Toma de Kirchberg en el Palatinado, octubre de 1620

La campaña del Bajo Palatinado del año 1620 fue una de las que mayor crédito otorgó como estratega al reconocido Ambrosio Spínola, marqués de los Balbases y más conocido por su expugnación de Breda. Entre los meses de agosto y noviembre, Spínola tomó u ocupó en esta región patrominial del elector palatino Federico V, llamado rey de invierno –apenas este tiempo ostentó la corona de Bohemia–, una cincuentena de ciudades, fortalezas, castillos y poblaciones amuralladas. Pese a que el ejército de campaña de la Liga Protestante sumaba 24.000 combatientes, Spínola engañó a sus comandantes con hábiles maniobras y logró ocupar los puntos clave del electorado.  La campaña fue prácticamente incruenta. No se produjo ninguna batalla campal –el 13 de octubre  ambos ejércitos se desplegaron el uno frente al otro cerca de Alsheim, pero los protestantes se retiraron y Spínola, inferior en número, no les tentó de nuevo–. Tampoco hubo asedios largos y costosos. Un oficial español comparó la campaña palatina con “una cabalgada por los alrededores de Toledo“.

Spínola ocupó en el Bajo Palatinado una cincuentena de ciudades, fortalezas, castillos y poblaciones amuralladas

Un suceso de la campaña palatina que merece la pena reseñar es la toma por interpresa, pocos días después del frustrado combate entre españoles y protestantes en Alsheim, de la población de Kirchberg, “villa medianamente grande, çituada en una eminançia que domina extremadamente todos sus contornos, con su muralla de piedra, aunque sin terrapleno, harto fuerte y espesa“. La muralla, según dice Francisco de Ibarra, autor de La Guerra del Palatinado, no tenía traveses, pero sí varias torres de piedra desde donde los mosqueteros enemigos podían ofender a cualquiera que se aproximara al pie del muro. Además, Kirchberg solo tenía dos puertas de acceso y un ancho foso, con que era fácil mantenerla con una guarnición reducida. Para tomarla, Spínola y sus oficiales razonaron que lo más sencillo –o menos arriesgado para el ejército– era hacerlo por interpresa, es decir, por sorpresa y con un pequeño número de soldados.

Kirchberg, según un grabado de Topographia Germaniae, obra de Matthäus Merian, el Viejo.

La facción le fue encomendada a monsieur de Misiers, capitán de infantería borgoñona, a quien Ibarra reputa como experimentado y valiente. Misiers, cuyo regimiento estaba de guarnición en Kreuznach, tomó las precauciones necesarias para asegurar el éxito de la intepresa. En primer lugar dictó que las tropas escogidas para la facción –150 infantes borgoñones de su regimiento y 80 arcabuceros a caballo– salieran de Kreuznach es pequeños grupos, para no llamar demasiado la atención por si había espías enemigos en la ciudad, cosa que no podía descartarse. Reunidos ya los soldados y encaminados hacia Kirchberg –distante 7 horas de Kreuznach– con un carromato cargado con herramientas de zapa y municiones, Misiers se cuidó de acercarse a cualquier lugar poblado, aunque fuera un casar o una granja, y no les reveló a sus guías adónde quería que les llevara exactamente. Solo les dio vagas instrucciones; “a la Mosela“, dijo, quería ir. Tanta precaución no era baladí: el menor descuido podía resultar en una encerrona dentro de Kirchberg, que como hemos visto era una villa en la que tanto costaba entrar como salir.

Misiers despojó de sus ropas a los guías alemanes e hizo vestirse con ellas a seis de los suyos

