El fallido socorro de Maastricht, agosto de 1632

La falta de cabezas, o sea, de militares cualificados, fue uno de los argumentos o excusas más recurrentes del Conde-Duque de Olivares para justificar ante el rey Felipe IV los reveses militares sufridos durante su gobierno. Efectivamente, conforme avanzó el siglo XVII el oficio de las armas fue cayendo en consideración en España, y no solo entre las clases nobiliarias, sino también entre las populares. En 164o, cuando el Conde-Duque mandó organizar un ejército para someter a los catalanes recientemente sublevados, ni uno solo de los grandes señores de Castilla –los duques de Medinacelli, de Pastrana y del Infantado, el conde de Oropesa…– osó abandonar sus heredades para encabezar los tercios cuya coronelía el rey les había encomendado. Nada de esto quiere decir, evidentemente, que aquella Monarquía Hispánica no contara con comandantes aptos, como Diego Felípez de Guzmán, marqués de Leganés; el napolitano Carlo Andrea Caracciolo, marqués de Torrecuso; o el portugués Felipe da Silva. De hecho, la falta de cabezas era en ocasiones más figurada que real, y el remedio podía resultar peor que la enfermedad. El gran paradigma: la Maastricht sitiada por los holandeses y su frustrado socorro en agosto de 1632.

La falta de cabezas  fue uno de los argumentos recurrentes del Conde-Duque de Olivares para justificar los reveses militares

Gonzalo Fernández de Córdoba y Cardona, de la estirpe del Gran Capitán (grabado de Wenzel Hollar).

El desaguisado que se referirá a continuación tiene su origen en la irrupción en Alemania de Gustavo Adolfo de Suecia el año de 1630. Tras infligir una severa derrota a los imperiales en Breitenfeld, en septiembre de 1631, el monarca sueco se desplazó con su ejército al Bajo Palatinado, o Palatinado Inferior, ocupado por guarniciones españolas desde que Gonzalo Fernández de Córdoba, descendiente del Gran Capitán, lo conquistara dos lustros atrás. El 7 de noviembre el principal ejército sueco, al mando del propio Gustavo Adolfo, cruzó en botes el Rin cerca de Oppenheim sin que los poco más de 2.000 hombres que pudo reunir el portugués Felipe da Silva pudieran contenerlos. Las reducidas tropas españolas que defendían la región se atrincheraron en sus principales fortalezas: Frankenthal, Speyer, Kreuznach, Bacharach… Al año siguiente solo Frankenthal resistía, bien guarnecida –y seguiría resistiendo toda la guerra, hasta la paz de 1648–. La llegada desde Milán con refuerzos de Gonzalo Fernández de Córdoba, nombrado de nuevo capitán general del Palatinado, mejoró la situación. Gustavo Adolfo estaba enfrascado tratando de obligar a Wallenstein a levantar al asedio a que tenía sometida la ciudad de Nüremberg, y con la ayuda de los refuerzos, las tropas locales pudieron recobrar mucho de lo perdido.

Una ofensiva inesperada

En junio de 1632, sin embargo, comenzó el desastre. Frederik Hendrik de Orange, al frente de un ejército de 24.000 infantes y 4.000 caballos, inició un rápido avance siguiendo el curso del río Mosa. Primero tomó Venlo, luego Straelen, Sittard y Roermond. Mientras otra fuerza holandesa amenazaba Amberes y obligaba a los españoles a dividir sus fuerzas, el holandés puso sitió a Maastricht el 9 de junio. La ciudad llevaba en manos españolas desde que Alejandro Farnesio la tomara en el memorable asedio de 1579, aquel que sirvió de escenario a Lope de Vega para su comedia El asalto de Mastrique, por el príncipe de Parma. Maastricht era demasiado importante como para dejarla caer, y por eso la infanta Isabel Clara Eugenia, que gobernaba los Países Bajos españoles, solicitó inmediatamente la presencia de Córdoba en Flandes para unirse al menguado ejército de campaña de la provincia, que al mando del marqués de Santa Cruz, sumaba apenas 14.000 combatientes.

En junio de 1632 los holandeses tomaron Venlo, Straelen, Sittard y Roermond, y pusieron sitio a Maastricht

El curtido conde de Pappenheim, un general lleno de cicatrices (Cornelis Galle, Antoon Van Dyck, y Joannes Meyssens).

