Batalla a orillas del IJssel, julio de 1629

Las batallas campales entre el ejército español de Flandes y el ejército holandés fueron una rara avis tras la Tregua de los Doce Años, y de hecho prácticamente desde la batalla de Nieuwpoort, en 1600. La de Flandes se convirtió entonces en una guerra de asedios: Ostende, la Esclusa, Groenlo, Bolduque, Breda, Jülich… Los nombres de las plazas fuertes que españoles y holandeses se disputaron en las siguientes décadas son bien conocidos. Sin embargo, también se dieron algunos choques de cierta importancia a campo abierto. El más importante –y mejor conocido– de todos ellos es el de Kallo, que sucedió a lo largo de los fuertes exteriores de Amberes el 20 de junio de 1638. Como en el de Kallo, la mayoría de los choques campales entre españoles y holandeses se dieron cuando unos atacaron a los otros en una posición fortificada de importancia estratégica.

También se dieron choques de cierta importancia a campo abierto tras la Tregua de los Doce Años

Dado que este blog tiene por objetivo dar a conocer hechos poco divulgados, por qué no comenzar con una de tales acciones; en concreto una que sucedió el año 1629 entre las ciudades de Doesburg y Westervoort, en la provincia de Gelderland. El año anterior los holandeses se habían apoderado de un convoy de Indias en la bahía de Matanzas; sus arcas estaban llenas, y el experimentado Ambrosio Spínola ya no estaba al mando para afrontar la situación. Los holandeses tenían un caudillo avezado en Frederik Hendrik de Orange, el último hijo varón de Guillermo de Orange, a quien su hermano Mauricio había adiestrado eficazmente en el oficio de las armas. Su oponente era el conde Hendrik van den Bergh, cercano pariente suyo, católico y mano derecha de Spínola; un hombre que pese a ello generaba desconfianza –o cuando menos levantaba suspicacias– entre los oficiales españoles.

Breve introducción a la campaña de 1629

Hendrik van den Bergh, maestre de campo general del ejército español, retratado por Anton van Dyck.

Frederik Hendrik alistó para la campaña de 1629 un numeroso ejército –24.000 infantes y 4.000 caballos, además de 10.000 gastadores– con los que puso sitio el 1 de mayo a una ciudad del norte de Brabante que se resistía a las ambiciones holandesas desde hacía años: Bolduque, llamada por los holandeses ‘s-Hertogenbosch. Esta plaza estaba bien fortificada, bien guarnecida, y emplazada en una zona pantanosa, por lo que el sitio se prometía largo y costoso, como efectivamente fue. Van den Bergh, entre tanto, reunió en Turnhout al ejército de campaña español, “de los más luzidos que aya salido en campaña en muchos años”, para socorrer la ciudad. Por desgracia, Van den Bergh tenía poderosos enemigos dentro de su propio ejército, y no llegó a la vista de Bolduque hasta julio, cuando la línea de circumvalación holandesa estaba terminada.

Lanzar un ataque contra un enemigo numeroso y atrincherado tras un muro de tierra de 10 pies de altura no era una idea aconsejable

Lanzar un ataque contra un enemigo numeroso y atrincherado tras un muro de tierra de 10 pies de altura no era una idea aconsejable. Van den Bergh lo había intentado en 1627 contra la línea de circumvalación de Groenlo, y había sido rechazado con grandes bajas. Por ello el comandante flamenco se desplazó con su ejército a Ultramosa, es decir, a los territorios españoles al este del río Mosa, para tratar de invadir las provincias holandesas por la retaguardia y obligar a su primo calvinista a levantar el asedio si no quería perder ciudades como Zupthen, Grave o Deventer. Las regiones de Gelderland y Twente fiaban su defensa en un obstáculo natural difícilmente salvable: el río IJssel, que ni siquiera en los mejores años de Spínola los españoles habían podido superar.