Pero las precauciones del capitán Borgoñón dieron sus frutos, y cuando él y sus hombres llegaron a la vista de Kirchberg, no vieron en ella ningún signo de que la guarnición protestante estuviera alerta. Misiers se acercó entonces furtivamente a reconocer la puerta y los mejores lugares desde los que caer sobre ella, acompañado por 15 de sus hombres armados con arcabuces de rueda y otros 5 con armas de asta. Una vez preparadas todas las emboscadas, con distintas partidas de hombres escondidos a tiro de piedra de la puerta, y siendo la seña para embestir un disparo de pistola, Misiers despojó de sus ropas a los guías alemanes e hizo vestirse con ellas a seis de los suyos. Estos seis, que hablaban bien el alemán, se acercaron a la puerta al descubierto, con espadas cortas y pistolas ocultas bajo las ropas. Un centinela asomó sobre el arco de la puerta y, juzgándoles amigos, les preguntó si habían visto al enemigo, a lo que los borgoñones dijeron que no. Mientras se abrían las puertas, bajaba el puente levadizo, y varios mosqueteros de la villa salían a reconocer, los borgoñones se pusieron disimuladamente a coger fruta de unos árboles cercanos. Los mosqueteros protestantes se dirigían hacia ellos cuando les cayeron encima varios de los emboscados, que dieron cuenta de ellos antes de que pudieran dar la voz de alarma. Los seis vestidos de paisano corrieron entonces hacia la puerta, ganando el puente levadizo y matando a los que quedaban de guardia en él. Uno de los seis cayó muerto de un mosquetazo, y otros dos fueron heridos.

El arcabucero a caballo, un tipo de soldado que solía apoyar a la infantería en las interpresas.

Los guardias protestantes se replegaron tras una segunda puerta, pero llegando ya el resto de borgoñones no pudieron impedir que la derribaran con hachas y martillos. Entonces entraron los católicos a saco, persiguiéndoles hasta la plaza de la villa, donde pensaban hacerse fuertes merced de cuatro cañones que tenían allí. Tras una corta defensa, sin embargo, los alemanes depusieron las armas y se rindieron. La caballería española llegó al poco tiempo y se ocupó de mantener a los burgueses dentro de sus casas. Sin contar a estos, la guarnición de Kirchberg sumaba 200 hombres, con lo que haber tomado la plaza a costa de una sola muerte se juzgó de mucha reputación. Pero las cosas no acabaron allí, porque el 22 de octubre, antes de que se pudiera enviar socorro a monsieur de Misiers y sus hombres desde el campo español, el ejército de la Liga Protestante apareció sobre Kirchberg, fuerte de 5.000 infantes, 14 compañías de caballería y 4 piezas de artillería…

Los protestantes se retiraron tras haber sufrido 150 bajas. Los borgoñones solo tuvieron 5 o 6

Los cabecillas luteranos enviaron un trompeta a Misiers a ofrecerle una rendición con buenas condiciones, a lo que el borgoñón les respondió que si quiería hablar con él viniesen a hacerlo de cerca. Entonces los protestantes cercaron Kirchberg y enviaron en cabeza un batallón de 400 infantes a ocupar un parapeto fuera del muro. El saludo que les dispensó la mosquetería borgoñona fue tal que los jefes luteranos replegaron su gente a una distancia prudente e hicieron avanzar su artillería para batir la muralla, tarea en la que no cejaron durante 12 horas seguidas, de las 8 de la mañana hasta las 8 de la tarde. Aunque en varias ocasiones se acercaron hasta el foso, los protestantes no se atrevieron a dar el asalto, y se retiraron la mañana del 23 de octubre tras haber sufrido 150 bajas. Los borgoñones solamente tuvieron 5 o 6 heridos. Huelga decir que, tras la acción de Kirchberg, la reputación de los caudillos de la Liga Protestante se resintió notablemente.

Bibliografía:

  • Ibarra, Francisco de: La Guerra del Palatinado, en L’Espagne au XVIe et au XVIIe siècle. Documents historiques et littéraires. Publiés et annotés par Alfred Morel-Fatio. París: 1878.
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2 comentarios

  1. […] para acudir rápidamente a la puerta y tomar la plaza por asalto aprovechando la sorpresa. Así tomaron Kirchberg tropas borgoñonas del ejército español en octubre de 1620, durante la campaña del […]

  2. […] más escabrosa del macizo de Hunsrück, y después avanzó sobre Kirchberg (población célebre por un audaz golpe de mano en 1620). Allí había una guarnición sueca de 160 o 200 hombres que opusieron poca resistencia. Tomada la […]

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