Córdoba obedeció, aunue para ello se vio forzado a abandonar mucho de lo reconquistado, concentrando sus fuerzas en Frankenthal. Su ejército del Palatinado, con todo, no era muy impresionante: apenas contaba con unos 6.000 infantes y 22 cornetas de caballería, a los que cabía sumar algunas reclutas hechas por el conde de Merode en la región de Juliers. Para solventar la escasez de hombres, el experimentado Córdoba encomendó a su maestre de campo general, el veteranísimo Carlos Coloma, “famoso no menos por su pluma que por su espada“, la tarea de conseguir la colaboración del ejército de la Liga Católica que, al mando Gottfried Heinrich, conde de Pappenheim, combatía a los suecos y a sus aliados protestantes en la región de Westphalia. Coloma envió al campo de Pappenheim a dos hombres de su plena confianza, el español Francisco de Albelda y el teniente coronel flamenco Van den Brande, que cumplieron su misión “con dones y promesas“. Sobornos al margen –según el veneciano Gualdo Priorato, Córdoba ofreció 100.000 escudos a Pappenheim si la ciudad era liberada–, cabe mencionar que la soberanía de Maastricht era compartida entre dos personas: el duque de Brabante (0 sea, el rey de España), y el obispo de Lieja, que era también arzobispo de Colonia, y por ende uno de los principales caudillos de la Liga Católica, cuyo ejército de Westphalia Pappenheim encabezaba.

Exceso de cabezas

A pesar de las quejas holandesas, Pappenheim se unió a Córdoba para el socorro de Maastricht. Algunas fuentes atribuyen al ejército de este antiguo capitán calvinista una fuerza de 16.000 hombres, cuando en realidad sumaba 8.000 infantes y 2.500 caballos. Quizás la disparidad de cifras se deba a que una estrategia recurrente de Pappenheim en aquellos tiempos de dificultad consistía en difundir informaciones falsas sobre la entidad de sus tropas para engañar al enemigo. Sea como sea, mientras Córdoba y Pappenheim corrían prestos a unirse con Santa Cruz, 6.000 gastadores holandeses trabajaban incansables, día y noche, en la construcción de una línea de circunvalación para impedir el paso franco de cualquier socorro destinado a los sitiados. Como sucedió con Groenlo y Bolduque, para cuando finalmente los tres ejércitos católicos estuvieron juntos, las fortificaciones holandesas estaban sólidamente asentadas. Quien llegó en último lugar fue Pappenheim, que tras desalojar a los holandeses de Sittard construyó un puente de barcas sobre el Mosa, dos fuertes para defenderlo, y pasó con su ejército a la orilla occidental.

Para cuando los tres ejércitos católicos estuvieron juntos las fortificaciones holandesas estaban sólidamente asentadas.

Es momento, ahora, de volver al asunto de la falta de cabezas. Disgustado por la pérdida de Bolduque en 1629 a causa de la cizaña que imperaba entre los comandantes del ejército, el Conde-Duque, convencido de que faltaban oficiales con pericia, decidió aumentar el número de maestres de campo generales de infantería de uno a cuatro –cada cual con sus respectivos lugartenientes– en aras de hacer sus tropas más operativas.  Semejante idea, en un momento de rivalidades y pugna entre comandantes y entre las naciones dentro del ejército, no solo no resolvía nada, sino que empeoraba notablemente la situación. A principios de agosto de 1632, se reunieron en el campo español para discutir sobre el punto más apropiado en el cual atacar la línea holandesa los siguientes oficiales: el marqués de Santa Cruz, gobernador de las armas; Gonzalo Fernández de Córdoba, Pappenheim, y los maestres de campo generales Carlos Coloma, Duque de Lerma y Fray Lelio Brancaccio. El desafío de estos siete comandantes era doble: por un lado, ponerse de acuerdo en cuanto al plan a seguir, y además, ejecutarlo de forma coordinada y conveniente.

Álvaro de Bazán y Benavides, hijo del legendario almirante español vencedor de Lepanto y la isla Terceira (Antoon van Dyck).

La urgente necesidad de socorro que se vivía en Maastricht empujó a los católicos superar sus diferencias y decidirse a actuar. Santa Cruz, un avezado comandante naval con poca experiencia en tierra, el competente aunque a veces excesivamente cauto Fernández de Córdoba, y el impetuoso aunque no siempre reflexivo Pappenheim trazaron un plan que consistía en atacar simultáneamente la línea holandesa a ambos lados del río; los españoles en la orilla brabantina con 3.000 hombres, y los alemanes en la de Limburgo con una fuerza de igual número. El plan era bueno: aunque un ataque fracasara, si el otro tenía éxito podría introducirse socorro en la ciudad; quizás incluso desbaratar a los sitiadores en un costado, lo que obligaría al resto a retirarse ante la imposibilidad de proseguir el sitio. Pero los problemas del mando sobredimensionado se hicieron presentes de nuevo a la hora de la ejecución…