El cruce del IJssel

Desde su base en la ciudad de Wesel, Van den Bergh envió una vanguardia de caballería  a esguazar el río en un paso conocido cerca de Westervoort. La tropa, entre la que había 300 mercenarios croatas y varias compañías de arcabuceros a caballo, estaba al mando del veterano italiano Lucas Cairo, gobernador de Lingen, cuyo segundo era el flamenco Matthijs van Dulken, antiguo gobernador de Groenlo. Ambos conocían bien la región, pues la habían amenazado con sus tropas en los años anteriores, obligando a sus campesinos a pagar contribuciones de guerra para librarse del saqueo. Cairo y Dulken aparecieron a la vista del fuerte de Ijsseloord la noche del 22 al 23 de julio, reforzada su caballería con un cuerpo de 800 mosqueteros. El burgomaestre de Arnhem, por nombre Dirck Dibbits, había ocupado la fortificación la tarde anterior con una compañía de la guardía cívica de la ciudad, tras ser avisado por el gobernador de Schenkenschans de la presencia de tropas españolas en la vecindad.

Lucas Cairo, barón de Moorsel y gobernador de Lingen. Grabado de Pieter de Jode.

Cairo esperaba encontrar el fuerte desocupado, pero pronto se dio cuenta de que no era así. El viejo capitán, a quien Guido Bentivoglio reputaba como uno de los més veteranos cuando Spínola apenas dirigía sus primeras campañas, no perdió el tiempo tentando el fuerte, y decidió vadear el río lejos del alcance de su fuego. El cruce se realizó en Westervoort de forma audaz. Los jinetes croatas fueron en cabeza. Para evitar que pistolas, carabinas y sillas de montar se echasen a perder al empaparse, las dejaron a la orilla, y montando a pelo esguazaron el IJssel sin más pérdida que la de un hombre que se ahogó. Una vez se hallaron en la orilla occidental, los croatas clavaron en la tierra palos o estacas a las que previamente habían atado gruesas maromas para que los 800 mosqueteros cruzasen el río a bordo de chalupas en las que iban también cargadas palas y otras herramientas de zapa, además de los enseres y armas de los croatas.

Los jinetes croatas vadearon el río IJssel montando a pelo, sin más pérdida que la de un hombre que se ahogó

Para asegurar el paso del río y garantizar el emplazamiento de un puente, los españoles comenzaron prestos la construcción de dos fuertes de tierra y fajina, uno en cada orilla. La compañía de la guardia cívica de Arnhem que guardaba Ijseloord, reforzada con una compañía inglesa, trató de desajolar a los invasores, pero su contraataque se topó con una fuerza muy superior a la esperada, y muchos de los hombres resultaron muertos o heridos. El capitán inglés, Dablis, fue uno de los que quedaron tendidos en el campo. No fue la única pérdida de importancia que sufrieron los holandeses aquella noche, pues los españoles se apoderaron de dos navíos de guerra que patrullaban aquel tramo de río. La noticia, naturalmente, causó cierta inquietud en el campo holandés de Bolduque. Frederik Hendrik no levantó el asedio, pero sí se desprendió de  4.000 infantes y 1.200 caballos, que al mando del conde Hermann Otto de Limburg-Stirum despachó hacia Gelderland para atajar la incursión española.

Combate sangriento entre españoles y holandeses

El 23 de julio, reforzado con tropas de la guarnición de Grave y de otros lugares próximos, el conde de Stirum decidió atacar el fuerte español de la orilla occidental. Su fuerza no era poca: 19 compañías de infantería, 10 o 11 de caballería y 6 cañones. El problema era que el fuerte español, aunque improvisado, ya estaba en defensa, y Lucas Cairo, que también había recibido refuerzos, tenía consigo 2.000 infantes, 5 compañías de caballería, y por lo menos 2 cañones.

Stirum desplegó sus batallones demasiado cerca las fortificaciones españolas, dentro del alcance de sus cañones

El conde de Stirum planteó el ataque de la siguiente manera: su caballería, a las órdenes del rittmeister Van Bassum, cargaría sobre el ala izquierda de la posición española, donde se hallaba desplegada la caballería católica. El propio conde, con la infantería, asaltaría de frente el fuerte y las trincheras. La maniobra era arriesgada, pero gozando de superioridad numérica, si se ejecutaba coordinadamente, podía salir bien. No fue así… Stirum cometió el error, en primer lugar, de desplegar sus batallones demasiado cerca las fortificaciones españolas, dentro del alcance de sus cañones, que dieron buena cuenta de no pocos infantes holandeses. Luego inició la batalla con el ataque sobre el ala izquierda española. La caballería, con Van Bassum al frente, cargó con ímpetu, pero estando ya cerca de la enemiga se topó con una zanja estrecha y se desorganizó.

