viejo y cansado, el marqués no deseaba otra cosa que pasar los últimos años de su vida en Nápoles, pacíficamente. Ya en su país de origen, Caracciolo pensó incluso en retirarse a un convento. Sin embargo, el papa Inocencio X lo convenció para aceptar el mando del ejército pontifício, para lo cual lo nombró cardenal. Las maniobras diplomáticas españolas lo disuadieron de tomar tal mando.

Socorro de Orbetello y muerte

El asedio de Orbetello, año 1646 (Matthäus Merian).

Carlo Andrea Caracciolo prestó un último servicio a la monarquía antes de morir. Sitiada la plaza de Orbetello, en los presidios de la Toscana, por un ejército francés y una numerosa armada, se unió como voluntario a la escuadra que, al mando del marqués de Santa Cruz, hijo del mismo bajo el que había comenzado su andadura militar, se aprestó para el socorro de la plaza. Tras un arduo combate naval, la flota francesa abandonó aquellas aguas, y el socorro pudo desembarcar, si bien solo para ser rebatido su ataque sobre las fortificaciones francesas. Meses más tarde, todavía sitiada la ciudad, Caracciolo encabezó un ejército de socorro de 6.000 infantes y 2.000 caballos. Cuando la guarnición, valerosa e inteligentemente comandada por Carlo della Gatta, estaba a un paso de la extenuación, hizo acto de presencia el marqués, obligando a los franceses a huir a sus naves para evitar verse atrapadas entre los sitiados y el ejército de socorro. Torrecuso, ya sexagenario, llegó a Nápoles enfermo de unas fiebres que había contraído durante su última expedición. Fue recibido entre vítores, y a su galera se acercaron numerosos botes con regalos. Falleció poco después, a los 63 años de edad. Con él se iba un comandante prudente, intrépido, y capaz de lograr sonadas victorias en las circunstancias más inesperadas. En los años venideros, España necesitaría muchos como él.

Bibliografía:

  • Gualdo Prioirato, Galeazzo: Vite, et azzioni di personaggi militari, e politici. Viena: Michele Thurnmayer, 1674.
  • Gómez Arteche, José: El marqués de Torrecuso. Revista Europea, núms. 133–135. Madrid: 1876.
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8 comentarios

  1. Juan A. Caro del Corral · · Responder

    Excelente trabajo.

    Dejo un enlace, con datos sobre Torrecuso, que elabore hace tiempo para un blog de historia militar sobre la Guerra de Restauración Portuguesa.

    http://guerradarestauracao.wordpress.com/2010/01/15/o-marques-de-torrecuso-por-juan-antonio-caro-del-corral/

    Seguiré muy de cerca tu nueva web.

    Saludos

    1. Muchas gracias. Espero que mis próximas entradas sean de tu agrado.

      Saludos.

  2. Pedro Cristofol · · Responder

    Buenas tardes,

    has obviado la parte más siniestra de Torrecuso. Su incapacidad para tener clemencia durante el conflicto en Cataluña y que diese órdenes para que no se le trajeran prisioneros catalanes, aun en contra de las órdenes del mismo Felipe IV. Tambien una intervención más que sospechosa en Cambrils (Junto con De Melo) donde algunas fuentes lo señalan como la persona que ordenó la matanza y que insistiese en la quema sistematica de las poblaciones catalanas.

    Las fuentes catalanas argumentaban que había perdido la razón con la muerte de su hijo. A mi entender los encontronazos con sus superiores y los hechos de Cambrils cuadran más con un personaje endiosado y con rasgos psicoticos. Dicho perfil se habría agravado efectivamente al morir su hijo.

    1. Hola, Pedro. Gracias por el comentario. Aunque ciertamente el marqués era un hombre inflexible, la propaganda catalana creó una leyenda negra en torno a él que exagera su dureza. En realidad, el personaje no sobrepasaba la media de brutalidad aceptable de la época. A finales de 1641 franceses y españoles acordaron que los soldados catalanes capturados serían tratados como prisioneros de guerra en lugar de como rebeldes (y por lo tanto, carne de horca o de galera) y en la campaña del Rosellón de aquel año Torrecuso tomó prisioneros catalanes (varios cientos de la guarnición de Argelers).