Descoordinación absoluta

Córdoba y el napolitano Fray Lelio Brancaccio seleccionaron para el ataque el tercio español de Luis Ponce de León, el tercio viejo de italianos de Andrea Cantelmo, y el borgoñón de monsieur de Misiers, a quien vimos como capitán en 1620 tomando Kirchberg, en el Palatinado. Las tropas españolas estaban aparentemente preparadas para atacar –luego veremos que no–, pero el socorro se pospuso hasta el día siguiente porque los hombres de Pappenheim no pudieron llegar a su puesto antes del anochecer, demasiado cansados para lo que se esperaba de ellos. La facción del día siguiente fue poco mejor. Santa Cruz, en lugar de permanecer en su lugar –desde donde debía organizar varios ataques de distracción–, se presentó en el cuartel de Pappenheim a las 11 de la noche para presenciar el ataque. Allí lo encontró el teniente de maestro de campo general Juan de Garay, un personaje que dará que hablar, que le advirtió que por el otro lado no se podría embestir las fortificaciones holandesas, ya que los soldados no disponían de escalas para asaltar las trincheras ni de fajinas ni tablones para cegar los fosos. Evidentemente, alguien no había hecho su trabajo.

Plano detallado del ataque de Pappenheim. Muestra sus tropas en formación antes de embestir, así como el castigo al que se vieron sometidas en el ataque (Salomon Savery y Jean Pleitner).

A Pappenheim se le acabó la paciencia, y el día siguiente, 17 de agosto, atacó por su cuenta el cuartel del conde Guillermo de Nassau-Hilchenbach, donde se concentraban la mayoría de regimientos ingleses al servicio de los Estados Generales de Holanda. El choque fue en extremo sangriento, pues los hombres de Pappenhein avanzaron en batallones compactos contra una línea de altísimos parapetos con un triple foso que era imposible sortear sin escalas. El fuego de la artillería holandesa barrió a los alemanes por docenas. En ningún momento los hombres de Pappenheim tuvieron la mínima oportunidad de franquear con éxito la formidable barrera. Solo en la zona del cementerio de Ambrij, un paraje pantanoso donde la línea de circunvalación era muy débil, llegaron unos y otros a combatir pica contra pica. Tras tres horas de incesante castigo, sin embargo, Pappenheim ordenó la retirada. Había perdido 1.200 hombres y estaba  furioso, porque los españoles habían permanecido inactivos. Quizás debiera haberlos avisado…

Olivares dispuso la creación de unas ordenanzas militares destinadas a poner fin al desorden vigente en las esferas superiores del ejército

Maastricht se rindió al cabo de cuatro días. El marqués de Santa Cruz fue destituido, y Gonzalo Fernández de Córdoba se retiró del servició. En cuanto a Pappenheim, se marchó en septiembre, reclamado por Wallenstein en Alemania, y moriría combatiendo la batalla de Lützen, el 16 de noviembre de 1632. Olivares, compungido y amedrentado, llegó a la conclusión que fragmentar el alto mando había sido una pésima idea, y restableció el esquema anterior, si bien dispuso, además, la creación de unas ordenanzas militares destinadas a poner fin a la desobediencia entre mandos, a las prerrogativas figuradas de unos sobre otros, y al desorden vigente en general en las esferas superiores del ejército de Flandes. Tales medidas, aunque no convirtieron al viejo ejército español en una maquinaria infalible, surtieron el efecto necesario, y pronto se restauró la situación de equilibrio en el escenario flamenco.

Bibliografía:

  • Moles, Fadrique: Guerra entre Ferdinando Segundo emperador romano y Gustavo Adolfo, rey de Suecia. Madrid: en la imprenta de Francisco Martinez, 1637.
  • Gualdo Priorato: Historia Delle Guerre Di Ferdinando Secondo, e Ferdinando Terzo Imperatori, e del Rè Filippo Quarto di Spagna. Contro Gostavo Adolfo Rè di Svetia, e Luigi XIII. Rè di Francia. Successe dall’anno 1630. sino all’anno 1636. Venecia: Bertani, 1653.
  • Estríngana, Alicia Esteban: Madrid y Bruselas: Relaciones de gobierno en la etapa postarchiducal (1621-1634). Universidad de Lovaina, 2005.
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One comment

  1. […] la reforma militar de 1632) y los encontronazos fueron inetivables, como vimos en la entrada sobre el socorro de Maastricht. La campaña de 1631 en los Países Bajos se había saldado en tablas: la armada holandesa había […]

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