La caballería española no desaprovechó la oportunidad y embistió a la holandesa. Se libró un cruento choque en el que los hombres de ambos bandos pelearon obstinadamente con sus espadas o disparándose a quemarropa con pistolas y arcabuces. Al final fueron los holandeses quienes se dieron a la fuga, mortalmente herido Van Bassum y muertos o heridos la mitad de sus hombres. Durante todo este tiempo, Stirum permaneció inmóvil, soportando su infantería el castigo de la artillería española. Solo cuando su caballería, o lo que quedaba de ella, se dio a la fuga, ordenó el comandante holandés el asalto general al fuerte español. Pero sus hombres estaban desalentados y exhaustos, y los mosqueteros españoles rechazaron sus asaltos repetidas veces.

Escena de batalla entre tropas españolas y holandesas (Jan Martsen De Jonge).

Stirum perdió muchos hombres en ambas acciones, pero suplió sobradamente las bajas al llegar al lugar 13 compañías de infantería procedentes de Arnhem y Grave, al mando del coronel Varick, cerca del mediodía. Alentado, Stirum reactivó su embestida contra la posición española, este vez con gran empuje y a despecho de las andanadas de metralla y balas que llovían sobre sus tropas desde los improvisados parapetos de la fortificación española. Stirum en persona se puso, a caballo, al frente de la a acometida, y encabezó los sucesivos asaltos hasta que su caballo murió alcanzado por un disparo. También el coronel Varick resultó herido, junto con otros muchos oficiales. Entonces la moral holandesa comenzó a flaquear. A la sazón se desató una tormenta, y un crecido aguacero se abatió sobre los soldados que luchaban dentro y fuera de las zanjas y tras los parapetos. Las armas de fuego quedaron inutilizadas, y el magullado Stirum ordenó la retirada general.

“Cairo era un comandante competente, y sus soldados se comportaron con valentía y audacia”

Las pérdidas experimentadas por los holandeses en este combate son desconocidas. Unas fuentes hablas de 200, otras de 600, y otras de 2.000. Lo único seguro es que hubo varias compañías que fueron prácticamente aniquiladas: las de Brederode, Basten de Heuster, Heilvoorden y Melander. Según Jan Philipp Bordes, teniente de ingenieros del ejército holandés decimonónico y estudioso del tema, “los españoles habían llevado rápidamente sus tropas a través del río, habían fortificado su posición de forma inmediata, y se habían defendido con valentía en una larga batalla contra una fuerza superior. Cairo era un comandante competente, y sus soldados se comportaron con valentía y audacia”. También los holandeses combatieron con coraje, pero su comandante, el conde de Stirum, no estuvo a la altura de las circunstancias. El resultado fue que los españoles afianzaron su cabeza de puente y pudieron penetrar en la provincia de Gelderland, “plantando en sus tierras las banderas españolas adonde mas de setenta años a esta parte no han sido vistas”. Fue solo un espejismo. Las disensiones entre Van den Bergh y sus subordinados, y problemas logísticos dieron al traste con la campaña. Pese a todo, acciones como esta ponen de manifiesto una cosa: que bien gobernadas, las tropas españolas seguían siendo capaces de conseguir victorias inesperadas en inferioridad de número y de condiciones.

Bibliografía:

  • Bordes, Jan Philipp . De verdediging van Nederland in 1629. Utrecht: J.G. Brosse, 1856.
  • Relacion verdadera de la feliz entrada del Exercito Catolico en la Velua, Pays de Holandeses, y destroço que hizo en la gente enemiga, con muerte de mas de dos mil hombres della, intenta[n]do diuertir la del sitio de Volduque. Cuenca: Julián de la Iglesia, 1629.
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