      En cuanto a la matanza de Cambrils, más que una degollina premeditada (como algunas de las que el duque de Alba llevó a cabo en Flandes, en Naarden o Malinas, por ejemplo), parece que fue fruto de la lucha entre un soldado valón y un prisionero catalán, que degeneró en una estampida que se trocó en matanza cuando la caballería española creyó que los prisioneros trataban de escapar.

      Sobre sus encontronazos, desde luego era un hombre con carácter, en lo que pesaba su origen nobiliario, pero no hay que perder de vista que el conde de Santa Coloma también era un fatuo insufrible, y además sin experiencia militar, lo que agravó su desencuentro.

      1. Pedro Cristofol · ·

        Alex,

        El pasaje referido a Cambrils del Diario de las guerras de Cataluña en 1640 1641 y 1642 (digitalizado en la BNE) es muy revelador.

        Melo escribió en Portugal cuando estaba preso por lo que estando directamente implicado su relato no me resulta fiable.

        Finalmente en 1642 Torrecuso escribió a Felipe IV porque no quería acatar las órdenes de clemencia del Rey para con los catalanes que se entregasen sin resistencia. Ya te buscaré la referencia pero también esta digitalizada en la BNE la respuesta de Felipe IV reiterando que se debía ser Clemente.

        Saludos,

        Pedro

      2. Si mal no recuerdo, el Diario de la guerra de Cataluña cuenta una versión parecida a la de Melo y su autor, al menos en teoría, también formaba parte del ejército. Conozco la carta que mencionas, eso sí, pero una cosa era estar en desacuerdo con el Rey y sus superiores y otra desobedecerles, y al primero, al menos, nunca lo haría.

      3. Pedro Cristofol · ·

        La versión de Melo es que Torrecusa se opone a negociar una capitulación pero que después muda de parecer. Torrecusa se encarga de la evacuación y luego se produciría la disputa. Torrecusa presente en el lugar habría parado la degollina. La versión del diario es que hubo una disputa y casualidades de la vida murieron los defensores de aquellos lugares que no se habían sometido al Ejército de Los Vélez. El autor alaba lo que cree una intervención divina. Por otras versiones sabemos que efectivamente se separó a los prisioneros por su lugar de origen. La versión del Dietario de la Generalitat que recogía las sesiones durante la rebelión fue que se había ejecutado a los prisioneros siguiendo las órdenes de Torrecusa pero que hubo supervivientes porque la oficialidad hispánica se hartó de ejecutar a personas indefensas. No recuerdo si dice que se separaron los prisioneros.

        Obviamente no hay seguridad de nada porque no estábamos allí pero a mi se me antoja que Torrecusa cambió de opinión para ocuparse a su modo de arreglar el asunto. La intervención del Marqués de los Vélez es más problemática. No aseguraría nada. En su contra por la planificación estaría la separación de los prisioneros por origen pero a mi entender no es concluyente. Bien pudiera ser que Torrecusa pensase que si pasaba por las armas a vecinos de poblaciones que se habian sonetido sin resistencia tendria problemas con Los Velez.

        Eso sí descartó cualquier intervención divina en el asunto.

        Saludos,

        Pedro

  3. Pedro Cristofol · · Responder

    La primera fuente que habla de los sucesos de Cambrils es el Dietario de la Diputación que permaneció inédito hasta 1976 en que se publicó como Les Corts Generals de Pau Claris. Allí en las páginas 265 y 266 se relatan los sucesos de Cambrils culpando a Torrecusa que según testigos dio la orden de cargar a la caballería y también confirma que los defensores salieron de la ciudad agrupados por su lugar de origen.

    Saludos,

    Pedro

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